lunes, 8 de abril de 2013

¡Es Sólo un Sofá! (III)


Una de las películas más vistas del año 2003 fue La Gran Aventura de Mortadelo y Filemón, de Javier Fesser, con guión del propio Javier y su hermano Guillermo, el de Gomaespuma. La película me gustó y me pareció visualmente muy original, pero algunos detalles me resultaron por entonces demasiado surrealistas: un ejemplo es el discurso del tirano Calimero desde el balcón de su palacio ante un enfervorecido ejército de siete mil albañiles, enyesadores y pintores, que comenzaba con las siguientes palabras: “¡Se avecinan reformas!”. Calimero es una extraña mezcla de Francisco Franco, Rufus T. Firefly y Paco el Pocero; es el dictador de Tirania y continuamente está construyendo edificios para ganar más dinero, hasta el punto de que declara la guerra a la Reina de Inglaterra y lanza un gigantesco proyectil de hormigón fresco sobre el Palacio de Buckingham con el fin de “recalificar” los terrenos y poder construir más pisos allí: un especulador inmobiliario en toda regla, vamos. No es ésta la única referencia en las pelis de Javier Fesser a las obras (podría hacer aquí un chiste muy malo sobre el Opus Dei y Camino, pero me abstengo): es legendario el personaje de Usillos de El Milagro de P. Tinto, que excava una auténtica gruta en el suelo de una cocina al grito de: “¡Reformas Usillos no hace chapuzas! ¡Si hay que sanear, se sanea!”.
 
 
En aquella época, hace diez años, no entendí muy bien la obsesión de los Fesser por criticar las reformas y la construcción, pero ahora la comprendo perfectamente. En las dos primeras entregas de esta entrada he hablado de cómo mucha gente se preocupa en exceso por el envoltorio de sus vidas (por proyectar una imagen de éxito, tal y como predicaba el Rey del Inmueble en American Beauty), olvidándose por completo del contenido: hemos hablado de muebles de diseño, de obsesión por la decoración, de reformas innecesarias e incluso de cambiar de lugar de residencia cuando uno piensa que el anterior no es digno de su status… Sin embargo, no hemos llegado aún al máximo nivel de despropósito en lo que a vivienda se refiere: hace unos quince años se empezó a generalizar la práctica de comprar, reformar y vender una casa, obteniendo un beneficio monetario, sin llegar ni siquiera a vivir en ella… El hogar convertido en un negocio, en una mera forma de inversión. La ignorancia y la incapacidad (o falta de voluntad) para predecir lo que podía pasar a largo plazo hicieron que “trabajar en la obra” fuese la profesión de moda, y que los chavales que estudiaban en la Universidad fuesen vistos como unos pardillos… La especulación inmobiliaria trajo consigo corrupción política, bosques talados e incendios provocados para recalificar terrenos y poder construir más pisos (muchos de los cuales, por cierto, siguen vacíos)… Y la burbuja fue creciendo: poco a poco fueron aumentando artificialmente los precios de las casas, haciendo más difícil el acceso a ellas a la gente que realmente las necesitaba para vivir. Las hipotecas pasaron a ser a treinta, cuarenta o incluso cincuenta años: la vida hipotecada… No estamos hablando de oro, ni de petróleo, ni de ordenadores: estamos hablando de casas. Si tenemos en cuenta que todo el mundo necesita un sitio donde vivir, el especular con el precio de la vivienda me parece la máxima expresión del egoísmo y la falta de humanidad.
A mí no me gusta, como a Alfred, el mayordomo de Batman, decir eso de “¡Ya te lo dije!”… pero que conste que yo ya avisé en su día que los precios estaban inflados y eran injustos, y que era algo que no podía durar para siempre. De toda la vida me ha gustado pagar las cosas a tocateja, y los conceptos de “préstamo”, “crédito” o “hipoteca” me han parecido desde siempre un invento demoníaco (otro día hablaremos de esto), así que, como buen inconformista que soy, me negué en redondo a comprar una casa en la época de la burbuja inmobiliaria. Ahora mismo vivo alquilado por un precio razonable y me alegro mucho de no haber comprado; se podría decir, por tanto, que la burbuja no me ha afectado… al menos no de forma directa. Sin embargo, muchos de mis amigos casados o emancipados durante estos diez años se han tenido que ir a vivir a pueblos alrededor de Valencia por culpa de la escalada de precios, con lo que he perdido contacto con varios de ellos a los que tenía en mucho aprecio. De otros amigos también me he distanciado, aunque no desde el punto de vista geográfico: digamos sencillamente que, aunque siguen viviendo cerca, con el paso de los años se han ido preocupando más y más por el tapizado de sus sofás… Pero esto es otro tema, no nos desviemos del asunto.
 
