martes, 20 de junio de 2017

Solo en la Oscuridad


Y hablando de agujeros negros… Recordaréis que estoy pendiente de mudarme, después de que el edificio de mis abuelos, donde he estado alquilado unos años, haya sido vendido para dedicarlo a apartamentos para turistas (Las próximas semanas estaré muy atareado con esto y puede que no tenga acceso a Internet durante unos días, así que aprovecho para pediros disculpas si alguna entrada es más corta de lo normal o si fallo en una entrega). A finales del mes pasado se realizó una bonita acción reivindicativa en la que se colgaron pancartas y un crespón negro de la fachada, y diversos poetas y poetisas de la zona salieron a los balcones a recitar sus versos, a modo de despedida.

En lo que llevamos de obras he tenido que aguantar el ruido de los taladros y los martillos, que me cierren la llave del agua sin avisar, que se pierda dos veces la señal de la antena de televisión, que se me abolle el tendedero metálico por la caída de cascotes desde el piso de arriba e incluso que me hayan hecho en una de mis paredes un agujero del tamaño de un puño (respecto a esto último hay que reconocer que los obreros se disculparon en seguida y me lo taparon con masilla al día siguiente). Aunque los pocos vecinos que iban quedando se han pasado una o dos veces a recoger los últimos trastos, en la práctica se puede decir que desde principios de junio estoy solo en el edificio (bueno, eso al menos por la noche; durante el día me hacen compañía los de la obra).




El pasado sábado 3 lucía un sol radiante (a pesar de las predicciones meteorológicas) y los obreros dejaron por descuido algunos pisos abiertos al terminar su trabajo, así que aproveché a media tarde para asomarme brevemente sin tocar nada. La mayoría estaban ya vacíos de muebles y con algunos tabiques echados abajo, pero la puerta 5 todavía permanecía como la había dejado una de mis vecinas, con muchos objetos que no habían pasado la criba de la mudanza (o quizás que no había querido llevarse para evitar el dolor de los recuerdos). Tanto en este caso como en los otros la sensación al contemplar los pisos era una mezcla de emoción e inquietud. Por un extraño efecto acústico que no alcanzo a explicarme, o tal vez por estar yo un poco paranoico, cualquier pequeño ruido de la calle o de los edificios colindantes parecía proceder del hueco de la escalera, lo que me hacía asomarme con ciudado a la barandilla para confirmar que no era alguno de los obreros que se había olvidado algo y volvía a por ello.

Insisto en que era miedo a que los obreros me llamaran la atención, no a cualquier tipo de presencia sobrenatural… Yo nunca he sido una persona especialmente miedosa, ni de esos que ponen tres pestillos en la puerta antes de irse a dormir por la noche, así que no tengo problema con ser el último vecino de la escalera, pero en la tarde-noche del domingo 4 de junio la tormenta sobre la ciudad de Valencia me puso a prueba. Ya en la madrugada, mientras dormía, un chaparrón repentino había terminado de deshacer la pancarta de mi balcón, que había caído a la calle hecha jirones de papel mojado (por supuesto la llevé a reciclar, menudo soy yo…). Al caer la tarde del domingo el cielo estaba encapotado, y el sol, ya próximo a esconderse tras los edificios cercanos, se asomaba por entre las nubes grises. Hacía bastante viento y llovía, y los relámpagos eran cada vez más frecuentes y estaban cada vez más cerca. Los obreros habían cortado por uno de los extremos los cables metálicos del tendedero del piso de arriba, y estos colgaban mecidos por el viento y chocando con los míos, produciendo un extraño ruido reverberante como venido de otro mundo.




Al no tener ventanas muchos de los pisos, a medida que la tormenta crecía se escuchaban cada vez más portazos en la escalera por el fuerte viento, así que (para poder dormir en silencio después) salí y empecé a cerrar las puertas abiertas una por una, empezando desde abajo. Las plantas inferiores estaban iluminadas por la luz artificial del portal de entrada, y desde la salida a la azotea asomaba la luz pálida y mortecina que las nubes dejaban pasar desde fuera, pero entre una y otra luz la escalera estaba en su mayor parte oscura como la boca del lobo, iluminada solo a ratos cuando alguna de las puertas se abría para juntarse otra vez de golpe con un enorme estruendo, lo cual, he de reconocerlo, daba un poco de respeto. Además, a medida que iba cerrando bien las puertas me iba quedando sin luz…

Llegué al final de la escalera. La uralita de la azotea, mal asegurada a las vigas metálicas, se traqueteaba también con las ráfagas fuertes de viento haciendo un ruido tremendo, y unos plásticos grandes que había colocados en unos andamios se movían agitados por el aire, contribuyendo a crear una atmósfera de novela de terror. Seguía cayendo algún rayo de vez en cuando. En lo alto del hueco de la escalera los obreros habían instalado una pequeña grúa a motor eléctrico con un gancho que subía y bajaba, y me dio por pensar que era el momento perfecto para que el típico psicópata de película entrara de sopetón desde el terrado y me colgara del gancho (una muerte por todo lo alto). Pero no entró nadie. Me aseguré de que la puerta de la azotea estaba bien falcada y que no podía dar portazos… pero aun así se seguían oyendo de vez en cuando, desde abajo. Menudo acojone. ¿Qué se me había pasado por alto?




