martes, 14 de enero de 2014

La Letra y el Espíritu (I)



A menudo, mientras ando por la calle, voy escuchando mis canciones favoritas en mi mente. Llevar la banda sonora incorporada es mucho más seguro que llevar música real con auriculares; no te arriesgas a tener un accidente en un paso de cebra por no haber oído a un coche que venía por detrás. A veces imagino simplemente una canción que he escuchado hace poco y que me ronda la cabeza, pero en ocasiones escojo un tema que está relacionado con mis pensamientos o con mi estado de ánimo de ese momento, es decir, escojo la banda sonora apropiada para aportarle más riqueza de matices a mi existencia diaria y para vivir las cosas de forma más intensa. Por ejemplo, si tengo que pasar por la Calle Colón en hora punta de compras y me cruzo con mucha gente andando por la acera, me viene a la cabeza esa escena en la que Morfeo le explica a Neo qué es Matrix mientras van andando a contracorriente, chocando Neo con todo el mundo mientras Morfeo no choca con nadie; automáticamente, empieza siempre a sonar en mi cerebro el Clubbed to Death de Rob Dougan.
Para entretenerme, algunas veces incluso hago de DJ de mi mente e imagino también las transiciones entre una canción y la siguiente, y hasta añado efectos de sonido: por ejemplo, si voy escuchando música y de repente me topo con alguien a quien no me apetecía encontrarme, se me corta la canción con un sonido de aguja de tocadiscos que salta. ¿Demasiada televisión, tal vez? Es posible, pero yo me lo paso pipa. Rizando más el rizo, en contadas ocasiones mezclo dos canciones distintas en mi cabeza, usando la melodía principal de una y los acordes de fondo de otra, o interpreto una melodía con unos instrumentos completamente distintos de los habituales, o le cambio la tonalidad, ya sea por capricho o porque estos cambios tienen relación directa con las cosas que estoy pensando mientras oigo la música. Es decir, mi banda sonora mental no sólo es personal sino que también está personalizada, customizada.
Hacerte tus propios remixes de canciones, como si tuvieras una mesa de mezclas o un programa de edición en la cabeza, no es fácil; para tener esta vida interior musical tan rica y llena de matices es necesario poder imaginar armonías, lo cual es complicado, sobre todo si se trata de una combinación de sonidos que nunca has oído realmente, fuera de tu cabeza. Podríais decir que todo el mundo sabe imaginar una canción, y que las canciones tienen armonías, pero me parece que la mayoría de la gente imagina sólo la melodía principal y luego cree que ha oído también todo lo demás cuando no ha sido así. Seguramente los patrones de actividad neuronal cuando oímos una canción y cuando la pensamos se parecen la mayoría de las veces como un huevo a una castaña. Escuchar nítidamente en tu cabeza varias notas distintas de manera simultánea y al mismo volumen no es tan fácil como parece y requiere bastante entrenamiento. Probad a hacerlo vosotros: si intentáis escuchar a la vez las notas Do, Mi y Sol, involuntariamente oiréis más fuerte el Do (la tónica), con las otras dos muy de fondo, cuando os preguntéis si oís el Do; y lo mismo pasará con el Mi y con el Sol (la dominante) cuando queráis comprobarlas por separado. En lo que a mí respecta, recuerdo el día en que aprendí a pensar un acorde de forma consciente, ya hace tiempo, en mi adolescencia, y recuerdo también que fue para mí un momento muy emocionante, como una especie de revelación, un instante trascendental a partir del cual mi flujo interior de pensamiento ha sido mucho más entretenido.
 
 
En anteriores entradas de La Belleza y el Tiempo hemos hablado de cómo retorcer las armonías de una canción, convirtiéndolas casi en disonancias, para hacerla más interesante. Pero para jugar con las armonías no hace falta hacerlas discordantes: también hemos hablado antes en el blog del interesante efecto que genera hacia el final de una canción el mantener la misma melodía cantada pero con acordes de fondo diferentes, dándole a la misma secuencia melódica significados completamente distintos, musicalmente y emocionalmente hablando. Es un truco que utilizaba por ejemplo Michael Jackson en Speed Demon o en Burn This Disco Out, y Depeche Mode también lo usan mucho, aunque vamos a reservar los temas en los que lo hacen para futuras entradas, así que no hablaremos de ellos ahora. En el enlace musical de la semana pasada, sin ir más lejos, escuchamos a los Faith No More utilizar este recurso con la frase “now everything’s ruined”, que se oye varias veces acompañada de unos rasgueos de guitarra y al final de la canción vuelve a aparecer con un acompañamiento totalmente distinto.
La mayoría de las veces no somos conscientes de estos trucos: sencillamente la canción nos gusta mucho pero no sabemos por qué. Yo siempre he pensado que comprender estos mecanismos de composición no le quita la gracia a la Música sino que, por el contrario, te permite disfrutarla también a otros niveles (con otras partes del cerebro, podríamos decir) y hacer así más intensa la experiencia estética que supone su audición. Por tanto, en esta entrada doble veremos varios ejemplos en los que se han usado recursos de este tipo y trataremos de describir con palabras, en la medida de lo posible, cómo ha jugado el compositor con el bajo o los acordes en cada caso para hacer que el tema sea más interesante.
 