 
Con la explosión de la burbuja, se sumó en España a la crisis financiera global una crisis inmobiliaria, y muchos de aquellos felices obreros de los que hablaba se quedaron en paro, arrastrando detrás a otros cuyos puestos de trabajo dependían de ellos. Cada vez fue más y más difícil vender un piso, con lo que muchos especuladores perdieron dinero y se llevaron su merecido. También se les empezó a hacer cuesta arriba el pago de las mensualidades a algunos de los que, a pesar de los altos precios, habían comprado una casa más grande o lujosa que la que necesitaban para vivir; tampoco son éstos los que me preocupan. Los que me preocupan, los que se han llevado la peor parte con la crisis, son los que menos recursos tienen: con el tiempo ha aumentado el número de impagos de las hipotecas entre la gente más humilde y se ha acentuado el drama de los desahucios; los mismos bancos que han sido rescatados con el dinero de todos no tienen sin embargo ninguna piedad con sus víctimas, que incluso después de devolver la casa, de quedarse en la calle, siguen estando endeudadas casi de por vida. Se da la contradicción de que aquél que debe poco (el ciudadano de a pie) lleva las de perder, pero el que debe mucho (el banco) es el que tiene la sartén por el mango… ¿Puede haber algo más siniestro y retorcido que esto?
Menos mal que también hay quien se preocupa por los que han tenido mala suerte: la Plataforma de Afectados por la Hipoteca hace una gran labor impidiendo parte de los desahucios (una parte muy pequeña, teniendo en cuenta que se produce uno cada diez minutos) y ha llevado adelante una Iniciativa Legislativa Popular, con casi millón y medio de firmas, para intentar cambiar una normativa no sólo injusta, sino además ilegal. Cómo no, los señores políticos, al servicio de los bancos, están poniendo todas las trabas posibles para su aprobación, y aún se quejan de que haya quien quiera hacerles ver lo grave de la situación… Que haya personas suicidándose porque se ven en una trampa sin salida y a la vez en la tele haya tertulianas carcas diciendo que el Escrache es una cosa de mal gusto me hace hervir la sangre; si al final no sale adelante la ILP es que seguimos en la Edad Media, por mucho que quieran disimularlo… Sinceramente, espero la aprobación de la dación en pago y de una nueva normativa más justa en este campo; ojalá quede aún un poco de Esperanza en este país en el que los pobres son cada vez más pobres y los ricos cada vez más ricos, y en el que paradójicamente tenemos tantas casas sin gente y tanta gente sin casa.
La próxima semana seguiremos hablando un poco más de este asunto: ya sé que cuatro entregas son demasiadas para una sola entrada, pero creo que en este caso en particular el tema es importante y lo merece. Resumiremos pues las conclusiones de todo lo que hemos comentado en la entrega de hoy y también las conclusiones generales, y os contaré cuál es el significado de las rosas rojas en American Beauty.

martes, 2 de abril de 2013

¡Es Sólo un Sofá! (II)

Cuando vi el capítulo de Big Bang Theory en el que Leonard conoce a Sheldon y éste le acepta como compañero de piso, me hizo mucha gracia comprobar que el mobiliario de la casa antes de llegar Leonard era el mínimo imprescindible… Me gustó en parte porque lo encontré típico de Sheldon, muy en su línea, y también porque creo que yo hubiera hecho algo parecido, quizás no tan radical pero parecido, si hubiera entrado a vivir en un piso sin muebles. Viendo de nuevo este fragmento me he dado cuenta de que coincido con Sheldon en más cosas aparte de la sobriedad en… bueno, en realidad la total falta de interés por la decoración. Sí, es verdad que pienso en criterios similares a los suyos para decidir en qué sitio me siento en mi comedor, pero no es eso a lo que me refería: me refería a que en un mundo post-apocalíptico yo también me dedicaría a preservar el Conocimiento de la Humanidad (aunque no me importaría además procrear, o al menos hacer algún intento, de vez en cuando).
Este comentario del mundo post-apocalíptico no lo he hecho en broma (bueno, y lo de procrear tampoco)… viene a cuento de algo que me tomo muy en serio: al igual que Sheldon, yo soy un apasionado del Conocimiento, y cuando intentas comprender todo acerca de todo, cuando tu mente está abierta a toda la Humanidad, a la inmensidad del Tiempo y del Universo, resulta difícil concentrarte en los noventa metros cuadrados que te rodean o sacar algún rato para ponerte al día en las últimas tendencias en decoración. Dicho de otro modo: más que el piso, me interesa tener la cabeza bien amueblada. Por desgracia, no todo el mundo comparte la misma opinión: mi lugar de trabajo cuando estoy en casa es la mesa del comedor, y a modo de pequeño despacho tengo sobre la cómoda de al lado, bien ordenaditos y siempre a mano, unos pequeños montones de libros, revistas, apuntes míos, folletos de museos, CD’s, DVD’s… Pues bien: alguna que otra vez durante mi convivencia en pareja he recibido la sugerencia de retirar mis cosas a otro cuarto antes de recibir a las visitas, como si fuera malo que la gente vea que tienes proyectos, trabajos, visionados y lecturas entre manos. En fin… Volviendo por un segundo al Doctor en Física Sheldon Cooper, tengo que confesar que, si bien a veces suelta estupideces como pianos, en otras ocasiones me parece que tiene más razón que un santo y prácticamente me quita las palabras de la boca… pero de esto ya hablaremos con más detalle otro día.
 