Al final descubrí que la puerta de mi vecina de la 5 no tenía pestillo, que los obreros, por la razón que fuera, habían tenido que descerrajarla, por lo que al subir hacia arriba me había parecido que estaba bien cerrada cuando en realidad no lo estaba. Entré en el piso y dejé la puerta abierta de par en par, colocando una bombona de butano vacía que había en el recibidor para que no se cerrase. Cada vez estaba más oscuro, ya era prácticamente de noche; solo entonces me di cuenta de que los obreros se habían dejado encendida la luz del recibidor. Al fondo del largo pasillo, más allá del comedor y del patio interior de la manzana, vi muy pequeñas las siluetas de mis vecinos de enfrente, la pareja bohemia de la que os hablé una vez, que estaban preparándose para cenar en la mesa de su balcón cubierto, bajo la guirnalda de farolillos: de nuevo dos puntos de luz separados por un abismo de oscuridad. Pensé que si me ocurría algo en ese mismo instante, que si aparecía alguna amenaza desconocida de entre las sombras de la escalera (¡Qué tontería, si ahí no hay nadie…!) mis vecinos no serían capaces de verme, ni tal vez de oír bien mis gritos entre el viento y los truenos, y aunque lo hicieran no podrían ayudarme a tiempo.

Era consciente de que si apagaba la bombilla del recibidor me quedaría totalmente a oscuras; los farolillos, la única fuente de luz restante, pequeña y tenue, como una distante constelación en un firmamento negro. Solo tenía que bajar un piso hasta mi puerta, pero esa distancia se me iba a hacer bastante larga en la oscuridad… Estuve unos segundos debatiéndome entre el miedo que empezaba a aflorar en mi interior y mi deber, como ciudadano ecológicamente responsable, de apagar la luz y evitar todo gasto superfluo de energía… Pero me pudo la responsabilidad, y tengo que decir orgulloso que al final logré hacerme el ánimo de pulsar el interruptor y bajé los tres tramos de escalones hasta mi casa con una tranquilidad y una entereza que incluso me sorprendieron a mí mismo.




Fue una experiencia interesante, la de aquel domingo… Los obreros ya no se olvidan de cerrar todas las puertas cuando se van, y han repuesto el pestillo que faltaba en la 5. No me queda mucho tiempo aquí, pero he de confesar que en un par de ocasiones he tenido el pálpito de que la noche de la tormenta no sería el último mal trago que me haría pasar este antiguo edificio vacío… ¿Debería tocar madera? Más adelante, cuando tenga la tranquilidad necesaria para redactarlas con cuidado, dedicaré un par de entradas a hablar, bajo una perspectiva más amplia, del Miedo y de por qué a veces dejamos que nos domine, muchas de ellas sin motivo.

lunes, 12 de junio de 2017

Tributo


Chris Cornell, uno de los mejores vocalistas de la historia del rock, cantante de grupos como Soundgarden, Audioslave o Temple of the Dog, se quitó la vida tras un concierto con Soundgarden en el Fox Theatre de Detroit el pasado 17 de mayo. Su guardaespaldas lo encontró en el cuarto de baño de su habitación de hotel con una cinta de ejercicio roja alrededor del cuello. Tenía cincuenta y dos años y, al menos físicamente, estaba en plena forma. Deja huérfanos a tres hijos adolescentes de dos mujeres distintas, con lo cual la suya parece una decisión bastante irresponsable, pero es muy difícil entender lo que pasa por la mente de una persona con un caso agudo de depresión. Cornell había estado batallando toda su vida con este tipo de problemas, y parece que la noche en cuestión había tomado más ansiolíticos de la cuenta, estaba muy aturdido y no sabía bien lo que hacía.




