Esta semana he estado muy liado y no he tenido mucho tiempo para generar
contenidos nuevos en el blog (y, para qué engañarnos, la ausencia de
comentarios tampoco ayuda mucho a motivarse). También me he dado cuenta de que
hace meses que no publico una entrada sobre Música, así que he decidido
recuperar un trabajo, hecho por un gran aficionado a Tolkien al que conozco de
toda la vida, en el que se analizan los distintos temas musicales en la banda
sonora de El Señor de los Anillos.
Se llama tema o motivo musical
a una melodía que se repite varias veces a lo largo de una obra y que se asocia
a un determinado personaje, lugar, objeto o idea, haciéndose variaciones de
ella (cambios de instrumentación, tempo o melodía) o combinaciones con otros
temas para comunicar distintas emociones según la situación. En la banda sonora
de la trilogía cinematográfica hay multitud de temas enlazados entre sí que la
convierten en una obra musical complejísima
e increíblemente elaborada, en la que podemos apreciar nuevos matices cada vez
que la escuchamos.
Este análisis sobre la fantástica labor del compositor, el canadiense
Howard Shore, empezó a gestarse
antes del estreno de la conclusión de la trilogía en 2003, y lleva colgado en
Internet en su formato más actualizado alrededor de una década. El texto
incluye enlaces a breves archivos de audio (que se pueden abrir en una nueva
pestaña) para cada interpretación de los temas a la que se hace referencia. Desde
que se colgó han aparecido en formato libro,
en distintas páginas web o en YouTube otros muchos análisis
visualmente más atractivos y muy bien documentados,
pero os animo a que le echéis un vistazo a este, que también es muy
interesante… Estoy seguro de que al autor no le importará en absoluto que le enlace.
Hay cosas que
nos hacen felices que son sencillas y otras que no lo son. Centrémonos en las
primeras, lo que muchas veces hemos dado en llamar “placeres sencillos”. A
medida que crecemos, por pura repetición,
estos placeres van perdiendo su componente de novedad y producen menos
satisfacción, con lo que se hace necesario un esfuerzo consciente, un cierto
grado de concentración, para volver a valorarlos en su justa medida. Me da la
impresión de que volver a ver las cosas con los ojos de un niño no consiste en
repetir exactamente las mismas experiencias sensoriales que tenías cuando eras
pequeño… Creo que es algo distinto, y además mejor; a ver si me explico. Cuando
eras niño, rascar la superficie de las cosas ya suponía una novedad, así que no
necesitabas profundizar mucho para experimentar el placer de descubrir algo
nuevo. Cuando creces, no te basta con volver a arañar la superficie, necesitas
percibir más capas de la misma experiencia, disfrutarla a varios niveles de complejidad cada vez mayor…

Por ejemplo,
yo ahora mismo miro a la Luna y no solo veo la Luna y punto: pienso en la decena larga de hombres que estuvieron allí
a finales de los 60 y principios de los 70, en cómo se formó hace miles de
millones de años a partir de la colisión de la Tierra con Tea,
en cuánto tiempo tarda la luz en recorrer la distancia entre ella y mis ojos…
Aprender todas estas cosas desde luego no es fácil, cuesta mucho trabajo;
pero una vez las has interiorizado, las asociaciones salen casi solas, y
resulta muy sencillo experimentar felicidad a partir de estímulos bastante
simples. Es cuestión de saber ver la complejidad que subyace detrás de esos
estímulos, de “entrenar la mirada”, de afilarla, en el sentido de aguzar no solo la vista
sino también el entendimiento…
Por tanto, al
menos en mi caso, además de la atención a los pequeños detalles también el
Conocimiento de cómo funciona el Universo y de cómo todo está relacionado entre sí
es muy importante a la hora de ser feliz. Por eso uno de mis objetivos vitales
es intentar aprender algo nuevo cada día para ser capaz de detectar toda la
Belleza que hay a mi alrededor. La Ciencia
nos abre las puertas a nuevos estratos de Belleza de la Existencia, a muy
distintas escalas en el Espacio y en el Tiempo, más allá de lo que perciben
nuestros sentidos. Nuestro cerebro, nuestra inteligencia, nos permite “ver”, en
el sentido de comprender, las cosas más pequeñas y las más grandes, las muy
rápidas o muy lentas, las invisibles, o muy lejanas, o del futuro, o del pasado remoto.

Os pongo otro ejemplo. Imaginad una comida con amigos en el restaurante Racó
del Mar, en la plaza de San Vicente Ferrer de Valencia. Puede ser que la camarera no esté muy simpática ese día
o que el café sepa un poco a quemado;
detalles como estos bastarían para amargarle la experiencia a alguien que no
sepa ver más allá, pero hay que intentar considerar la parte positiva del
asunto. Si uno conoce los detalles sobre la situación del restaurante y elige
la mesa apropiada, estará sentado junto a los restos arqueológicos de la pared
este o encima de la lámina de metacrilato que protege otros importantes
hallazgos… Donde la mayoría de gente vería solo unas piedras yo, como buen entendido en la(s) materia(s),
soy capaz de intuir una serie de apasionantes conexiones con el pasado reciente
y lejano.
Mi mente retrocede primero hasta 1990, año en que se realizaron las
excavaciones arqueológicas que dieron lugar a estos descubrimientos, y me
contagio de la emoción que debieron sentir los técnicos del Ayuntamiento al ser
conscientes del hallazgo que tenían entre manos… Porque estas piedras
corresponden en parte a la muralla árabe del S.XII,
pero también a las gradas orientales del circo romano,
que habían actuado hasta entonces como línea defensiva de la ciudad y después,
ligeramente modificadas, sirvieron como cimientos y base para la muralla. Mi
mente retrocede más allá de la época visigoda, llegando a la etapa de mayor
esplendor de la ciudad romana imperial: hasta el S.V se celebraron aquí las
carreras de cuadrigas, con los equipos rojo, azul, blanco y verde compitiendo
por la victoria y levantando pasiones y rivalidades entre los seguidores que
dejan en pañales al fútbol de hoy en día.