 
Ya que hemos tocado el tema del Conocimiento, me viene a la mente el caso de Jacques Mayol, el hombre que quería saberlo todo acerca de todo en El Gran Azul. Jacques se enamora de Johana y la lleva a su piso: éste está hecho un desastre, con mapas en las paredes y el suelo lleno de montones de libros y de bombonas de buceo. Poco después vemos cómo Johana está ordenándolo todo y pintando las paredes, intentando crear un nidito en el que ambos puedan ser felices… pero Jacques está más a gusto en compañía de los delfines, y en el mundo de los hombres se siente como un pez fuera del agua; al final la llamada del Mar es más fuerte que el Amor que siente por ella. Vaya por delante que mi caso no es tan exagerado como el de Jacques, pero dejadme que os cuente algo más acerca de mi piso… Al entrar a vivir en él no hice reformas, sólo hice pintar algunas habitaciones. El pintor dio por sentado que iba a cambiar toda la decoración y, sin encomendarse a Dios ni al Diablo, usó las cortinas de la galería para cubrir el suelo mientras trabajaba… Por supuesto, las cortinas vuelven a estar en su sitio y, aunque con unas cuantas gotas de pintura que no se fueron al lavarlas, funcionan perfectamente.
Está claro que a veces hacer obras está justificado por el claro deterioro de una casa, pero sobre todo en los últimos quince años ha habido mucha gente que las ha hecho por simple capricho, como si unas calidades y acabados de hace más de una década fuesen una ofensa para la vista y motivo suficiente para arrancarse los ojos. Si hablamos de los cuartos de baño, por ejemplo, parece que últimamente fuera obligatorio por ley instalarse una ducha-jacuzzi con chorritos de hidromasaje y mampara corredera… Pues yo estoy bastante contento con mi bañera de patas, mi alcachofa normal y mi cortina de plástico. ¿Por qué esta obsesión por las reformas y por las casas a la última? ¿Es simplemente por el qué dirán, por aparentar ante los amigos? ¿O es que a la gente le da miedo dejar de cambiar su casa porque entonces se darían cuenta de que no saben qué hacer en ella una vez terminada? A mí me parece que por lo general es una manera tonta de gastar dinero, tiempo y recursos que se podrían usar para cosas más urgentes y más importantes.
 
 
El siguiente paso para los que nunca tienen suficiente está no en reformar su casa, sino en venderla y comprar otra mayor. Recordemos otro fragmento de American Beauty… Después de una pelea familiar, Carolyn Burnham, que por cierto trabaja de agente inmobiliaria, le reprocha a su hija Jane lo ingrata que es por no saber valorar lo que tiene: “¡Cuando yo era pequeña vivíamos en un dúplex! ¡Ni siquiera teníamos un chalet!” ¿Acaso el tener un chalet le ha servido a Carolyn para ser más feliz? Si conocéis la película, a la vista está que no. Frases como éstas nos suenan ridículas y cómicas a los que tenemos, como decía antes, la cabeza bien amueblada, y una de las razones por las que me gusta tanto American Beauty es que deja bien claro y sin lugar a dudas que el camino que toma Carolyn no es el correcto… Pero por desgracia son muchas más las películas, series de televisión y anuncios publicitarios que se toman estas cosas en serio, o que intentando torpemente ser irónicos acaban de todos modos haciendo apología del consumismo. Y lo que es peor: hay muchos niños y adolescentes que, ante tal avalancha de mensajes contradictorios o directamente malintencionados, y en ausencia de adultos (ya sabéis: para pagar todas las facturas, los Papás tienen que trabajar muchas horas) que les maticen y les aclaren lo que es bueno o malo, lo que va en serio o en broma, acaban totalmente confundidos y ya no son capaces de identificar la ironía o la crítica directa ni siquiera en los casos más evidentes.
El caso es que este círculo vicioso ha ido generando una sociedad cada vez más y más materialista en la que la mayoría se preocupa antes por las cosas que por las personas, y la gente con sentido común ha acabado siendo la excepción, más que la regla. A los pocos que defendemos la teoría del Decrecimiento, la Sencillez y la austeridad en las costumbres muchas veces nos miran como a un bicho raro, como si estuviéramos locos. Lamentablemente, como reza el dicho, a veces a la normalidad de unos pocos se le llama locura y a la locura de muchos, normalidad. Por esta misma razón, siempre viene bien tener cerca a alguien que diga las cosas claras, siempre es bueno que haya gente como Lester Burnham… y a falta de Lester, aquí estoy yo con el blog para no dejar títere con cabeza. La semana que viene llegaremos, cual Capitán Willard remontando el río en busca del Coronel Kurtz, al corazón de las tinieblas, al súmmum de la locura y el absurdo: hablaremos de la gente que compraba casas no para vivir en ellas, sino para venderlas.

