Seguimos, en esta tercera y última entrega, hablando de la trilogía de
Robert Zemeckis. El final de la película original, en el que Doc le dice a
Marty que tiene que acompañarle al Futuro para solucionar los problemas de sus hijos, y que acaba con un rótulo
de “To be continued”, no era más que una broma, un guiño al espectador… Pero la
acogida del público fue muy buena y unos pocos años más tarde se puso en marcha
el rodaje de las secuelas a partir de ese mismo punto de la narración, con
Marty y Doc llegando al 21 de octubre de 2015, haciéndose tan sólo un par de
ajustes en la historia con respecto a la conclusión de la primera parte… Por
cierto, ¿cómo hay que referirse a estas escenas a partir del 21 de octubre? Teniendo
en cuenta que hace unas pocas semanas que pasó esta fecha, ¿viajan al Futuro o
al Pasado? Bueno, da lo mismo… Al principio a Zemeckis no le gustaba la idea de
plantear la acción en el Futuro, porque es imposible predecir cómo será exactamente,
y hasta maestros de la talla de Stanley Kubrick habían metido la pata en
algunos detalles con anterioridad. Efectivamente, como dijimos en la primera
parte de esta entrada, la fecha famosa ya ha llegado y Zemeckis estaba en lo
cierto: en general las cosas no son como nos imaginábamos.

La segunda entrega tenía bastantes más tomas de efectos especiales, hechos
todos de manera artesanal, utilizando cables o por métodos ópticos, porque el
trucaje digital estaba en pañales en aquella época. En particular las escenas
partidas utilizando la técnica del Vista Glide,
en las que aparecía el mismo actor por duplicado o triplicado interpretando a
distintos personajes que incluso interactuaban unos con otros, eran algo que
nunca se había visto hasta entonces. También el argumento se complica un poco
en este caso, con más idas y venidas en el Tiempo e incluso la aparición de
varias realidades alternativas. Aunque no deja de ser ciencia ficción bastante
soft, hay que recalcar que hasta el mismo Carl Sagan alabó la verosimilitud de
la trama con las distintas líneas temporales.
Si no he perdido la cuenta, en total aparecen en la trilogía seis Hill
Valleys distintos: el de 1885, el de 1955, tres variantes de 1985 (la original,
la buena y la alternativa mala) y finalmente el de 2015. Parece ser que el
tercer acto de la segunda película iba a transcurrir inicialmente en 1967, no
en 1955 de nuevo, y que los padres de Marty estarían a punto de concebirlo,
pero la idea era que fuesen hippies, y los guionistas pensaron que para entonces
ya serían demasiado mayores como para que eso fuese creíble… Me parece que
salimos ganando con el cambio, porque toda la parte del Baile del Encantamiento
Bajo el Mar contada desde un segundo punto de vista,
con dos Martys distintos bambando por ahí (uno para propiciar su futuro
nacimiento, el otro para recuperar y destruir el almanaque deportivo), es en mi
opinión de lo mejorcito de la trilogía. Tampoco se queda atrás el emocionante
final de la peli, con Doc desapareciendo misteriosamente en el Tiempo para acto
seguido recibir Marty una carta escrita setenta años atrás…

