A menudo, mientras ando por la calle, voy escuchando mis canciones
favoritas en mi mente. Llevar la banda sonora incorporada es mucho más seguro
que llevar música real con auriculares; no te arriesgas a tener un accidente en
un paso de cebra por no haber oído a un coche que venía por detrás. A veces
imagino simplemente una canción que he escuchado hace poco y que me ronda la
cabeza, pero en ocasiones escojo un tema que está relacionado con mis
pensamientos o con mi estado de ánimo de ese momento, es decir, escojo la banda
sonora apropiada para aportarle más riqueza de matices a mi existencia diaria y
para vivir las cosas de forma más intensa. Por ejemplo, si tengo que pasar por
la Calle Colón en hora punta de compras y me cruzo con mucha gente andando por
la acera, me viene a la cabeza esa escena en la que Morfeo le explica a Neo qué
es Matrix mientras van andando a contracorriente, chocando Neo con todo el
mundo mientras Morfeo no choca con nadie; automáticamente, empieza siempre a
sonar en mi cerebro el Clubbed to Death de Rob Dougan.
Para entretenerme, algunas veces incluso hago de DJ de mi mente e
imagino también las transiciones entre una canción y la siguiente, y hasta añado
efectos de sonido: por ejemplo, si voy escuchando música y de repente me topo
con alguien a quien no me apetecía encontrarme, se me corta la canción con un
sonido de aguja de tocadiscos que salta.
¿Demasiada televisión, tal vez? Es posible, pero yo me lo paso pipa. Rizando
más el rizo, en contadas ocasiones mezclo dos canciones distintas en mi cabeza,
usando la melodía principal de una y los acordes de fondo de otra, o interpreto
una melodía con unos instrumentos completamente distintos de los habituales, o
le cambio la tonalidad, ya sea por capricho o porque estos cambios tienen
relación directa con las cosas que estoy pensando mientras oigo la música. Es
decir, mi banda sonora mental no sólo es personal sino que también está
personalizada, customizada.
Hacerte tus propios remixes de canciones, como si tuvieras una
mesa de mezclas o un programa de
edición en la cabeza, no es fácil; para tener esta vida interior musical tan
rica y llena de matices es necesario poder imaginar armonías, lo cual es
complicado, sobre todo si se trata de una combinación de sonidos que nunca has
oído realmente, fuera de tu cabeza. Podríais decir que todo el mundo sabe
imaginar una canción, y que las canciones tienen armonías, pero me parece que
la mayoría de la gente imagina sólo la melodía principal y luego cree que ha
oído también todo lo demás cuando no ha sido así. Seguramente los patrones de actividad neuronal cuando oímos
una canción y cuando la pensamos se parecen la mayoría de las veces como un
huevo a una castaña. Escuchar nítidamente en tu cabeza varias notas distintas
de manera simultánea y al mismo volumen no es tan fácil como parece y requiere bastante
entrenamiento. Probad a hacerlo vosotros: si intentáis escuchar a la vez las
notas Do, Mi y Sol,
involuntariamente oiréis más fuerte el Do (la tónica), con las otras dos muy de
fondo, cuando os preguntéis si oís el Do; y lo mismo pasará con el Mi y con el
Sol (la dominante) cuando queráis comprobarlas por separado. En lo que a mí
respecta, recuerdo el día en que aprendí a pensar un acorde de forma
consciente, ya hace tiempo, en mi adolescencia, y recuerdo también que fue para
mí un momento muy emocionante, como una especie de revelación, un instante
trascendental a partir del cual mi flujo interior de pensamiento ha sido mucho
más entretenido.
En anteriores entradas de La Belleza y el Tiempo
hemos hablado de cómo retorcer las armonías de una canción, convirtiéndolas casi
en disonancias, para hacerla más interesante. Pero para jugar
con las armonías no hace falta hacerlas discordantes: también hemos hablado
antes en el blog del interesante efecto que genera hacia el final de una
canción el mantener la misma melodía cantada pero con acordes de fondo diferentes,
dándole a la misma secuencia melódica significados completamente distintos,
musicalmente y emocionalmente hablando. Es un truco que utilizaba por ejemplo
Michael Jackson en Speed Demon
o en Burn This Disco Out,
y Depeche Mode también lo usan mucho, aunque vamos a reservar los temas en los
que lo hacen para futuras entradas, así que no hablaremos de ellos ahora. En el enlace musical de la semana pasada, sin ir
más lejos, escuchamos a los Faith No More utilizar
este recurso con la frase “now
everything’s ruined”, que se oye varias veces acompañada de unos rasgueos de
guitarra y al final de la canción vuelve a aparecer con un acompañamiento
totalmente distinto.