lunes, 25 de marzo de 2013

¡Es Sólo un Sofá! (I)

No es la primera vez que hablamos aquí de la estupenda película American Beauty, y seguramente volveremos a hablar de ella en el futuro, siendo como es una historia tan repleta de ideas potentes y de personajes interesantes para analizar. De todos ellos, el que más me gusta y con el que más me identifico es el de Lester Burnham, un hombre que, cansado ya de estar prácticamente muerto en vida, se rebela contra la hipocresía y la estupidez del mundo que le rodea y se convierte en un inconformista… Ole tus huevos, Lester, más vale tarde que nunca. Hay una escena de la película que me encanta: en ella el ya desmelenado Lester está tomándose una cerveza en el comedor de su casa y su estirada esposa Carolyn vuelve del trabajo. Él le dice algo así como “¿Te has hecho algo en el pelo? Estás muy bien…” Su hija Jane no está, así que él se acerca poco a poco a Carolyn, preguntándole con un tono de voz entre triste, esperanzado y libidinoso: “¿Dónde está la Carolyn de la que me enamoré, la Carolyn que hacía locuras?” Están recostados sobre el sofá, los labios de él cerca de los de ella: está a punto de saltar la chispa que prenderá la llama… Y de repente ella se percata de que podría caer un poco de cerveza sobre el reposabrazos: “Cariño, ten cuidado con la tapicería…” El Momento pasó, la Magia ha vuelto a desaparecer. Él, cabreado, trata de hacerle entender la farsa en la que se ha convertido su existencia: “¡Es sólo un sofá! ¡Son sólo objetos y a ti te importan más que vivir!” Como ya os comentaba, éste es un fragmento que se me quedó grabado porque os puedo asegurar, sin entrar en detalles, que he vivido alguna escena parecida en mis anteriores relaciones. Sólo unos pocos (o unas pocas) se atreven, como Lester, a decir alto y claro lo que otros sólo piensan, o tratan de acallar en su mente, o, peor aún, ni siquiera consiguen intuir, completamente atrapados en la redes de este sistema tóxico que nosotros mismos nos hemos construido.
 
 
Hay otra escena muy relacionada con la anterior en la película Dentro del Laberinto, de Jim Henson. Sarah, la protagonista, ha conseguido escapar de Jareth, el Príncipe de los Goblins, pero en el proceso ha olvidado que estaba buscando a su hermanastro, el pequeño Toby, que ha sido secuestrado por Jareth. Va a parar a un vertedero lleno de montañas de basura en el que encuentra a una anciana que camina con una pila de objetos cargada a la espalda; su peso la ha convertido en un ser bajito, encorvado, arrugado y gris. La anciana pretende que Sarah se olvide por completo de Toby y la lleva a lo que parece ser su cuarto, en el que la sienta en una silla, le dice que allí está a salvo y que no necesita nada más, y la va cargando de sus propios juguetes, peluches y muñecas, como si quisiera empezar a levantar una montaña de trastos similar a la suya. Afortunadamente, Sarah, al igual que Lester Burnham, se da cuenta de la situación y despierta de su letargo, pronunciando una frase muy similar a la de Lester: “¡Esto es chatarra!”.
Este fragmento de la peli (no os perdáis la explicación del vídeo del enlace, que también es muy interesante) me parece una metáfora genial de la sociedad de consumo actual, y un buen ejemplo de que las historias de ficción pueden contarnos a veces verdades como puños. Hay mucha gente que a lo largo de la vida se va cargando de obligaciones que al principio parecen algo bueno: de las cuotas de los servicios que contratan, y los plazos de las cosas que compran, y los seguros para proteger esas cosas, y los pagos de la hipoteca… y llega un momento en que todas esas cosas, en lugar de hacer su vida mejor, se convierten en una carga, porque para pagarlas tienen que trabajar en algo que no les gusta, o un número de horas que no les gusta, con lo que al llegar a casa están demasiado cansados o tienen muy poco tiempo para disfrutar de esas cosas. Y lo peor de todo es que tampoco tienen tiempo para dedicárselo a las personas que les rodean, a su pareja, a sus hijos, a sus amigos: están encorvados, grises, aplastados, atrapados por el sistema, aunque tal vez desde fuera no lo parezca… Pues bien, cuando algo no funciona hay que plantearse la posibilidad de hacerlo de otra forma; el hombre (o la mujer) verdaderamente feliz es el que aprende a ser feliz con poco y por lo tanto más libre.
En lo que a mi piso respecta, tiene ya muchos años, y aunque está amueblado con cierto estilo, se podría decir que está en las antípodas de la moda de hoy en día, pero no me he preocupado en absoluto por cambiar la decoración, y me da igual que los muebles o los electrodomésticos tengan un aspecto anticuado con tal de que cumplan su función adecuadamente: ya hemos visto en una entrada anterior que lo antiguo no tiene por qué ser necesariamente malo. ¿Qué más da si esas estanterías están un poco desconchadas? Lo importante es la calidad de los libros y los CD’s que hay en ellas. ¿Y qué importa que aquella lámpara no sea de diseño, con tal de que proporcione la luz adecuada? Excepto la cama, el sofá, la tele y un par de detalles más, no he cambiado nada de lo que había antes. No me guío por criterios estéticos, sino por criterios prácticos… Y antes de que alguien se queje en los comentarios de que un blog llamado La Belleza y el Tiempo no puede dejar de lado la Estética, dejadme puntualizar que en este caso estoy utilizando la acepción más prosaica del término: por Estética me refiero aquí a lo externo, a la apariencia, pero para que haya auténtica Belleza hace falta que confluyan otros factores (supongo que a estas alturas ya vais entendiendo lo que quiero decir).
 