 
Dirty Day – U2: Empezamos con un experimento muy curioso sacado del álbum Zooropa, en el que una misma nota suena de fondo durante toda la canción, de manera ininterrumpida. Los acordes van cambiando y esa nota por tanto desempeña distintos papeles dependiendo del contexto: a veces dentro del acorde correspondiente, a veces generando una interesante disonancia.
Cleansed by Fire – Alice Cooper: Para esta entrada en particular me interesa sobre todo el clímax de la canción, a partir del 3:55, donde empieza una sucesión de cambios del bajo, marcando unas diez tónicas distintas, algunas de ellas en secuencia descendente, mientras el coro que canta “there’s a party going on, and on, and on, and on…” mantiene en todo momento básicamente el mismo acorde, muy denso en notas y ligeramente disonante, que precisamente por serlo casa más o menos bien con las diez notas tónicas con las que se va combinando, aunque el conjunto suena totalmente diferente cada vez. Es como si el bajo fuese capaz de sacar al coro de un círculo vicioso, sin salida, en el que hubiera caído, lo cual le pega muy bien a lo que canta Alice justo en ese punto de la canción, ya que está tratando de salir de los círculos del Infierno, nada menos… Estupendo tema, en resumen, que sirve como cierre al estupendo álbum conceptual con el que me enganché a Alice Cooper.
No Santa Claus – Jerry Goldsmith: Estos recursos de los que hablamos pueden utilizarse también en la música sinfónica, y un ejemplo perfecto lo tenemos en la banda sonora original de la película Gremlins (banda sonora que, debido al deficiente estado de la copia que se pasa por televisión de vez en cuando, lleva años interpretándose aparentemente debajo del agua). A partir del 1:29 de este tema, el cambiar las notas del bajo del villancico Noche de Paz hace que cambie por completo el sentido de toda la melodía, que ya no es ni apacible ni esperanzadora. De este modo, la música consigue capturar perfectamente la carga emocional de esta escena, aumentando aún más su impacto en el espectador: en ella Kate, la novia de Billy, explica por qué no le gusta la Navidad y narra la macabra historia de la noche en que Santa Claus murió atascado en la chimenea. En Gremlins 2 se hace un chiste realmente bueno en referencia a este trozo de la película anterior, pero no quiero enrollarme demasiado, así que buscadlo vosotros mismos.
 
 
Nothing ‘Bout Me – Sting: A Gordon Sumner, alias Sting, le ha gustado desde siempre investigar los detalles que hacen que una canción conecte emocionalmente con el oyente, y me consta que ha participado en experimentos relacionados con el proceso creativo del cerebro mientras se compone Música; tengamos en cuenta que es un tío bastante culto y que fue profesor antes que músico. Además, también es bajista, por lo que supongo que será consciente de la gran importancia de este instrumento en el resultado final de una canción, y esto se nota en muchas de sus composiciones. Al final de este tema en particular observamos que el acompañamiento de los violines va subiendo, a saltos de un semitono cada vez, en una rápida y vertiginosa escalada melódica que parece que podría durar para siempre, si no fuera por el fade out.
Livin’ on the Edge – Aerosmith: Para terminar la primera parte de la entrada, una excelente canción de Aerosmith que vino en su día acompañada de un videoclip bastante rompedor. Tal y como pasaba en el caso de Alice Cooper, durante toda la segunda mitad del tema (empezando en 3:33) las partes cantadas, tanto por Steven Tyler (“livin’ on the edge”) como en los coros (“you can’t help yourself”), son exactamente las mismas y se repiten con prácticamente la misma entonación, pero los continuos cambios de acorde por detrás hacen que el conjunto parezca distinto cada vez. La nota tónica marcada por el bajo importa, y mucho.
Pues por hoy ya es suficiente: hagamos un alto para poder ir rumiando las ideas que hemos comentado hasta ahora y para poder ir disfrutando de las canciones a distintos niveles… La semana que viene, cinco canciones más.



lunes, 6 de enero de 2014

La Máquina de Humo (II)

La semana pasada estuvimos hablando del sistema financiero y del nacimiento del Capitalismo a principios del S.XVII en el norte de Europa. El pinchazo de la burbuja de los tulipanes en 1637 dio lugar a la primera crisis financiera de la historia, que llevó a Holanda a la ruina total, pero el sistema económico europeo ya había sufrido muchos otros sobresaltos antes… Las crisis económicas pueden ser de distintos tipos: demográficas, agrarias, comerciales, industriales, financieras, y también combinaciones de las anteriores. Lo que hoy llamamos España ha tenido muchas recesiones a lo largo de su historia, y conocerlas ayuda a comprender la naturaleza de nuestra economía y también los porqués de la crisis actual. Todo está relacionado a través del Tiempo: hay hechos del pasado remoto que determinan nuestra forma de ser hoy en día, aunque ya no seamos conscientes de ello; y nuestros actos hoy determinarán cómo será el Mundo el día de mañana. Hace unas semanas hablamos un poco de este tema, y volveremos a incidir sobre él más adelante en el blog.
 
