lunes, 15 de mayo de 2017

A Fuego (II)


La semana pasada empecé a relataros la lista de los recuerdos más intensos de mi infancia y juventud, y os comenté que la mayoría de las imágenes que se me han quedado grabadas en la memoria corresponden a mi vida sentimental. Os estuve contando que en los primeros años de carrera salí con una compañera de clase durante unas semanas e hice algún tímido avance con otra amiga, con la que al final no llegó a concretarse nada… También durante mi época universitaria, aunque algo más tarde, hubo una chica que me impactó de veras. Había sido antes pareja de un colega mío, pero hacía ya mucho que lo habían dejado. Era muy inteligente y muy ingeniosa, y tenía un sentido del humor muy agudo (algo que considero importante en una mujer) aunque también a veces algo retorcido (recuerdo que me llevó al cine a ver Funny Games y pasé un mal rato horroroso, me hubiera salido a mitad de no haber estado con ella). Estudiábamos en el mismo campus universitario y coincidíamos a mediodía en el césped de la explanada, con un par de amigos más, para charlar un rato sentados al sol (yo tengo una ligera alergia a las gramíneas, pero me sacrificaba de nuevo y me la aguantaba para poder estar cerca de ella).

Fue la primera mujer que me dio calabazas, y ese es el momento que se me ha quedado grabado: no estoy seguro de si fue durante la fiesta anual del campus, pero sí recuerdo que fue en la parada del autobús número 63, y que había mucha gente alrededor. Yo me había decidido a dar el gran paso ese día y la estuve buscando un buen rato, hasta que la vi yendo hacia la parada y me pegué una carrera para alcanzarla. Cuando le dije, todavía jadeando, que me parecía la mujer más maravillosa del mundo le entró una risita nerviosa y como respuesta me repetía una y otra vez, con una sonrisa angustiada: “Lo siento, no te convengo, de verdad, soy muy mala…”. Yo me quedé hecho polvo, pero acepté mi fracaso con deportividad y seguimos viéndonos de vez en cuando, siempre con otros amigos, hasta que una noche de fin de semana, unos meses después, me demostró que efectivamente no era lo que más me convenía… Fue otro de esos recuerdos que se te quedan grabados a fuego pero por desagradables, y no voy a dar detalles aquí; simplemente diré que su comportamiento de aquella noche fue desconsiderado, caprichoso, egocéntrico y retorcido (lo último tiene un pase cuando se trata de ficción, pero esto era la cruda realidad). Desde entonces fuimos perdiendo poco a poco el contacto y solo la he visto unas pocas veces en los últimos años.




Mi siguiente recuerdo importante transcurre otra noche de fin de semana, en un banco de los jardines del Palau de la Música, frente al antiguo cauce del río. Casi terminando en la Universidad fui a pasar unos días con un compañero de la carrera al apartamento de su nueva novia, y allí conocí a la hermana de ella, que me cayó bastante bien, con lo que poco después estábamos saliendo todos juntos, en plan “dobles parejas” (quizá más adelante hable con más detalle en el blog de este formato de relación social, que tiene su miga…). Mi recuerdo es del momento en el que, como suelen decir los americanos, “llegué a la segunda base”, introduciendo mi mano por debajo de su blusa para desabrocharle el sujetador… Sentí cierta desilusión cuando descubrí que la mayor parte de lo que se adivinaba desde fuera no eran más que aros de metal y piezas de relleno, pero aun así fue un momento muy agradable. Si mi anterior relación seria había durado semanas, esta duró meses, pero tampoco en este caso hubo esa chispa, esa magia, esa conexión a distintos niveles que hace falta para que la relación dure: también guardo en mi colección de flashes el recuerdo agridulce de su carita confusa, triste y resignada el día de la ruptura, entre los macizos de flores de la Plaza de la Reina.