Desde el mismo día de su muerte numerosos artistas conocidos y anónimos empezaron a rendir homenaje al vocalista de Seattle, en sus conciertos en directo o a través de la Red, con distintas versiones de sus canciones. Entre los temas escogidos destaca con diferencia Black Hole Sun, canción de 1994 que antes de este suceso ya era muy conocida pero ahora es prácticamente un himno. Hemos hablado de ella y de sus complejas armonías previamente en el blog, y en otra de las entradas utilizamos una versión más tranquila, interpretada por Nouela Johnston, que formaba parte de la banda sonora de la película Caminando Entre las Tumbas. El propio Chris Cornell interpretó muchas veces una versión acústica del tema que aun sonando diferente a la original era también endiabladamente buena… El objetivo de la entrada de hoy es por tanto mostraros una selección de las diez mejores versiones de Black Hole Sun en tributo a Cornell.




Tenemos por ejemplo la versión de Chloe Boleti, cantante de ascendencia griega afincada en Londres, aunque esta ya llevaba unos años colgada en YouTube; o la interpretación del conjunto de violoncellos Break of Reality; o el tributo desde el mundo del country con Cody Jinks y Paul Cauthen. Después está la versión de 8 Bits, al estilo de la música de los videojuegos antiguos: en principio podría parecer algo irrespetuosa, pero francamente es bastante fiel a los pequeños detalles de la original (el solo de guitarra de Kim Thayil prácticamente lo clavan) y además le aporta mayor variedad a la selección.

Está también la versión del coro de Toronto Choir! Choir! Choir!; o la del músico y productor Leo Moracchioli, desde Noruega, con un sonido bastante hardcore; o una segunda reinterpretación, anterior al trágico suceso, del dúo londinense SWANN con la voz de Nouela Johnston. Los Postmodern Jukebox y la cantante Haley Reinhart le dieron hace cosa de un año un aire totalmente vintage, y el brasileño Guty Rodrigues la interpretó en solitario con su guitarra eléctrica el mismo día en que se conoció la noticia.




Pero la versión que más me ha emocionado y que más he oído estos últimos días es sin duda la de Norah Jones al piano. En su momento mencionamos brevemente en el blog que es la hija de Ravi Shankar, y en cierto modo la relacionamos indirectamente con el guitarra de Soundgarden cuando hablamos de los ritmos de la tradición musical hindú… La casualidad quiso que fuera precisamente ella la siguiente en tocar en el Detroit Fox Theatre tras el último concierto de Soundgarden, una semana después de la muerte de Chris Cornell; y en solo unos pocos días, en paralelo con la preparación de su nueva gira, se las apañó para componer y ensayar este precioso y delicado arreglo del tema. Especialmente hermosa es la parte final, con las notas del piano que se elevan como el suave aleteo de una mariposa; como el espíritu de Cornell, por fin en paz, sobrevolando las azoteas de Detroit y alejándose hacia el horizonte.




Después de Kurt Cobain de Nirvana, Layne Staley de Alice in Chains o Scott Weiland de Stone Temple Pilots (aunque estos últimos eran de Los Ángeles, no de Seattle), Chris Cornell se suma a la lista de cantantes del movimiento Grunge de los noventa que se han quitado la vida o han fallecido de sobredosis; de aquellos grandes vocalistas queda solo Eddie Vedder de Pearl Jam. Cornell comentó en alguna entrevista que compuso la música y la letra de Black Hole Sun en muy poco tiempo, y que la letra en realidad no tenía ningún significado: al componerla simplemente se dejó llevar y fue escogiendo las palabras que pegaban bien con las imágenes mentales que le sugería la melodía. La letra parece cobrar algo más de sentido ahora que nos ha dejado, y resulta bastante inquietante escuchar algunos de los versos: “camino medio dormido, rezo por conservar mi juventud, cuelga mi cabeza y ahoga mis miedos…” ¿Es acaso el Agujero Negro Solar de la canción el equivalente a la Muerte?

Aunque siempre he disfrutado y sigo disfrutando de la música de Soundgarden, nunca he acabado de comulgar con ese pesimismo (casi nihilismo) que supuran sus letras, y desde luego nunca se me ha pasado ni remotamente por la cabeza la idea de acabar con todo; como ya sabéis, este Mundo me parece demasiado bonito e interesante como para marcharme antes de tiempo. Supongo que tanto a las letras de las canciones como a la Vida en general les encuentra sentido el que quiere… o el que puede. De todos modos una cosa está clara: ya nadie cantará como tú, Chris.



lunes, 5 de junio de 2017

De Paseo por el Campus (II)


Aquí tenéis la segunda entrega de mi selección de fotos tomadas en el Campus de Vera de la UPV. Esta semana me centro en el graffiti que se puede disfrutar paseando entre sus edificios; no resulta extraño que haya muchas de estas piezas en el Campus, teniendo en cuenta que una de sus facultades es la de Bellas Artes y que desde hace ya bastante tiempo tiene lugar una vez al año, a lo largo y ancho del recinto, el Festival Poliniza de arte urbano… Que las disfrutéis.