 
Como os decía, tenemos noticias de crisis ocurridas en nuestro territorio ya desde la Edad Media, con la depresión que propició en el S.XIV la combinación de distintos factores como las hambrunas por malas cosechas, las continuas guerras y la entrada de la peste negra en la península a partir de 1348. Desde entonces, no ha habido un solo siglo que no llevara asociadas varias crisis: de la depresión del XVII con los Austrias a los años del hambre de la postguerra y el primer franquismo; de la quiebra del Antiguo Régimen en el S.XIX a la crisis del petróleo y los problemas en la España de la Transición; de los efectos de la Gran Depresión de 1929 en la Segunda República a la prima de riesgo, los rescates de la Unión Europea y el “banco malo”… No voy a extenderme en detalle sobre todo esto porque no soy un especialista en la materia y porque está mucho mejor explicado en otros sitios, pero sí quiero detenerme brevemente a hablar de una de las recesiones del pasado.
España tuvo que esperar hasta bien entrado el S.XIX para sufrir una crisis típicamente capitalista: la de 1864-1874 fue la primera crisis financiera equiparable a las que ya habían padecido nuestros vecinos europeos. Contribuyeron a ella numerosos factores, entre ellos la inestabilidad política de la época, con la caída de los Borbones, el Sexenio Revolucionario, la Restauración y la tercera insurrección carlista en el norte. Coincidiendo con otra recesión agraria, se empezaron a producir las primeras quiebras de compañías ferroviarias en el país, lo que arrastró a muchos bancos que también quebraron y suspendieron pagos, ahogando el crédito tras años de especulación, burbujas y enorme captación de capital externo. La liberalización había hecho que entre 1856 y 1865 el número de entidades bancarias aumentara en España de trece a cincuenta y ocho; la crisis financiera hizo que se pasara de nuevo a catorce en 1874.
 
 
La primera crisis española del S.XXI, la primera seria que enfrentamos como una economía realmente abierta al exterior, que estalló en 2008 y se arrastra hasta hoy sin pistas certeras de cuándo terminará, está dando como resultado una de las depresiones más profundas de nuestra historia. La entrada en la Comunidad Económica Europea abrió una etapa de crecimiento ininterrumpido en nuestro país que duró desde 1985 hasta 2007, con la única excepción de la minicrisis de 1992, que el Gobierno solventó rápidamente, durando sólo un par de años. Esta etapa de crecimiento engordó el caldo en que fue cocinándose la gran crisis: la desregulación bancaria a uno y otro lado del Atlántico facilitó una burbuja crediticia que derivó en muchos casos en una relajación en los métodos de los bancos españoles. Se generó en nuestro país la adicción al crédito de la que os hablé la semana pasada, y de la mano de la burbuja financiera vino la burbuja de la construcción, respaldada por la enorme oferta de suelo (propiciada a su vez por la desregulación, la deficiente financiación local y la corrupción), la demanda de vivienda (principal activo en cartera de los españoles y asequible gracias al crédito) y la insaciable inversión en infraestructuras públicas (no siempre necesarias e impulsadas principalmente por la financiación de las cajas de ahorros).
Gracias a la regulación que el Banco de España había impulsado para alejarlos de las hipotecas basura de EEUU, en un principio los bancos españoles parecieron soportar bien la crisis que se sufría en Norteamérica y Europa. No obstante, los balances de los bancos contaban con grandes cantidades de pasivos (es decir, deudas o compromisos adquiridos) que eran préstamos a corto plazo y que tras el colapso del mercado interbancario les obligaron a reducir el crédito. Con el grifo del crédito cerrado, todas las ilusiones se convirtieron en humo y reventó la burbuja de la construcción, lo que produjo un incremento del paro hasta llegar a seis millones de personas. La crisis bancaria finalmente derivó, pese a los parches que los distintos gobiernos pusieron para aplazarlo, en un rescate del sistema financiero español por parte de la Unión Europea a mediados de 2012. Y tras los intentos por evitarlo, al final el Gobierno ha acabado por crear un “banco malo” para acoger todos los activos tóxicos inmobiliarios que acumulaban en sus balances las distintas entidades.
La recesión ha estrujado al máximo las cuentas públicas, que han pasado del superávit pre-crisis a un déficit histórico que aún no se ha conseguido controlar, y España ha sufrido una fuerte crisis de deuda, con una prima de riesgo absolutamente desatada que actualmente parece haberse estabilizado. Aunque en aquel momento el Gobierno intentaba mantener una apariencia de independencia, las condiciones impuestas por la Unión Europea para el anuncio del rescate bancario y la compra de deuda pública implicaban una intervención en toda regla de la política económica española; quedaba claro así que España no sólo había cedido la soberanía monetaria, al entrar en el euro, sino también la soberanía de la política económica, lo que explica la actual política de recortes del gasto y de reformas estructurales para contener el déficit. Las grandes crisis suelen ser causa, o al menos detonante, de cambios sustanciales en los sistemas económicos y políticos de los países; está por ver cuáles son los cambios de calado que propiciará la gran depresión española de este convulso inicio de siglo…
 