 
Hace tiempo dedicamos una entrada del blog al Decrecimiento y nombramos por encima la obsolescencia programada y la obsolescencia percibida. De la programada hablaremos con calma a su debido momento, porque el tema se las trae, pero todo lo que hemos comentando hoy y lo que comentaremos las dos siguientes semanas entra de lleno en el terreno de la obsolescencia percibida, del estar a la moda, del “Comprar, Tirar, Comprar” al que nos abocan la publicidad y la presión social que nos rodean constantemente, y que no sólo nos anula en mayor o menor medida como individuos, sino que además contribuye a malgastar los recursos del Planeta, que, recordémoslo una vez más, son limitados. En el documental La Hora 11 se citan unas palabras de Eric Hoffer que me vienen al pelo: “Nunca se tiene bastante de lo que no se quiere”. Se nos explica en el documental, y yo estoy de acuerdo, que hay muchas personas que, como Carolyn Burnham, han perdido la facultad de percibir la Belleza del Mundo y por eso entran en un círculo vicioso de apariencias y consumismo, buscando sucedáneos de Belleza que nunca llegan a satisfacerles… como por ejemplo preocuparse por la tapicería de un sofá. Aquí no acaba el nivel de tontería del ser humano en lo que respecta al ámbito doméstico: la semana que viene seguiremos hablando de muebles y empezaremos a hablar de inmuebles.

martes, 19 de marzo de 2013

Las Leyes del Silencio

Escribo estas líneas mientras espero a que se hagan las cuatro de la madrugada y los simpáticos falleros que han montado su carpa bajo el balcón de mi dormitorio tengan a bien apagar la ensordecedora música de su discomóvil y me dejen dormir. Es en momentos como éste cuando uno realmente aprende a valorar el Silencio en su justa medida… pero dejémonos de lamentaciones y sigamos hablando de este tema, como prometimos la semana pasada. Teniendo en cuenta que el Silencio no es más que la ausencia de sonido, tal vez sería conveniente empezar la entrada definiendo lo que es el sonido desde un punto de vista científico: es una onda mecánica en la que se produce un transporte de energía sin haber para ello transporte de materia. La energía se propaga porque las partículas del medio en cuestión vibran alrededor de posiciones fijas y se van pasando la energía las unas a las otras. El sonido es además una onda longitudinal, lo cual quiere decir que las partículas vibran hacia delante y hacia atrás en la misma dirección en la que se propaga la energía. Cuanto mayor es la distancia que se desplazan las partículas respecto a su posición de equilibrio, más fuerte es el sonido, y cuanto más rápidas en el tiempo sean estas oscilaciones, más agudo.
Cuando hablamos de sonido normalmente pensamos en el aire y en cómo esa mezcla de moléculas y átomos de oxígeno, nitrógeno, vapor de agua, dióxido de carbono, gases nobles, etcétera, vibran transportando la energía por ejemplo desde las cuerdas vocales (vibrantes) del que habla hasta los tímpanos (también vibrantes, fíjate tú qué casualidad) del que escucha. Pero el sonido no sólo se propaga a través de los gases, sino también a través de líquidos y sólidos, y más rápido además, porque cuanto más denso es el medio, cuanto más juntas están sus partículas, más fácilmente se pasan éstas la energía de unas a otras en sus vibraciones. Por eso cuando hay obras en nuestra calle y alguien golpea el suelo con un martillo pesado, oímos dos veces cada martillazo: la segunda oleada de energía sonora llega a través del aire por la ventana, pero la primera lo hace, aunque con las frecuencias agudas más amortiguadas, a través del suelo de la calle y de las paredes de nuestro edificio.
 