La última fotografía mental que os voy a relatar hoy vuelve a estar relacionada con una mujer que me gustaba. Se trataba de una chica francesa inteligente, simpática y adorable, con una belleza desgarbada pero muy natural y muy sexy, con una gran sensibilidad artística y musical, y que tocaba el piano y la guitarra como los propios ángeles. Creo que ya os hablé de ella fugazmente una vez, hace tiempo: la de las cosquillas en las axilas. Como es natural, éramos varios los chicos que revoloteábamos a su alrededor como moscas sobre la miel, intentando conseguir su atención y tratando de salir con ella. El momento en cuestión que recuerdo como si hubiese ocurrido ayer empezó bien pero se convirtió en algo bastante extraño… Era fin de semana y el resto de amigos se habían ido a pasar la noche fuera de la ciudad, con lo que nos quedamos ella y yo solos en su piso, hablando, riendo, tocando la guitarra, compartiendo confidencias y pasando un rato muy agradable. No recuerdo exactamente cómo, pero una cosa llevó a la otra y de repente me estaba pidiendo que pasara la noche con ella.

Al principio fue algo precioso: los dos tumbados en su cama, haciendo la cucharita, con nuestros cuerpos muy pegados… En su cadena sonaba el primer CD del Sketches for My Sweetheart the Drunk, de Jeff Buckley, y yo la abrazaba muy fuerte y le acariciaba la cabeza, con mi nariz metida entre su pelo. La melancólica Belleza de la música, el calor de su cuerpo y la fragancia a flores de su champú y de su ropa me embriagaban, y el Tiempo pareció detenerse. El resto del Universo había desaparecido y solo existía aquella habitación, el Aquí y el Ahora, un instante perfecto que no me habría importado vivir eternamente… Todavía hoy, sin esforzarme mucho, cierro los ojos y es como si estuviera de nuevo allí.




Es entonces cuando empieza la parte más extraña del recuerdo: al cabo de un buen rato intenté besarla pero, aunque seguía abrazada a mí, mis besos no encontraban respuesta; sus labios estaban quietos y cerrados, tan inofensivos como los de aquella niña con la que jugué a papás y mamás a los siete u ocho años… era como si estuviera muerta. No podía ver la expresión de su cara porque las luces estaban apagadas, y toda la escena transcurrió en silencio, porque ella no hablaba y yo estaba tan confuso que no se me ocurría qué decir. Así que, después de intentar sin éxito durante un rato conseguir una respuesta por su parte, simplemente seguimos abrazados el resto de la noche, mientras sonaba en bucle una y otra vez (puede que hasta seis o siete) el segundo CD del álbum de Jeff Buckley, que en comparación con el primero era bastante más áspero, crudo e inacabado, como la situación en aquel momento. Fue una experiencia extraña y agridulce, y no sé si ella llegó a dormir algo, pero yo desde luego no pegué ojo, en parte abrumado por la proximidad de su cuerpo y en parte intentando interpretar lo que había pasado.

A la mañana siguiente nos levantamos y desayunamos, y volvíamos a hablar y a sonreírnos, pero solo como buenos amigos. Está claro que el significado de aquello fue muy distinto para ambos: yo quería pasar el resto de mi vida con ella y ella simplemente no quería dormir sola esa noche. El poso agridulce de aquel fin de semana se tornó amargo poco después, cuando empezó a salir con otro de los chicos del grupo de amigos… Yo lo pasé bastante mal durante un tiempo, pero aun así no renuncio a este recuerdo, ni renunciaría a aquella noche incluso si tuviera el poder de borrar a voluntad partes de mi pasado; seguro que una sola noche abrazado a ella valió más que toda una relación con muchas de las petardas que hay por ahí sueltas… Hace ya años que la francesa dejó a este otro chico y se fue de España; he perdido el contacto con ella y no sé por qué continente andará viajando ahora mismo, o si le estará dando a algún otro esos besos que yo no pude conseguir… Lo dejo aquí por hoy y continuaré la semana que viene: os hablaré de los recuerdos (bonitos y no tan bonitos) que me han quedado de mi relación sentimental más prolongada (con la que yo llamo siempre “mi ex”, la más importante) y a la vista de la colección completa de recuerdos sacaré algunas conclusiones acerca del tema.



martes, 9 de mayo de 2017

A Fuego (I)


Ya os conté en una ocasión que mi memoria es un tanto peculiar, bastante buena para las cosas importantes (lo semántico) pero horrible para los pequeños detalles (lo episódico). Para la entrada múltiple que comienza hoy he hecho un esfuerzo por redactar una lista de mis recuerdos más vívidos del pasado lejano, imágenes mentales marcadas a fuego en mi memoria que no se han borrado con el paso del Tiempo, como ha sucedido con la mayoría… Estos recuerdos, aun estando fijados en mi cerebro, no se parecen a una escena de una película con un diálogo normal; son más bien fotografías, imágenes estáticas sobre todo del lugar exacto en que me encontraba y la persona con la que estaba, y en algún caso también de una o dos frases que esa persona me dijo.