 
En su día vimos que no se debe juzgar a las personas o a las cosas exclusivamente en función de su edad, ya que su Belleza interior es maravillosamente multidimensional y no se puede describir con un solo número. Del mismo modo, pensar en cualquier cosa sólo en función de su precio supone también mutilar su condición multifacética, la Belleza inherente a su complejidad, y simplificar demasiado convirtiendo múltiples factores en uno solo. Reducir el sentido de la Vida al sueldo que se cobra o el precio de lo que se compra supone un acto de cobardía ante el reto que la Vida nos lanza; es rendirse demasiado pronto, al no lograr comprender la fascinante complejidad del Mundo que nos rodea. Creer en el dinero por encima de todo lo demás es, por tanto, como no creer en nada.
Y lo más irónico del asunto es que nos rendimos ante la Belleza del Universo, ante un enigma difícil de resolver pero que sin duda encierra una solución coherente, simplificándolo todo a cantidades de dinero, para convertir a continuación el sistema de movimiento del dinero en algo tan complejo para nosotros como el enigma ante el cual nos habíamos rendido antes; algo, por cierto, con mucha menos Belleza, teniendo en cuenta que detrás de este caos financiero, creado por las leyes del Hombre, no hay ninguna coherencia, no hay un sentido, no hay un patrón oculto ni una fórmula sencilla que descubrir. Es decir: la gente prefiere lo fácil pero equivocado antes que lo difícil pero correcto, y luego para colmo convierten lo fácil en difícil y además equivocado.
A esto hay que añadir la estúpida obsesión del Hombre moderno por el “Yo-Más-Ahora”, que le lleva a desear las mayores ganancias en el menor tiempo posible, no importa a qué precio. No es la primera vez que esto ocurre: por ejemplo, la práctica de fuegos controlados hace unos 50.000 años por parte de los aborígenes australianos, para renovar la vegetación y atraer así más caza en menos tiempo, contribuyó a largo plazo a que dejara de llover y cambiara el clima, secándose el lago de la zona central, que se convirtió en un desierto, lo que dio lugar a su vez a la desaparición de la megafauna australiana… Como decíamos al principio, todo está relacionado a través del Tiempo, y hasta el más pequeño de nuestros actos hoy podría tener consecuencias mañana.
Pero el Hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra; por eso estos últimos años la producción mundial de bienes ha crecido al 3% anual mientras que los productos financieros, que dan más beneficios a corto plazo, crecían al 8%. Estamos olvidando poco a poco que el dinero debe ser un medio para conseguir cosas y no un fin en sí mismo, y estamos primando la economía especulativa sobre la economía productiva, y los bienes de cambio sobre los bienes de uso. En nuestra ignorancia, nos encerramos cada vez más en la jaula de oro que nosotros mismos hemos construido; pensamos continuamente en unos ridículos trozos de papel con dibujos y nos hemos olvidado de disfrutar de la Belleza que nos rodea, igual que los holandeses se olvidaron una vez de admirar los colores de los tulipanes que compraban y vendían.
 
 
Las leyes de la Naturaleza existen desde hace 13.800 millones de años, son invariables y por tanto podemos confiar en ellas, pero les estamos haciendo caso omiso para seguir ciegamente las leyes del Hombre, de hace apenas un puñado de siglos, arbitrarias y poco de fiar. Los mecanismos económicos y financieros engendrados por la codicia de la mente humana son demasiado caóticos para poder explicarlos de forma sencilla, y por tanto es muy difícil predecir cuándo van a explotar… En resumen: las normas del sistema financiero son incoherentes, se han ido complicando hasta niveles insospechados y las estamos forzando al máximo para obtener beneficios: es como tener un coche con varias piezas sueltas en el motor y un cuadro de mandos incomprensible, y pisar a tope el acelerador… La probabilidad de estamparse es bastante alta.
Incluso aunque consiguiéramos mantener el coche de las finanzas avanzando en la dirección correcta y sin sufrir una avería, debemos tener en cuenta también que la autopista por la que circulamos no tiene una longitud ilimitada, y tarde o temprano dará paso a una pared de roca o al borde de un precipicio: las ganancias que los codiciosos pueden imaginar son infinitas, pero los recursos naturales con los que especulan se agotarán dentro de poco si siguen malgastándolos como hasta ahora. Estamos jugando con fuego y podríamos descubrir dentro de unos años, como les pasó a los aborígenes de Australia, que por no pensar a largo plazo, por estar más pendientes de unas cotizaciones en la pantalla de nuestro Smartphone que de lo que realmente pasa a nuestro alrededor, hemos quemado todo lo que había en el planeta y ya no nos queda más que humo y cenizas.
 