Aprovechando un parón largo en la grabación de Enredos de Familia, que
estaba a punto de finalizar, la segunda y tercera partes de la trilogía fueron
rodadas de manera ininterrumpida en un total de once meses, con un descanso de
sólo tres semanas entre una y otra. Michael J. Fox tuvo un hijo y perdió a su
padre durante este año de rodaje, así que fue una etapa bastante intensa de su
vida. También debió ser intensa la experiencia de Robert Zemeckis, que durante
tres semanas voló a diario de Los Ángeles, donde se hacía el montaje de la
parte 2, al norte de California, en Jamestown, donde se estaba rodando la parte
3 de forma simultánea (él mismo confiesa que el montaje de la segunda se
resintió un poco por esto). Las películas se estrenaron en 1989 y 1990, y
cuando la segunda llegó a las pantallas ya tenían rodadas bastantes escenas de
la tercera, con lo que confeccionaron un trailer que se proyectaba justo al terminar, tras el rótulo que
indicaba “To be concluded”. En esta época yo ya tenía edad para ir al cine a
verlas de estreno, y el trailer me pareció alucinante, me dejó con unas ganas
tremendas de conocer el final de la historia.
Sin necesidad de recurrir al trailer, la camisa estampada de Doc en la
parte 2, con vaqueros a caballo y un tren a todo gas, ya nos va adelantando
algo de lo que ocurrirá en la última peli. En este caso Marty usa el DeLorean,
que había permanecido oculto en una mina abandonada durante varias décadas,
para viajar a la época del Salvaje Oeste, en 1885, y así impedir que Doc sea asesinado
por Buford “Perro Rabioso” Tannen, un forajido antepasado de Biff. Ambos amigos
tendrán que ingeniárselas para que el DeLorean alcance los 140 km/h
con el depósito de gasolina agujereado. Asistimos a los comienzos de Hill
Valley, la construcción de los juzgados y la puesta en marcha del reloj que se
pararía setenta años después, en la noche de la gran tormenta eléctrica… Es
bastante inquietante pensar que estos decorados de Jamestown quedaron destruidos
en 1996 a causa de un incendio iniciado precisamente por un rayo.

Curiosamente, aunque Marty es siempre el hilo conductor de la historia, el
peso a nivel dramático recae siempre en otros personajes: la primera película
gira en torno a la historia de amor de George y Lorraine, mientras que la
tercera gira en torno a Doc y Clara. Tiene gracia también que en esta última
parte Mary Steenburgen interprete a Clara Clayton, una mujer del S.XIX que se
enamora de Emmett Brown, un viajero del Tiempo del S.XX…
Años atrás, en 1979, Mary ya había participado en Los Pasajeros del Tiempo
interpretando a Amy Robbins, una mujer del S.XX que se enamora de H.G. Wells,
un viajero del Tiempo del S.XIX.
Antes de que se me malinterprete, diré que la peli original me encanta,
pero sus minutos finales tienen un ligero tufillo materialista, típico de los
años 80, con los dos coches en el garaje típicos del sueño americano, que no me
acaba de gustar… Y la segunda parte tiene un final totalmente abierto,
satisfactorio sólo porque sabes que en un año se estrenará la siguiente. Por
eso la conclusión de la tercera me parece la más conseguida; en general toda
esta película es más sencilla, romántica y humana, y tiene ese encanto especial
de las partes finales de cualquier trilogía. Cuando aparece en pantalla el
rótulo con las palabras “The End”
te quedas con muy buen rollito en el cuerpo.