El lugar de donde guardo mi primer recuerdo está a apenas veinte o treinta metros de la habitación en la que escribo ahora mismo. Es de cuando mis padres estaban esperando a que se terminara de construir el piso que habían comprado y alquilaron otro en la misma calle donde vivía mi abuela, en el portal de al lado. Yo era un bebé que no había llegado al año de edad (fue poco después cuando mis padres se mudaron), pero recuerdo perfectamente el estar tumbado en una cama, sobre una colcha bordada negra con cuadrados de colores vivos que todavía conservo aquí conmigo. Ya sé que era muy pequeño, pero no debo habérmelo inventado porque he dado detalles acerca de la distribución de las puertas, muebles y ventanas de la habitación que nadie me había comentado antes y que mis padres me han confirmado.

Otro de los primeros recuerdos fijados en mi memoria es del chalet de Ribarroja donde veraneamos algunos años. Había una pequeña piscina y yo tenía la manía de dar vueltas por el borde mientras mi madre me esperaba paciente en una esquina y me daba una cucharadita de papilla por cada vuelta. Un día me resbalé y me caí al agua; era muy pequeño y no sabía nadar, pero por suerte mi padre vino corriendo y me sacó cogiéndome de los pelos. No recuerdo muy claramente su mano entrando en el agua, pero sí conservo una instantánea mental de mi punto de vista en aquel preciso instante, mirando hacia arriba desde el fondo, con un agua de un azul muy claro y muy intenso, y montones de pequeñas burbujas que seguramente salían de mi boca… Menos mal que mi padre fue rápido, porque de lo contrario no estaríais leyendo hoy este blog.

Otro flash de mi infancia es del día en que fui consciente de que podía leer frases largas de corrido, a los cuatro o cinco años. Creo que el libro en cuestión se titulaba El Pequeño Panda, aunque no he logrado localizarlo en casa de mis padres; otra de mis primeras lecturas fue una colección de relatos de animales publicada por Disney, pero yo diría que es el del Panda el que va asociado a mi imagen mental. Lo que sí recuerdo con seguridad es estar sentado en el sofá del comedor (y exactamente en qué parte del sofá) con el libro entre mis manos, mi gran alegría al conseguirlo y que enseguida se lo conté emocionado a mi madre, que estaba preparando la comida en la cocina, a pocos metros de mí.




El siguiente recuerdo por orden cronológico data de unos años después; tal vez tendría unos siete u ocho, aunque no estoy seguro en absoluto. Mis padres invitaron a cenar a un matrimonio amigo que vino con su hija, más o menos de mi edad, y nos tumbaron a los dos a dormir en su cama mientras ellos comían y charlaban, y recuerdo que nosotros, bien despiertos debajo de las sábanas, nos pusimos a jugar a papás y mamás, simulando que yo me iba al trabajo por la mañana y que ella me daba un piquito en los labios como despedida… Fueron solo dos o tres besos completamente tiernos e inocentes, pero se podría decir que esa fue mi primera experiencia con las mujeres.

Poniendo la mente en blanco y dejando surgir mis recuerdos me he dado cuenta de que la mayoría de los que brotan solos (o al menos los que brotan primero) a partir de este punto de mi vida están relacionados con mis ex o con otras chicas que me han gustado. Algunas salieron conmigo durante un tiempo, a otras no me atreví a pedírselo, otras tantas me dieron calabazas y un par de ellas me crearon una buena primera impresión que luego se desinfló un poco, haciéndome cambiar de idea antes de decidirme a dar el primer paso. Lo que viene a continuación y el texto de las próximas semanas he intentado redactarlo con mucho tacto y respeto, para que quede interesante y comprensible para los lectores pero no demasiado explícito o indiscreto para las implicadas, ya que un par de ellas leen las entradas del blog de vez en cuando y alguna otra podría llegar a leerlas en el futuro… Espero haber encontrado ese difícil punto de equilibrio.