La mayoría de las veces
no somos conscientes de estos trucos: sencillamente la canción nos gusta mucho
pero no sabemos por qué. Yo siempre he pensado que comprender estos mecanismos
de composición no le quita la gracia a la Música sino que, por el contrario, te
permite disfrutarla también a otros niveles (con otras partes del cerebro,
podríamos decir) y hacer así más intensa la experiencia estética que supone su
audición. Por tanto, en esta entrada doble veremos varios ejemplos en los que
se han usado recursos de este tipo y trataremos de describir con palabras, en
la medida de lo posible, cómo ha jugado el compositor con el bajo o los acordes
en cada caso para hacer que el tema sea más interesante.
Dirty Day – U2: Empezamos con un experimento
muy curioso sacado del álbum Zooropa, en el que una misma nota suena de fondo
durante toda la canción, de manera ininterrumpida. Los acordes van cambiando y
esa nota por tanto desempeña distintos papeles dependiendo del contexto: a veces
dentro del acorde correspondiente, a veces generando una interesante disonancia.
Cleansed by Fire – Alice Cooper: Para esta entrada
en particular me interesa sobre todo el clímax de la canción, a partir del
3:55, donde empieza una sucesión de cambios del bajo, marcando unas diez
tónicas distintas, algunas de ellas en secuencia descendente, mientras el coro
que canta “there’s a party going on, and on, and on, and on…” mantiene en todo
momento básicamente el mismo acorde, muy denso en notas y ligeramente
disonante, que precisamente por serlo casa más o menos bien con las diez notas
tónicas con las que se va combinando, aunque el conjunto suena totalmente diferente
cada vez. Es como si el bajo fuese capaz de sacar al coro de un círculo vicioso,
sin salida, en el que hubiera caído, lo cual le pega muy bien a lo que canta
Alice justo en ese punto de la canción, ya que está tratando de salir de los círculos del Infierno,
nada menos… Estupendo tema, en resumen, que sirve como cierre al estupendo
álbum conceptual con el que me enganché a Alice Cooper.
No Santa Claus
– Jerry Goldsmith: Estos recursos de los que hablamos pueden utilizarse también
en la música sinfónica, y un ejemplo perfecto lo tenemos en la banda sonora
original de la película Gremlins (banda sonora que, debido al deficiente estado
de la copia que se pasa por televisión de vez en cuando, lleva años
interpretándose aparentemente debajo del agua). A partir del 1:29 de este tema,
el cambiar las notas del bajo del villancico Noche de Paz
hace que cambie por completo el sentido de toda la melodía, que ya no es ni
apacible ni esperanzadora. De este modo, la música consigue capturar
perfectamente la carga emocional de esta escena, aumentando aún más su impacto
en el espectador: en ella Kate, la novia de Billy, explica por qué no le gusta
la Navidad y narra la macabra historia de la noche en que Santa Claus murió atascado en la chimenea. En
Gremlins 2 se hace un chiste realmente bueno en referencia a este trozo de la
película anterior, pero no quiero enrollarme demasiado, así que buscadlo
vosotros mismos.
Nothing ‘Bout Me
– Sting: A Gordon Sumner, alias Sting, le ha gustado desde siempre investigar
los detalles que hacen que una canción conecte emocionalmente con el oyente, y
me consta que ha participado en experimentos relacionados con el proceso creativo del cerebro mientras se
compone Música; tengamos en cuenta que es un tío bastante culto y que fue
profesor antes que músico. Además, también es bajista, por lo que supongo que
será consciente de la gran importancia de este instrumento en el resultado
final de una canción, y esto se nota en muchas de sus composiciones. Al final
de este tema en particular observamos que el acompañamiento de los violines va
subiendo, a saltos de un semitono cada vez, en una rápida y vertiginosa
escalada melódica que parece que podría durar para siempre,
si no fuera por el fade out.
Livin’ on the Edge – Aerosmith: Para terminar la
primera parte de la entrada, una excelente canción de Aerosmith
que vino en su día acompañada de un videoclip bastante rompedor. Tal y como pasaba
en el caso de Alice Cooper, durante toda la segunda mitad del tema (empezando
en 3:33) las partes cantadas, tanto por Steven Tyler
(“livin’ on the edge”) como en los coros (“you can’t help yourself”), son
exactamente las mismas y se repiten con prácticamente la misma entonación, pero
los continuos cambios de acorde por detrás hacen que el conjunto parezca
distinto cada vez. La nota tónica marcada por el bajo importa, y mucho.
Pues por hoy ya es suficiente: hagamos un alto
para poder ir rumiando las ideas que hemos comentado hasta ahora y para poder
ir disfrutando de las canciones a distintos niveles… La semana que viene, cinco
canciones más.