Desde que se estrenaron he visto estas películas infinidad de veces, ya sea
por la tele o en los DVDs de la caja que me compré en la FNAC (Jamás olvidaré
aquel día: no sé si se habían vuelto locos con las ofertas o si alguien se
había equivocado con el precio de la etiqueta, pero me llevé el pack de tres
DVDs con extras incluidos por sólo 11 ó 12 euros… ¡Chollazo!). Siempre que las
veo descubro nuevos detalles, pero documentándome para esta entrada me he
enterado de un montón de cosas que me habían pasado inadvertidas hasta ahora…
Por ejemplo, ¿sabíais que, aunque sean casi clavaditos, Marty McFly tiene los
ojos claros y su hijo Marty Junior los tiene marrones? Si os fijáis bien, en los
primeros planos se puede apreciar. O esto: el camión de estiércol en el
que acaba el coche de Biff Tannen en 1955 lleva pintado el nombre “D. Jones”, y
en el carro de estiércol en el que cae su antepasado Buford “Perro Rabioso” en
1885 puede leerse “A. Jones”… Hay cosas que nunca cambian,
por más que pase el Tiempo. También me he enterado de curiosidades como que al
volver a 1985 por última vez Marty era exactamente 14 días, 3 horas y 27
minutos más viejo, o que en la tarde del 12 de noviembre de 1955 hubo simultáneamente
tres o cuatro DeLoreans en Hill Valley.
En definitiva, se trata de tres películas divertidas, emocionantes y hechas
con cariño que han causado un gran impacto en la cultura popular
de los últimos treinta años, tanto en Estados Unidos como en España,
y que forman parte de los recuerdos más entrañables de mi adolescencia… Termino
ya con un detalle que me parece interesante. En la segunda película, después de
visitar la casa del Marty adulto del Futuro, Doc se da cuenta de lo arriesgados
que son los viajes en el Tiempo y toma la determinación de destruir el DeLorean
y dedicarse a estudiar el otro gran enigma del Universo: las Mujeres. Justo en
la misma escena lamenta no poder visitar su época favorita, el Salvaje Oeste…
Él no sabe todavía que en la tercera parte cumplirá sus dos mayores sueños:
vivir en el Hill Valley del S.XIX y conocer a la mujer de su vida. Pero lo que
me parece más curioso es que, a la luz de esta escena, podemos afirmar que las
dos grandes pasiones de Emmett Brown eran el Amor y la Ciencia
o, en otras palabras, la Belleza y el Tiempo. Fíjate tú, qué casualidad…

Hace una semana, y para conmemorar la reciente llegada de Marty McFly a
nuestro Presente, estuvimos hablando de si es posible viajar en el Tiempo desde
un punto de vista científico, y hoy nos centraremos en la trilogía de Regreso al Futuro desde el punto de vista
cinematográfico (y con spoilers, así que los que no las hayáis visto quedáis
avisados). Su principal responsable es Robert Zemeckis,
director de otras grandes películas como ¿Quién engaño a Roger Rabbit?, Forrest
Gump, Contact o Náufrago, y a punto de estrenar una nueva, El Desafío. Bob Gale y el propio Zemeckis se
encargaron de escribir los guiones de las tres películas, y Steven Spielberg participó
en calidad de productor ejecutivo.

Aunque estoy seguro de que la mayoría de vosotros conocéis el argumento, os
hago un resumen rápido de la
primera parte, estrenada en 1985: el científico Emmett “Doc” Brown le enseña a
su joven amigo Marty McFly la máquina del Tiempo que acaba de inventar, y Marty
viaja por accidente al Hill Valley de 1955 conociendo a Lorraine y George, sus
padres adolescentes, con tan mala suerte que su madre se enamora de él. Si sus
progenitores no acaban juntos y Marty impide su propio nacimiento podría
crearse una paradoja que destruiría el Espacio-Tiempo en su totalidad, así que
tiene que apañárselas para intentar arreglar el desbarajuste, y de paso inventar el Rock’n’Roll y el monopatín,
entre otras cosas. La tecnología que permite los viajes en el Tiempo en estas
películas no tiene mucho sentido desde el punto de vista científico, pero Gale
y Zemeckis nunca se plantearon escribir una historia de ciencia ficción dura;
es más bien un relato de aventuras en clave de comedia, con la atención puesta
sobre todo en los personajes. La premisa inicial de los guionistas era ésta: ¿Y
si pudieras conocer a tus padres de jóvenes, en el instituto? ¿Serías amigo
suyo o te caerían mal? Esta primera película saca provecho de la repentina desaparición
de la brecha generacional que propicia el viaje al Pasado.
Inicialmente la idea era que la máquina tuviese la forma de una nevera,
pero se acabó cambiando por miedo a que los niños pequeños, después de ver la
peli, se quedasen encerrados dentro de la suya intentando viajar en el Tiempo.
Se llegó a una solución alternativa con bastante estilo, consistente en
utilizar un coche de la marca DeLorean, que con su
aspecto estilizado y sus puertas de apertura hacia arriba daba mucho juego
porque en los años cincuenta podía ser confundido con un platillo volante.
Aunque sean mentira, mola comentar algunos de los detalles técnicos de la
máquina, como el famoso condensador de flujo (en España se tradujo erróneamente
como fluzo); o los 1.21 gigavatios de potencia requeridos para hacerla
funcionar, y proporcionados primero por plutonio, después por un relámpago (en
el excelente clímax de la primera peli), más tarde por un reactor de fusión
portátil y finalmente por otro relámpago, esta vez imprevisto; o los también
necesarios 140 km/h conseguidos con el motor de gasolina y, en el Salvaje Oeste
en la tercera parte, con los leños modificados que alimentaban la caldera del
tren.