 

lunes, 30 de diciembre de 2013

La Máquina de Humo (I)

 
Se puede definir el sistema financiero de un país como el conjunto de instituciones, medios y mercados cuyo objetivo es canalizar el superávit (el dinero sobrante) que generan las personas y entidades ahorradoras hacia aquellas otras que tienen déficit (que necesitan dinero) por medio de préstamos, encargándose de facilitar la seguridad en lo tocante al movimiento de dinero y al sistema de pagos… y cobrando una pequeña comisión a cambio, por supuesto. Hace un tiempo estuvimos hablando del sofá de Lester y Carolyn Burnham y de la época de la burbuja inmobiliaria, y os comenté que por aquel entonces me negué en redondo a comprar una casa; no lo hice porque no quería formar parte de lo que efectivamente ha resultado ser un engaño masivo del sistema capitalista en el que nos hallamos inmersos. Como ya os dije, siempre me ha gustado pagar las cosas a tocateja, y la sola mención de palabras como “préstamo”, “crédito” o “hipoteca” me pone los pelos de punta. Hoy y la semana que viene hablaremos un poco más de créditos, inversiones, especulación y crisis financieras.


Pienso que el precio que se asigna a las cosas es algo arbitrario, y pagar a cambio de dinero me parece doblemente abstracto y retorcido. Cuando el economista e ideólogo francés Serge Latouche, abanderado del Decrecimiento, estaba a punto de mudarse a vivir a París cuando era joven, su padre le dio el siguiente consejo: “¡No te endeudes nunca!” Y supongo que Serge le hizo caso… Pedir un préstamo es como hacer un viaje en el Tiempo para poder usar en el presente el dinero que tendrás en el futuro (dando por supuesto que lo tendrás, cosa que no es segura). Como veis, aparecen de nuevo en nuestro camino las malditas prisas, esas grandes enemigas de lo correcto… Para hacer este viaje en el Tiempo, igual que en el tren o el autobús, también se paga el precio del billete, que es en este caso la comisión. Es decir, que la gente paga dinero porque necesita dinero. ¿Alguien le encuentra algún sentido a esto?
 
Todavía me acuerdo de aquellos anuncios de “Cofidis, dinero al instante” que se pasaban por la tele a todas horas en la época de las vacas gordas, en la que el crédito fluía con sospechosa facilidad… Con apenas un poco de palabrería barata, estos spots embaucaban a los incautos, vendiéndoles una imagen distorsionada de la realidad y poco menos que haciéndoles creer que se regalaba el dinero; esto generó una gran cantidad de personas solventes sólo en apariencia. Tanto con los créditos como con las hipotecas, el excesivo optimismo acerca de la probabilidad de devolver el préstamo más los intereses hizo que muchos acabaran después metidos en serios problemas. ¡Y resulta que ahora, cuando aún no hemos empezado a salir de la actual crisis (por mucho que diga el señor Rajoy), están volviendo a salir los dichosos anuncios por la tele! El Hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
 
 
Si en lugar de necesitar dinero nos sobra dinero, lo que hacemos es invertirlo para conseguir (sí, lo habéis adivinado) más dinero: le damos nuestros ahorros al banco para que éste los preste a otras personas o empresas y a cambio obtenemos una parte de la correspondiente comisión. Algunas de estas operaciones tienen mayor riesgo que otras, pero todas en general suelen ser bastante opacas: detrás de las expresiones ambiguas y vacías de significado de los atractivos folletos y anuncios del banco, detrás de las operaciones remotas por Internet y de las impersonales cifras se esconden a veces ciertos hechos bien concretos, tal vez en lugares muy lejanos, pero no por ello menos reales, de los que no nos enteramos o no nos queremos enterar. Es bien conocido que la mayoría de los bancos tradicionales invierten en negocios turbios, como por ejemplo la industria armamentística, que generan miles de víctimas en países en conflicto, pero nosotros nos quejamos sólo cuando somos los directamente afectados por esta falta de ética del sistema financiero. Menos mal que últimamente está apareciendo un modelo alternativo de banca que se preocupa un poco más por explicarnos en qué se invierte nuestro dinero.
 