 
Lo que queda claro es que el sonido necesita partículas para transmitirse, y por tanto donde no hay partículas no puede haber sonido: de ahí la famosa frase “en el espacio nadie puede oír tus gritos”. El vacío interplanetario contiene una cantidad tan baja de átomos y moléculas que las ondas mecánicas no pueden propagarse por él. Olvidaos por tanto de las trepidantes batallas espaciales de Star Wars, llenas de explosiones y de disparos de armas laser; si hubieran querido ser verosímiles desde el punto de vista científico, los encargados de la edición de sonido deberían haber optado por un silencio total, al estilo de 2001, Una Odisea del Espacio, aunque les perdonamos porque seguramente el resultado no hubiera sido tan entretenido. En este sentido, me han comentado que las batallas del episodio piloto de la serie Battlestar Galactica estaban bastante bien en cuanto a coherencia científica: al principio se ven los disparos y las explosiones pero no se oye nada, y al cabo de un rato, cuando ya han sido alcanzadas y despresurizadas varias naves de gran tamaño, soltando parte de su aire al espacio exterior, empieza a haber un tenue medio para que el sonido viaje entre unas naves y otras y comienzan a escucharse las explosiones de forma sorda, apagada, lejana… aunque el peligro está de hecho bien cerca. Tengo ganas de comprobar que esto es así, porque es uno de esos detalles que, de puro extraños, me resultan escalofriantemente realistas y por tanto muy satisfactorios en una serie o película de ficción; a ver si algún día puedo hacerme un hueco para echarle un vistazo a ese piloto… Lamentablemente, parece ser que la mayoría del público no pensaba como yo, de modo que en la serie regular decidieron incluir sonido, aunque ligeramente amortiguado, eso sí; en algunos episodios se ponía la excusa de que las batallas se producían dentro de nubes de gas para que se pudieran escuchar bien las explosiones.
Pero no hace falta pensar en batallas espaciales para entender que el sonido no viaja a través del vacío: basta con mirar hacia arriba en un día soleado. Ahí está el Astro Rey con su luz cegadora, luz que tiene su origen en las reacciones nucleares de fusión del hidrógeno que hay en su interior: el equivalente a millones de bombas nucleares cada segundo… y sin embargo no oímos al Sol. Y es bastante ruidoso, os lo aseguro. No lo oímos porque ocho minutos-luz de vacío nos separan de él. Su luz sí nos llega a través del espacio porque no es una onda mecánica, sino electromagnética, y al consistir en vibraciones de campos eléctricos y magnéticos no necesita partículas para propagarse. Que el sonido no viaje a través del vacío tiene también aplicaciones prácticas aquí abajo, en la Tierra: es uno de los factores que se toma en cuenta en algunos modelos de ventanas del tipo Climalit. Éstas tienen un doble acristalamiento con una cámara en medio, de la que en algunos casos se succiona el aire, creándose una capa a baja presión, con pocas partículas, que impide en parte la propagación del sonido, además de ser un buen aislante térmico… Ahora mismo, con los falleros debajo de mi ventana, me está apeteciendo bastante instalármelo yo también.
 
 
De todos modos, ni el mejor Climalit del mundo absorbe los sonidos como lo hace una cámara anecoica. Estas cámaras, utilizadas sobre todo en tareas de investigación, presentan en sus paredes multitud de cuñas de forma piramidal entre las que las ondas sonoras rebotan una y otra vez sin volver atrás y van siendo absorbidas por el material de fibra de vidrio, evitando así la producción de eco (de ahí el nombre). La versión casera de este truco se puede ver en muchos estudios de grabación y locales de ensayo de grupos musicales que recurren a hueveras de cartón para reducir la reverberación. Otro método que se emplea en las cámaras anecoicas para aislarlas del ruido del exterior consiste en introducir varias habitaciones una dentro de otra, cual Matrioskas rusas; todo esto permite reducir el nivel de ruido desde los 30 decibelios que suele tener el Silencio habitual hasta incluso 10 decibelios negativos. No es de extrañar que después de su visita a una de estas cámaras el compositor estadounidense John Cage ideara su obra 4’33’’, que consiste en cuatro minutos y treinta y tres segundos de Silencio. Hablando de minutos, otro dato curioso acerca de las cámaras anecoicas es que no se puede aguantar más de 45 minutos dentro de una sin volverse loco. Una posible explicación para esto es que, ante la falta de otros estímulos auditivos, al cabo de un rato el oído comienza a ser perfectamente consciente del sonido de la propia respiración, el más mínimo roce de la ropa, el ruido de las tripas o los latidos del corazón, y esta sensación de aislamiento y de vacío sonoro (a pesar de haber aire) provoca a la larga ansiedad, vértigo y pérdida de equilibrio. A mí se me ha ocurrido otra posible explicación para este fenómeno: tal vez lo que ocurre es que hay tanto Silencio que podemos oírlo.
Me explico: el córtex auditivo se localiza en los lóbulos temporales del cerebro, correspondiéndose aproximadamente con las áreas 41 y 42 del mapa de Brodmann, y en él hay varias capas de células nerviosas que procesan el sonido y dan lugar a la percepción del mismo. Pues bien, hagamos un paralelismo: sé de buena tinta que el sistema visual del cerebro tiene neuronas oponentes, encargadas de la percepción de parejas de colores complementarios (rojo-verde y azul-amarillo), que pueden dar respuestas positivas o negativas según el color percibido. ¿Y cómo pueden dar una respuesta negativa? Muy sencillo: las neuronas codifican la información transmitida a la siguiente etapa de procesado mediante el número de pulsos eléctricos, también llamados potenciales de acción, enviados por segundo a lo largo de sus axones, pero de manera que en ausencia de un estímulo de color (es decir, ante una imagen de color gris) también tienen una cierta actividad que podríamos llamar de referencia, y nunca se quedan totalmente paradas. De este modo, una célula oponente de tipo rojo-verde da una respuesta positiva al recibir un estímulo rojo aumentando su ritmo de emisión de pulsos eléctricos, y una respuesta negativa al recibir un estímulo verde disminuyendo su ritmo por debajo del valor de referencia. ¿Puede ser que ocurra algo parecido en el córtex auditivo? En éste, las distintas neuronas responden a distintos rangos de frecuencias sonoras: unas se encargan de los graves, otras de los agudos, otras de las frecuencias medias… No es difícil entender que estas neuronas seguramente siguen presentando una actividad de pulsos eléctricos, distinta de cero, en condiciones normales de silencio, lo cual implicaría que al meternos en una cámara anecoica su ritmo de pulsos se ralentizaría de tal manera que estarían mandando a la siguiente capa de neuronas una señal muy negativa, con el consiguiente stress para estas últimas; stress que, de mantenerse por un tiempo prolongado, puede acabar afectando a otras áreas del cerebro relacionadas con el oído, como por ejemplo las del equilibrio, poniéndonos al borde de un ataque de nervios. En resumen: si un aire con las partículas demasiado quietas es interpretado por nuestro cerebro como un sonido negativo, entonces el Silencio de una cámara anecoica puede resultarnos atronador.
Pues nada, espero que tras esta parrafada no os hayáis quedado sin palabras. Por si no os hubiera hecho ejercitar vuestras neuronas lo suficiente aún, ahí va una última (y archiconocida) pregunta, lanzada al aire, para que expandáis vuestra mente: Si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie allí para escucharlo, ¿hace ruido?
 