A la cabeza del reparto estaba Michael J. Fox, que como seguramente ya sabréis
empezó años después una dura lucha contra la enfermedad de Parkinson. En
aquella época formaba parte de la serie televisiva Enredos de Familia, con lo
que tuvo que compaginar la grabación de los episodios en su horario habitual
con horas extras de 18:00 a 6:00 para el rodaje de los interiores de la
película, durmiendo un promedio de cinco horas al día. Las escenas de exterior
se rodaron los fines de semana… ¡Menudo tute! Como coprotagonista estaba Christopher
Lloyd, que para interpretar a Doc se inspiró a partes iguales en el director de
orquesta Leopold Stokowski y en
Albert Einstein, del que ya hablamos la semana pasada (como dato curioso, decir
que Einstein murió precisamente en el año 1955). La característica manera de Doc
de agacharse hacia delante al hablar con Marty, que le da un aire todavía más
excéntrico, se debió a la diferencia de altura con Michael J. Fox, que es
bastante bajito.
Otra integrante del reparto es Lea Thompson
como Lorraine; Lea sigue estando igual de guapa treinta años después, parece
como si hubiera venido en una máquina del Tiempo directamente desde 1985.
También está Tom Wilson como Biff, el antagonista de George y por tanto también
de Marty. Y por último, en el papel de George, Crispin Glover, que no participó
en las secuelas porque sus exigencias parecieron excesivas a Zemeckis y a Gale;
por eso matan a su personaje en el 1985 alternativo de la secuela. Mención
aparte merecen Huey Lewis, que escribió un par de canciones para la primera película,
y Alan Silvestri, que compuso las
tres bandas sonoras y que actualmente anda metido en el proyecto de estrenar un
musical basado en la trilogía. En un par de entrevistas Silvestri ha comentado
que Zemeckis estaba preocupado por la falta de espectacularidad de algunas
escenas (la primera parte, aunque no lo parezca, no tiene tantos efectos
especiales como las otras dos), así que le dijo: “Escribe una música que sea emocionante
para que la peli parezca más grande de lo que realmente es”… Yo creo que
funcionó.

De la película original se pueden destacar varias grandes escenas, como
aquella en la que Biff y sus secuaces, montados en su coche, persiguen por toda
la plaza a Marty, que huye en un monopatín;
o el Baile del Encantamiento Bajo el Mar, en el que Marty toca la guitarra con el
grupo de Marvin Berry (el primo de Chuck Berry) intentando que sus padres se
den su primer beso mientras siente que su cuerpo se va desvaneciendo poco a
poco; o la increíble escena de la tormenta eléctrica
en la que el Doc de 1955 tiene que sincronizar la caída de un rayo sobre la
torre del reloj con el paso del DeLorean a toda velocidad para enviar a Marty
de regreso al Futuro… Os invito a que compartáis conmigo en los comentarios
vuestros momentos favoritos de ésta y de las otras dos partes de la trilogía.
Las dos secuelas se rodaron a la vez o, como se suele decir en inglés, “back to
back”, y yo he hecho algo parecido con esta entrada del blog: ya tengo escrito
todo lo relativo a las secuelas, pero me lo reservo para el próximo lunes
porque si lo pongo aquí se haría demasiado larga la cosa… Quedáis por tanto
convocados para la conclusión, de aquí a siete días.