También hay quienes no encuentran emoción o beneficios suficientes en abrirse un plazo fijo en el banco y prefieren involucrarse de manera más directa en el mundillo financiero, para así poder fastidiarle la vida a otras personas de forma más activa. Especular sobre lo que va a pasar en el futuro es como vender la piel del oso antes de cazarlo, como jugar un juego de azar, y algunos inversores se juegan no sólo lo suyo sino también lo de los demás. Ya en su día comentamos algo acerca de estos especuladores, de estos vendedores de humo, en el caso particular de la burbuja inmobiliaria, pero el tema todavía da para más…
 

Si en su momento hablamos de rosas, hoy hablaremos de tulipanes. Tal vez el primer fenómeno especulativo de masas del que se tienen datos concretos fue la Crisis de los Tulipanes, en los Países Bajos de principios del S.XVII: la primera burbuja financiera conocida de la historia reventó exactamente el 6 de febrero de 1637. Ésta es considerada como la época del nacimiento del Capitalismo y el sistema financiero tal y como los conocemos hoy en día. El objeto de este periodo de euforia especulativa fueron concretamente los bulbos de tulipán; estas flores, que habían sido inicialmente importadas desde Turquía, se vieron afectadas por un virus de un pulgón local que generó en los pétalos combinaciones de colores nunca antes vistas, haciendo que su precio subiera poco a poco hasta alcanzar niveles desorbitados, dando lugar a la citada burbuja y posterior crisis financiera.
 
Un solo bulbo llegó a ser vendido por el equivalente a veinticuatro toneladas de trigo, y con la compraventa se podían conseguir, en la mejor época, beneficios de hasta el 500%. Es alucinante la historia de un rico mercader que pagó tres mil florines por un bulbo de la clase Semper Augustus, para descubrir poco después que éste había desaparecido; resultó que un marinero lo había confundido con una cebolla y se lo había comido. Me pregunto qué cara puso el pobre marinero justo después de saber que su aperitivo era en realidad más caro que un menú completo de El Bulli (y justo antes de ser condenado a seis meses de prisión). Se llegó a un punto en el que ya no se intercambiaban bulbos reales y palpables, sino que se creó un mercado de futuros basado en bulbos aún no recolectados y se llevaba a cabo una auténtica especulación financiera mediante notas de crédito, práctica que recibió el nombre de windhandel, “el negocio del aire”.
 
El 5 de febrero de 1637, un lote de noventa y nueve tulipanes de gran rareza se vendió por 90.000 florines: fue la última gran venta de tulipanes. Al día siguiente salió a subasta un lote de medio kilo por 1.250 florines sin encontrarse comprador: los holandeses se habían dado cuenta al fin de que estaban construyendo castillos en el aire. La burbuja estalló, los precios comenzaron a caer en picado y no hubo manera de recuperar la inversión; todo el mundo vendía y nadie compraba. Durante la época de euforia se habían contraído enormes deudas para comprar flores que ahora ya no valían nada; las bancarrotas se sucedieron y golpearon a todas las clases sociales. Debido a la falta de garantías y de control de este extraño mercado, la imposibilidad de hacer frente a los contratos y el posterior pánico generalizado llevaron a toda la economía de los Países Bajos a una quiebra de la que no se recuperaría en mucho tiempo. Da miedo pensar cómo algo tan arbitrario como el precio asignado a un bulbo de tulipán pudo tener consecuencias tan palpables y tan nefastas para tanta gente, por culpa de la combinación de codicia e ignorancia de los holandeses de la época, que se dejaron arrastrar por tan absurda tendencia… Por lo menos los tulipanes no eran un objeto de primera necesidad, como la vivienda, así que supongo que los ciudadanos con dos dedos de frente tuvieron al menos la oportunidad de mantenerse al margen de esta tulipomanía.

 

Desde 1637 ha habido muchas crisis como ésta, crisis que son enumeradas por John Tuld, el personaje interpretado por Jeremy Irons, en una de las escenas de la genial película Margin Call. Tuld explica en ella que el dinero no es más que una invención del Hombre, trozos de papel con dibujos que sirven para que no nos matemos los unos a los otros por la comida, y que las crisis financieras siempre tienen el mismo resultado: gatos gordos y perros famélicos, es decir, gente que gana (los que venden justo antes de estallar la burbuja) y gente que pierde (todos los demás). El problema radica en que, tal y como está montado el sistema hoy en día, la gente con dinero y con poder siempre arriesga menos y tiene más probabilidades de ganar, con lo que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Es como cuando un prestidigitador de tres al cuarto te hace el truco del reloj de pulsera que desaparece y luego no te lo quiere devolver: tú sabes que no es magia de verdad, y que ese tío se ha aprovechado de ti y ha hecho trampa, pero eso no va a cambiar el hecho de que te has quedado sin reloj.