 

lunes, 11 de marzo de 2013

Hablar por Hablar

Estoy totalmente de acuerdo con ese antiguo proverbio que reza que “Si lo que vas a decir no es más bello que el Silencio, tal vez no deberías decirlo” (Y sí: si pensáis que esto os suena de una canción no tan antigua, estáis en lo cierto). He de confesaros que en el día a día, y a no ser que se toque un tema que me interese especialmente, yo suelo ser un hombre parco en palabras… Algunos estarán ahora llevándose las manos a la cabeza, teniendo en cuenta que esto lo acaba de decir el mismo cuya verborrea en estas entradas se alarga hasta el infinito y más allá, pero todo tiene su explicación.
Hace poco estuvimos hablando de cómo el poder de las palabras nos permite ordenar un poco el caos que nos rodea y tomar el control de nuestras propias vidas, y yo me paso a veces con el número de palabras en el blog porque intento contar aquí cosas realmente importantes, intento acercarme todo lo posible a la Verdad. Sin embargo, esto requiere un tiempo y un esfuerzo para encontrar las palabras apropiadas que muy poca gente está dispuesta a invertir en este mundo de prisas en el que vivimos. Muchos simplemente se dejan llevar por la mayoría, haciendo lo mismo y hablando de lo mismo que los que les rodean, sin plantearse si es lo correcto o no, creyendo que alguno de los otros sabrá lo que está haciendo cuando en realidad ninguno de ellos lo sabe. De este modo las palabras pasan de ser una forma de buscar la Verdad a convertirse en un continuo parloteo cuyo objetivo acaba siendo a veces acallar esa otra vocecita en el fondo de tu cabeza que intenta decirte que no estás yendo por el camino correcto (En relación con esto último, siempre me han encantado esos versos de la canción This is Yesterday, de los Manic Street Preachers, que dicen: “No escuches una palabra de lo que diga, sólo escucha aquello que no consigo callar”). Y peores aún que los que usan las palabras para engañarse a sí mismos son los que emplean la retórica para engañar a los demás, aunque de eso ya hablaremos otro día… Vivimos rodeados de palabras no meditadas, de palabras pronunciadas por pura imitación, o por prisa, o por mera rutina, o por miedo a equivocarnos (sin darnos cuenta de que a veces cometer una equivocación que sea genuinamente nuestra puede ser algo bueno). Todas estas palabras pasan a formar parte del inmenso ruido de fondo que nos aturde y nos impide, a nosotros mismos y a los que nos rodean, encontrar nuestro propio camino.
 