Hace poco fue miércoles 21 de octubre de 2015. Éste fue el día en el que
Marty McFly llegó al Hill Valley del Futuro en el DeLorean aeroconvertido de
Emmett “Doc” Brown. En la época en que se estrenó la trilogía de Regreso al
Futuro esta fecha parecía muy lejana, pero aquí (y ahora) estamos, casi sin
habernos dado cuenta, treinta años después. El pasado 21, por lo tanto, fue
oficialmente el Día de Regreso al Futuro y hubo múltiples celebraciones en
una larga lista de ciudades (en Valencia se hizo un pase especial de la primera
película en los Autocines Star), entrevistas a los actores
en distintos programas de televisión americanos y referencias al evento en las
noticias y periódicos de todo el mundo. La búsqueda de información sobre la
trilogía de Robert Zemeckis batió un record en Google, superando por mucho al
recién estrenado trailer de Star Wars… Que Disney (en mi opinión el equivalente real del Imperio Galáctico)
acabaría siendo responsable del rodaje del Episodio VII no pudo profetizarlo nadie,
y de igual forma muchas de las predicciones de la segunda película
no han llegado a cumplirse. Algunos elementos de la vida actual, como Internet,
los smartphones o los drones, sí parecen realmente venidos del Futuro, pero todavía
no hay aeropatines ni zapatillas con robocordones, y los coches no vuelan ni funcionan con energía de fusión.

La semana que viene hablaremos de las películas pero hoy, si os parece
bien, razonaremos desde un punto de vista científico sobre si es posible viajar a otras épocas. No es la
primera vez que tocamos este tema en el blog; en su momento ya comentamos que sería
genial poder rebobinar el Tiempo
y viajar, aunque sólo fuese un minuto, hacia el Pasado… Hablamos de ingenios de
escalera y agujeros de gusano, de paradojas y feedback, y de la imposibilidad
de volver al Pasado salvo con la imaginación, y llegamos a la conclusión de que
no hay que obsesionarse por las ocasiones perdidas, simplemente hay que
aprovechar la próxima ocasión que se presente: como dijo “Doc” Brown, el Futuro
no está escrito, así que labrémonos uno que sea bueno. En aquella entrada de La
Belleza y el Tiempo avanzamos que más adelante hablaríamos de viajes hacia el Futuro,
y también ese día ha llegado por fin, dos años y medio después.
El próximo 25 de noviembre se celebra algo bastante más importante que la
llegada de Marty McFly al Futuro: se cumple el centenario de la Teoría General de la Relatividad de Albert Einstein.
En un ejemplo sin precedentes de abstracción mental y sin ayuda de datos
experimentales, el físico alemán propuso que Espacio y Tiempo están íntimamente
relacionados y que el Tiempo no avanza al mismo ritmo para observadores que se
mueven uno con respecto al otro, aunque estas diferencias no se aprecian claramente
hasta que la velocidad relativa entre ellos se acerca a la de la luz en el
vacío, es decir, 300.000 kilómetros por segundo. Este
fenómeno, que Einstein ya había descrito diez años atrás en su Teoría Especial
de la Relatividad (una especie de versión simplificada), se debe a que la
velocidad de la luz, independientemente del sistema de referencia desde el que
se mida, es siempre constante (razón por la cual se la suele denominar c), y a
que nada puede viajar más rápido que la luz; es el propio Espacio-Tiempo el que
se deforma para que se cumplan las dos afirmaciones previas. Una de las conclusiones más importantes de la Relatividad General
es que la masa de los objetos también curva el Espacio-Tiempo y dicha
deformación la percibimos como una fuerza gravitatoria a su alrededor. Cuanto
más masivo es el objeto y más cerca estamos de él, más fuerte es la deformación
y más se ralentiza el paso del Tiempo.