La próxima semana hablaremos de las distintas crisis de la historia de España y de la crisis actual, y explicaremos por qué alguien que piensa demasiado en el dinero es alguien que ha desistido de intentar comprender la Belleza de este Mundo maravilloso en que vivimos.
 

lunes, 23 de diciembre de 2013

Quince Minutos de Fama

Un amigo mío que tiene la cabeza muy bien amueblada firma siempre sus e-mails con un fragmento del Hávamál, uno de los poemas de la Edda Mayor escandinava, que dice así:
“El huésped precavido que llega al banquete
que calle y escuche;
sus oídos escuchan, sus ojos observan,

así atiende el hombre sabio.”
En otras palabras: si eres un recién llegado en un entorno que no conoces (ya sea lugar de trabajo, asociación cultural, grupete de amigos o cualquier otro tipo de grupo social) no entres como elefante por cacharrería y fórmate una idea general de cómo funcionan las cosas antes de hacer cualquier propuesta o comentario. Es un consejo que me parece muy acertado en estos tiempos que corren. Me fastidian las personas que por cansancio, por vagancia o por pura ignorancia deciden un buen día que ya lo saben todo y que no necesitan aprender nada más, dedicándose a partir de ese momento a mirarse su propio ombligo, pero entiendo que en cierto modo están en su derecho a hacerlo… Lo que de verdad me cabrea son esas personas que no sólo se dedican a mirarse el ombligo, sino también a enseñárselo a todo aquél que quiera verlo (y al que no quiera también), sin darse cuenta de que dentro no hay más que pelusa. Si la semana pasada enumeré algunos argumentos a favor del “Piensa más y acertarás”, hoy hablaré de los efectos que el actuar precipitadamente y sin pensar tiene en los demás, de cómo la opción individual de cada uno a este respecto afecta al resto de la sociedad.
 
 
El aumento de nuestro volumen craneal y el desarrollo evolutivo de nuestro cerebro nos han capacitado para entender y elaborar ideas cada vez más complejas y para comprender mejor el Universo que nos rodea. Por otra parte, adquirir la habilidad del lenguaje nos ha permitido compartir estas ideas y esta comprensión con otros miembros de nuestra especie, preservándolas en el Tiempo y perfeccionándolas poco a poco gracias a la transmisión oral entre generaciones. Los distintos métodos de escritura han afianzado aún más la transmisión del Conocimiento, evitando que dependiera exclusivamente de nuestra memoria y facilitando que las ideas pudieran preservarse durante intervalos de tiempo mayores o viajar muy lejos desde su lugar de origen. Y la invención de la imprenta ha impulsado enormemente este proceso, facilitando la difusión a gran escala de las ideas… Otro día hablaremos de todo esto con más detalle.
En lo que respecta a nuestra comprensión del Mundo y de nosotros mismos, tenemos el potencial de avanzar más rápido como especie si usamos bien la ventaja de nuestro número, de la cooperación, del trabajo en equipo: las conclusiones de una generación sirven como punto de partida para la generación siguiente, permitiendo alcanzar un grado de sofisticación cada vez mayor en nuestro nivel de Conocimiento. Así es como ha funcionado durante siglos el mundo de la Ciencia, que, no exento de rivalidades y fricciones, se ha caracterizado por lo general por una buena disposición de los investigadores a compartir sus descubrimientos y dejarlos por escrito con pelos y señales en lugar de guardárselos para sí, facilitando de este modo que otros científicos, ya sea dos meses o dos siglos después, continúen y amplíen su trabajo obteniendo fórmulas y teorías más completas, útiles y precisas, alcanzando nuevas cotas cada vez más altas del Saber; es lo que Sir Isaac Newton llamaba estar subido a hombros de gigantes.
Pero este avance, tanto en el científico como en otros campos del Conocimiento, es posible sólo si las personas que contribuyen a él se plantean la verdadera relevancia y las implicaciones de su trabajo antes de hacerlo público. Para que el mecanismo de colaboración funcione adecuadamente cada participante debería dedicar tiempo suficiente a elaborar sus ideas para que tengan un mínimo de calidad, considerando su propuesta bajo distintos puntos de vista (es decir, en un contexto lo más amplio posible) y evitando sesgos que pretendan ocultar los posibles inconvenientes de su aplicación destacando sólo las ventajas. A esto debería añadirse una evaluación imparcial y razonada por parte de varios especialistas en la materia antes de dar publicidad a dicha propuesta. Si se relajan los criterios de selección de las ideas que vale la pena compartir o no, entonces la Humanidad se queda estancada o incluso retrocede.
 