Pero mi imaginación no se detiene donde acaban los registros escritos de
nuestra Historia… Los bloques de piedra caliza usados por los romanos proceden seguramente
de las canteras de Godella
y se formaron por la sedimentación y compactación durante millones de años de
las conchas de pequeños animales marinos, cuando los terrenos en los que
vivimos ahora estaban sumergidos en aguas poco profundas…
Y yendo aún más allá, los átomos de carbono, oxígeno o calcio que forman los cristales
de estos minerales se generaron por fusión nuclear en el interior de una supernova distante, antes de la
formación de nuestro sistema estelar hace cuatro mil quinientos millones de
años. En resumen, lo que a ojos de un profano parecería tan solo una piedra decorativa
en un restaurante encierra, para el que sabe leer entre líneas, infinidad de
historias maravillosas que le conectan con el Cosmos
a muy distintos niveles… Pensándolo detenidamente uno se pregunta: ¿No es maravilloso el mero hecho de estar vivo en un Mundo tan complejo y a la vez tan
comprensible tras realizar un mínimo esfuerzo intelectual? Por supuesto, se trata
de una pregunta retórica: la respuesta es obviamente afirmativa.

Ahí va la
novena de mis selecciones de fotos de graffiti en la ciudad de Valencia…
Es curioso cómo a veces una misma idea puede asaltarte de distintas formas
y desde distintos entornos en muy poco tiempo… Este viernes por la tarde,
tomando algo
con unos amigos ingleses, hablábamos de las diferencias entre ambos pueblos en
lo que respecta al beber y surgió en la conversación una de las posibles
razones por las que los hijos de la Gran Bretaña tienen fama de pillar unas
borracheras tan grandes: desde principios del siglo XX, y sobre todo durante la Primera Guerra Mundial,
se limitó el horario de apertura de los pubs para intentar evitar el absentismo
laboral, de manera que poco antes de las once se tocaba tres veces una campana
para avisar del cierre inminente. Al parecer esta medida tuvo un efecto
contrario al deseado, porque la gente bebía todo lo que podía antes del cierre,
ingiriendo más alcohol de golpe. Desde 2005 los horarios son más flexibles,
habiendo una o dos horas más para poder dosificarse, aunque mis amigos no
supieron aclararme si esto ha hecho disminuir o no el número de borracheras y
comas etílicos.

El mismo viernes, al llegar a casa, me puse en YouTube el programa del día
anterior de La Vida Moderna, y una de las noticias que comentaba David Broncano
(aproximadamente en el minuto 11)
era la de que Twitter iba a probar a aumentar para algunos usuarios el número
de caracteres permitidos por mensaje de 140 a 280, para hacer la medida
extensiva al resto más adelante si la cosa funcionaba bien. Al parecer hacían
esto para que los usuarios ingleses, españoles o alemanes no estuviesen en
desventaja respecto a los chinos, japoneses o coreanos,
que con sus pictogramas pueden expresar ideas bastante más complejas en un mensaje de la
misma extensión. La reflexión que hizo Ignatius Farray al respecto me pareció
bastante acertada: pensaba que es una mala idea porque según él
es la brevedad impuesta lo que te mueve a aguzar el ingenio para sintetizar al
máximo, consiguiendo así un estilo más poético y original.
Llevando este concepto aún más allá, Ignatius sostenía que en la Vida en
general el tener límites es lo que nos impulsa a empujar en alguna dirección; el
espíritu libertario no tendría sentido si no hubiera muros que derribar.

Y hablando de muros, justamente el viernes por la noche programaron en la
tele, en una de sus habituales redifusiones periódicas, la película Cadena
Perpetua, que hemos mencionado en un par de ocasiones últimamente en La Belleza
y el Tiempo. Mientras la veía (una vez más), y enlazando con todo lo anterior,
me venía a la cabeza la idea del recluso que, encerrado durante años entre
cuatro paredes, aprende a prestar atención y disfrutar al máximo de esos pequeños detalles que en la calle le pasarían desapercibidos, como un rayo de
sol, un soplo de aire fresco o una bonita canción.
Del mismo modo que el recluso dispone de un espacio limitado para moverse, todos
nosotros, seres mortales, disponemos de un Tiempo limitado sobre la faz de la
Tierra, y es precisamente la fugacidad de nuestra Vida la que nos impulsa a
sacarle todo el partido posible y disfrutar de toda la Belleza que nos rodea
mientras aún seguimos aquí… Esta idea fundamental, que es la que da título al
blog, ya la hemos comentado alguna
otra
vez
antes,
pero no está de más repetirla de vez en cuando para no olvidarnos de ello.