 
Gran cantidad de las conversaciones de la vida diaria suelen ser triviales, intrascendentes, vulgares, y cuanta más gente implicada, más idiotas suelen ser los temas de conversación. El miedo a no conectar con los demás hace a la gente ir a lo seguro y escoger temas muy genéricos de entre una reducida lista de trending topics, algunos de los cuales tienen, francamente, muy poca enjundia. Muchas veces me ha pasado que he llegado a sentir vergüenza ajena en reuniones multitudinarias por el bajo nivel intelectual de las conversaciones a mi alrededor, aunque me ocurre cada vez menos porque con el paso de los años he aprendido a seleccionar los ambientes en los que me muevo. Las charlas más interesantes las he tenido siempre en grupos de muy pocos individuos, gente con la que previamente sé que guardo una cierta afinidad… e incluso en estos casos cuesta bastante sacudirse las prisas del día a día, salir de los tópicos y encauzar la conversación por derroteros interesantes; hace falta un ambiente propicio y distendido y un poco de tiempo.
De todo esto habréis podido deducir que a la hora de conversar valoro más la calidad que la cantidad de las palabras. Hay personas muy calladas que al final pueden resultar más interesantes que los mejores oradores; ya lo decía el historiador Quintus Curtius Rufus hace dos mil años: “Los ríos más profundos son siempre los más silenciosos”. Y se dice que una señal de que te sientes realmente a gusto con un amigo o con tu pareja es que podéis pasaros un buen rato sin hacer nada en particular, juntos y en silencio, sin que la situación se haga incómoda… Que haya silencio no quiere decir necesariamente que no haya una conversación en marcha: yo hablo para mis adentros a menudo, tanto en casa como paseando por la calle, y a veces tengo discusiones realmente interesantes conmigo mismo (Puntualización importante: que la procesión vaya por dentro, por favor; ir andando solo por la acera poniendo caras y moviendo la boca denota algún tipo de inestabilidad mental, así que intentemos evitarlo en la medida de lo posible).
 
 
Me gusta el Silencio. Soy de esas personas que para leer o escribir necesitan tranquilidad, y que se distraen fácilmente si hay ruidos a su alrededor, por pequeños que sean. Como ya he comentado, alejarme del mundanal ruido de vez en cuando me ayuda a oír mis propias ideas, pero no sólo eso: quedarme un rato callado incluso en mi mente también me ayuda a veces a descubrir la Belleza que nos rodea por todas partes y que de otra manera podría pasarnos inadvertida. Por eso me traen tanta paz de espíritu por ejemplo esos paseos de los que ya os he hablado, los domingos por la mañana en el Casco Viejo; por eso me gusta visitar bibliotecas, museos, iglesias o incluso cementerios. Aunque me gusten, las bibliotecas las frecuento menos por falta de tiempo, pero sí soy un asiduo visitante de los museos de Valencia, en los que más de una vez he llegado a pedir por favor a otras personas que bajaran un poco la voz… me temo que ésta es una batalla perdida, teniendo en cuenta que últimamente hasta los vigilantes de los museos son cada vez más ruidosos. Otro lugar público en el que cada vez hay menos respeto en cuanto al silencio son las salas de cine, pero de eso hablamos otro día… Aunque no soy religioso, tengo que confesar que las iglesias son de los pocos lugares públicos silenciosos que quedan aún en la ciudad; y lo mismo se puede decir de los cementerios: del particular encanto de su silencio sepulcral hablaré con más calma en otra ocasión. Por ahora sólo haré una observación al respecto: por más que entendamos nuestra vida como una sucesión de palabras, algunas de ellas verdaderas, la mayoría superfluas y huecas, su sentido último es siempre llevarnos del útero materno al cementerio; por tanto toda esta palabrería, todo este ruido de fondo, empieza y acaba siempre, mal que nos pese, con Silencio.
Decía Shakespeare que es mejor ser rey de tu silencio que esclavo de tus palabras, pero por esta vez no voy a hacerle caso y me comprometo a desarrollar este tema un poco más la próxima semana, aunque desde un punto de vista completamente distinto. ¡Seguimos hablando!

lunes, 4 de marzo de 2013

Postales desde Roma

Desde hace mucho tiempo tengo por costumbre dedicar algún día, de vez en cuando, a coger la cámara de fotos y darme un paseo por la ciudad para capturar los instantes de Belleza que se me presentan en los lugares más insospechados; esto me ha hecho acumular a lo largo de estos años una importante cantidad de imágenes de las que echo mano a la hora de ilustrar las entradas del blog (salvo en los contados casos en los que no encuentro ninguna relacionada con el tema en cuestión y recurro a buscar algo en la Red). Por otra parte, ya os he comentado en otras ocasiones que Valencia fue en sus orígenes una ciudad romana y que por tanto los que aquí vivimos también somos romanos, al menos en parte. Por tanto, mi afán de querer saber Todo acerca de Todo me impulsó hace poco a visitar la bellísima ciudad de Roma, que al fin y al cabo es la cuna de nuestra Civilización y ha influido de manera decisiva en nuestro aquí y ahora.
Por supuesto, no me arrepentí en absoluto de mi decisión: os recomiendo encarecidamente que hagáis este viaje, sobre todo si os gusta la Historia, que en Roma te sale al paso detrás de cada esquina. Como no podía ser de otra manera, me llevé la cámara y saqué allí montones de fotografías de las cuales tenéis aquí una selección, poco más que un pálido reflejo de la apabullante Belleza de la Ciudad Eterna: a la vista está que, efectivamente, Roma no se construyó en un día.