Tal vez recordaréis que mi primer amor fue una niña de mi clase, cuando yo tenía trece años. Ya en una ocasión os hablé de aquel día que estuve tan cerca de ella, mientras los alumnos nos arremolinábamos en torno a la mesa del profesor para ver la lista de aprobados de un examen, así que no repetiré aquí la descripción de la escena, que sin duda fue una de las que se me quedaron grabadas con ella como protagonista. Durante tres o cuatro años esta chica me gustó a rabiar, pero por entonces yo estaba todavía bastante atontado y hubo otros que me tomaron la delantera, así que aquel deseo tan intenso y primario (y algo irracional, vistas las cosas con perspectiva) quedó no correspondido.




Mi primera pareja fue una compañera del segundo curso de la Universidad, y recuerdo perfectamente muchos detalles del momento en que, tras haber salido varias veces en plan amigos, me decidí a pedirle que fuese mi novia. Estaba anocheciendo y paseábamos por la Plaza del Ayuntamiento, en la esquina con la calle Correos, y le pedí que cruzáramos el paso de cebra hasta los bancos en la zona central de la plaza, porque quería decirle “una cosa” (palabras textuales). Me acuerdo de la sonrisa en nuestras caras, ya que los dos sabíamos lo que iba a suceder, y de la extraña mezcla de silencio incómodo y agradable sensación de anticipación mientras esperábamos a que cambiara un semáforo en rojo que a mí se me hizo larguísimo. Ese paso de cebra fue el momento que se me quedó grabado; era como tener el contrato ya redactado, solo faltaba firmarlo.

De las palabras que le dije cuando finalmente nos sentamos en un banco y cogí sus manos entre las mías, sin embargo, ya no me acuerdo bien, pero sí recuerdo que fueron bastante torpes y cursis, que parecían sacadas de una mala película romántica y que no podría repetirlas a día de hoy sin ponerme rojo de vergüenza… Otra de las fotos mentales que guardo de esta chica es la del dolor y la confusión de la ruptura, tan solo unas pocas semanas después; me sabe mal decirlo, pero aunque era bastante atractiva y buena persona no era demasiado interesante en el aspecto intelectual, o al menos no lo suficientemente compatible conmigo.




El siguiente momento transcurre en el Errol Flynn, un pub de hard rock al lado del bar regentado por Manolo el del Bombo, cerca del estadio de Mestalla, al que solía ir con mis amigos músicos los fines de semana. Allí coincidíamos con un grupo de chicas bastante guapas, simpáticas y con personalidad, y una de ellas me causó una buena primera impresión. Recuerdo que a las pocas semanas de conocerla estábamos todos y todas apretados en torno a una mesa pasándolo bien, charlando, disfrutando de la música y bebiendo (todos menos yo; recordad que el dueño del local me identificaba con guasa como “el que más bebe y el que menos baila”). De pronto me di cuenta de que casi sin pensarlo había colocado mi mano sobre la pierna de esta chica, y podía sentir la agradable calidez de su muslo a través de sus pantalones vaqueros. Estuvimos así un buen rato mientras seguíamos hablando y riendo, y ella disimulaba, me miraba y parecía muy contenta, como si no le molestara el contacto de mi mano…

Sin embargo en esta ocasión el semáforo no se puso en verde y no llegamos a cruzar el paso de cebra: no pasamos de ahí aquella noche, y ni ella ni yo lo comentamos nunca después. Yo pensé que sería mejor tomarse las cosas con calma y hacerlo todo despacito y bien, pero con el paso de las semanas la fui conociendo más a fondo y una serie de pequeños detalles me hicieron darme cuenta de que, a pesar de ser una chica estupenda, no había esa química, ese no-sé-qué que te indica que la cosa podría funcionar… Después de aquello hemos sido buenos amigos durante muchos años y me alegro mucho de ello, pero a veces me pregunto qué habría ocurrido si hubiéramos dado el paso y probado a salir juntos; tal vez nuestras vidas ahora serían totalmente distintas… Y lo dejamos aquí por hoy. La semana que viene seguiré con este ejercicio de escritura automática que empezó como una lista cortita de mis recuerdos esenciales y se ha ido convirtiendo poco a poco en una larga entrada múltiple sobre mi historia sentimental.



martes, 2 de mayo de 2017

Benimaclet


Hace poco, un domingo por la mañana, me di una vuelta por el barrio de Benimaclet, al norte de la ciudad; aquí tenéis una selección de veinte de las fotografías que saqué tanto a su arte urbano como a sus soleadas y silenciosas calles.