Estos efectos
relativistas no son algo meramente teórico, y se han ido comprobando experimentalmente a posteriori.
Los relojes atómicos de cesio,
capaces de medir el Tiempo con gran precisión, se desfasan un poco con pequeñas diferencias en la altura, es decir, la distancia al
centro de la Tierra, que es donde podríamos considerar concentrada toda su
masa. Para que os hagáis una idea: nuestro planeta se deforma cada día en su rotación como si fuera una
pelota de goma, e incluso estas mareas sólidas, que no sobrepasan los 30 cm de
diferencia en altura, dan lugar a un aumento y disminución cíclicos del ritmo
de un reloj atómico sin necesidad de moverlo del sitio, si bien esto se nota sólo
a partir del decimal número 17… El desfase, en consecuencia, será mucho mayor
entre los relojes de la superficie terrestre y los de los satélites del sistema de GPS (estos últimos van más
rápido), y por tanto se hace absolutamente necesario introducir correcciones
diarias por los efectos relativistas para que los
cálculos de triangulación sean correctos, ya que una diferencia de unos pocos nanosegundos puede hacer que haya errores en el
posicionamiento de incluso varios kilómetros.
Tratemos de anticiparnos a los próximos avances tecnológicos y hablemos
ahora de algo más difícil: ¿Cómo conseguir una distorsión temporal que no sea sólo
de nanosegundos? Pues acercándonos a un objeto con mucha más gravedad que la
Tierra. Un buen ejemplo sería el agujero negro supermasivo que hay en el centro
de la Vía Láctea, que según nuestros cálculos contiene la masa de cuatro
millones de soles, siendo su densidad tan alta que ni siquiera la propia luz puede escapar de su atracción gravitatoria.
La zona en la que esto empieza a ocurrir, llamada horizonte de sucesos, tiene
unos veinticuatro millones de kilómetros de diámetro, pero si nos mantenemos a
una distancia prudencial de este punto de no retorno podríamos utilizar el
agujero negro como una máquina del Tiempo de origen natural.
Una nave espacial que, sin necesidad de acercarse mucho a la velocidad de
la luz, pueda propulsarse lo suficiente como para entrar en una órbita estable
alrededor del agujero negro daría, pongamos por caso, una vuelta al mismo cada dieciséis
minutos para todo aquel que observara desde lejos, pero cada ocho minutos para
sus tripulantes. Todo proceso físico se ralentiza dentro de la nave, y en
consecuencia también lo hacen las reacciones químicas y los procesos biológicos
que se basan en ellas, con lo que los tripulantes envejecen la mitad. Tanto
éstos como los observadores externos tienen la sensación de que su propio
Tiempo transcurre de forma normal; sólo serán conscientes de los efectos
relativistas cuando ambos grupos vuelvan a encontrarse cara a cara.

Esta oferta de dos por uno no está mal, pero tampoco es que sea gran cosa…
¿Hay alguna forma de avanzar aún más rápido hacia el Futuro? Ya antes hemos
comentado que los campos gravitatorios intensos no son la única manera de
distorsionar el Espacio-Tiempo de cuatro dimensiones: a velocidades muy cercanas
a la de la luz se empieza a apreciar claramente que cuanto más rápido viaja un
cuerpo, más despacio avanza el Tiempo para él. Los aceleradores de partículas
de hoy en día, como por ejemplo el Gran Colisionador de Hadrones
del CERN, en la frontera entre Suiza y Francia, son una prueba palpable de este
fenómeno. En ellos las partículas subatómicas, aceleradas de forma continua por
potentes campos magnéticos en un túnel subterráneo de 27 km de circunferencia,
pueden alcanzar hasta el 99.99% de c, de forma que algunas de ellas, como los
piones, que habitualmente son inestables y de vida media muy corta, duran a
estas altas velocidades hasta treinta veces más de lo normal antes de desintegrarse.
Aunque su realización desde el punto de vista de la ingeniería está aún
lejos de ser posible, describamos un sistema similar al anterior que acelere no
partículas microscópicas, sino sistemas mucho más grandes, incluyendo también gente:
Un tren magnético de alta velocidad
que se mueva por una vía circular de diámetro igual al de la Tierra, de modo
que llegue a dar siete vueltas al planeta cada segundo (menuda envidia le
entraría a Phileas Fogg). Dentro de los vagones, objetos y pasajeros parecerían
moverse a cámara lenta si consiguiéramos verlos desde fuera, y para la gente de
dentro todo lo de fuera se movería muy rápido, aunque debe ser muy difícil
percibir nada de esto a la gran velocidad a la que avanza el tren. Este sistema
permitiría a los viajeros del Tiempo avanzar cien años en lo que a ellos les
parecería tan sólo una semana, aunque hay que recalcar una vez más que para
este trayecto no habría billete de vuelta posible…

Sin embargo, acercarse a la velocidad de la luz es más fácil (desde el
punto de vista tecnológico) moviéndose en línea recta que haciéndolo en
círculos. En el tercer y último ejercicio de Ciencia Ficción de hoy,
imaginemos un enorme cohete con grandes depósitos de combustible que se
construye en el espacio interplanetario, cerca de la Tierra, y después se pone
en marcha, acelerando a toda potencia durante un total de seis años (seis años contados
desde el interior de la nave, se entiende). La fuerza de empuje es tan grande
que en sólo una semana dejan atrás Neptuno. Cuatro años después del despegue se
alcanza ya el 90% de c, con lo que el Tiempo transcurre fuera de la nave el
doble de rápido que dentro, igual que pasaba antes al orbitar el agujero negro
supermasivo… Pero lo verdaderamente bueno viene al acercarnos a los seis años
desde el inicio de la aceleración, moviéndose por entonces la nave al 99% de c,
casi a la velocidad de la luz, y
siendo la equivalencia temporal de un año por día.
Aunque a estas alturas se hubiese acabado el combustible, la ausencia de
rozamiento en el espacio permitiría a la nave seguir moviéndose a esta
velocidad máxima de forma indefinida, con el mismo efecto de distorsión
temporal. Este sistema nos permitiría viajar desde la Tierra hasta el mismo borde
de nuestra galaxia en sólo ochenta años para la gente de dentro, menos de lo
que dura una vida humana, así que no supondría únicamente un viaje en el Tiempo
sino también un viaje alucinante en el Espacio del que algunos pasajeros podrían
disfrutar al completo… Sólo un último detalle: si los tripulantes quisieran
viajar hacia el Futuro para contemplar el destino de nuestro propio planeta,
deberían tener prevista una manera de frenar y darse la vuelta en un momento
dado, y acelerar de nuevo en la dirección contraria para poder volver a casa.

En conclusión, queda claro que, si bien es muy probable que los viajes al
Pasado no estén permitidos por las leyes de la Física, los viajes al Futuro sí
son posibles, aunque por ahora no disponemos de los medios necesarios para
hacerlos realidad. De todos modos, si lo pensáis detenidamente, podría decirse
que ahora mismo ya estamos viajando todos en el Tiempo, hacia delante, aunque a
velocidad normal, un poco más despacito de lo que a algunos les gustaría… Así
que poneos cómodos, no tengáis prisa, dejaos llevar y disfrutad del paseo. En
lo que a mí respecta, tengo bastante claro que no me apetecería viajar a un Futuro
lejano si supiera que no voy a poder volver atrás; no sé vosotros, pero yo no quiero perderme ni un solo detalle
de lo que me depara el Futuro inmediato… Y con esto terminamos por hoy; si mis cálculos son correctos,
volveremos a encontrarnos aquí mismo exactamente el lunes 9 de noviembre de
2015.