 
En los años 50 del siglo pasado surgió la televisión y, aunque los periódicos llevaban ya mucho tiempo como medio de comunicación de masas, fue la aparición de concursos televisivos la que posibilitó que cualquier hombre o mujer de la calle pudieran ser conocidos de golpe por mucha gente y adquirir cierta fama durante un tiempo sin necesariamente merecerlo. Esta tendencia llevó a Andy Warhol (que, dicho sea de paso, me ha parecido siempre un tipo bastante idiota) a pronunciar en 1968 su famosa frase de que en el futuro todo el mundo sería mundialmente famoso durante quince minutos. Por culpa de la prensa del corazón, los paparazzi, las tertulias y los reality shows de la tele este proceso de aparición (y afortunadamente también desaparición) de famosillos de tres al cuarto se ha acelerado más y más, y los especímenes en cuestión suelen ser cada vez más vulgares y menos dignos de la atención que se les presta.
Nos vamos acercando al presente y llegamos a la popularización de Internet, hace unos veinte años. Este medio de comunicación, con una versatilidad y potencia inimaginables hasta entonces, ha acelerado aún más el proceso de difusión del Conocimiento que se había iniciado con la aparición de la imprenta. En la actual Red 2.0, la gran diversidad de canales de comunicación (redes sociales, blogs, YouTube…) ha originado una variante de la frase de Warhol: llegará un momento en que en la Red todo el mundo será famoso para quince personas. Aunque se pueden encontrar en ella cosas muy interesantes, también hay muchos contenidos que no se caracterizan precisamente por aportar una información relevante, coherente o precisa, fruto de una reflexión profunda… En otras palabras, hay mucha ciberbasura. Pongamos como ejemplo YouTube: muchos de los vídeos destacados, a pesar de haber sido vistos por un montón de gente, no aportan nada útil los mires por donde los mires, y abundan por doquier los casos de cuatro capullos que se aburrían una tarde y no se les ocurrió nada mejor que grabarse tirándose pedos, o tropezando y partiéndose la crisma (si el que inventó el móvil con cámara levantase la cabeza…), y subirlo a Internet, todos orgullosos (la ignorancia es muy atrevida).
La Red sirve como amplificador de la sabiduría, pero también de la estupidez, y la retroalimentación hace que el problema empeore progresivamente: al ver que este tipo de vídeos reciben muchas visitas, más y más personas optan por seguir la misma senda, el camino fácil y rápido para conseguir sus quince minutos de fama, y van llenando cada vez más la Red de morralla, de ruido, de chorradas. Una herramienta como Internet tiene un potencial increíble para permitirnos avanzar hacia una sociedad más justa y mejor, pero no hay que entender la democratización del Pensamiento que la Red permite como una carta blanca para que cada cual cuelgue en ella la primera tontá que se le ocurra… La potencia de la herramienta debe estar combinada con el autocontrol por parte de la gente que la maneja: cada uno debería compartir con los demás solamente lo mejor de sí mismo, para ayudarles a avanzar. De lo contrario, las ideas realmente brillantes, que podrían tener un impacto positivo en la Humanidad, se perderán en un mar de interferencias.
 
 
Hablemos ahora de mi caso particular. Mi objetivo vital es intentar aprender Todo acerca de Todo, es decir, aprender la mayor cantidad posible de hechos realmente importantes en todos los órdenes de la Vida para tener una visión de conjunto que me permita encontrarle un sentido a todo esto. Para ello, y como la cantidad de información disponible es enorme y mi tiempo en este Mundo es limitado, necesito la ayuda de otras personas que antes que yo se han dedicado a estudiar los distintos campos del Saber y a sacar conclusiones sobre ellos seleccionando las ideas más importantes. Por eso, y como os comentaba en la entrada anterior, a menudo me dedico más a aprender sobre lo que han hecho otros, los expertos en cada campo, que a hacer cosas yo mismo.
Una de las contadas aportaciones que hago al resto del Mundo es este blog, porque creo que relacionar temas aparentemente inconexos, sacar conclusiones relevantes acerca de estas relaciones y escribir sobre ello es algo que se me da relativamente bien. No me he puesto a transmitir lo que creo que sé sobre la Vida hasta haber llegado a un cierto grado de madurez, y tras haberle dedicado a todos estos temas años y años de reflexión: ya no soy ni un adolescente ni un veinteañero (y no me interesaría volver a serlo si a cambio tuviera que renunciar a todo lo que he aprendido desde entonces). Os aseguro, por otra parte, que también le dedico mucho tiempo a la redacción de cada entrada y la repaso bien antes de publicarla. E intento en la medida de lo posible que mis razonamientos no estén sesgados, y de hecho me he dado cuenta de que a veces me gusta incluir hipervínculos que van en contra de mis propias afirmaciones, como para poner de manifiesto mi contradicción interna como ser humano.
¿Me dedico, por el hecho de escribir en el blog, a mirarme el ombligo? Creo que no. Precisamente una de las ideas importantes que intento transmitir en La Belleza y el Tiempo es la de humildad, y hago constantes referencias al hecho de que todos nosotros no somos más que minúsculas gotas en el océano del Espacio y el Tiempo. Y aunque a veces hablo de mí mismo, es siempre haciendo referencia, directa o indirecta, a todos los gigantes a cuyos hombros estoy subido, las personas de las que he aprendido lo que sé y a las que se lo debo todo; algunos de ellos, personajes importantes de la Historia, se han ganado a pulso su fama mundial, y otros, como mis padres o el amigo del que os hablaba al principio, quizá sean famosos el día de mañana, aunque tampoco les hace falta. En resumen, si escribo este blog y lo dejo aquí para la posteridad es porque creo que refleja lo mejor de mí mismo y que puede mejorar no sólo mi vida sino también la de los que me leen, y que por tanto vale la pena hacerlo.
 
 
Para terminar, un par de consejos rápidos: Si compartes ideas, asegúrate primero de que son buenas; pudiendo elegir, es mejor haber contribuido al avance de la Humanidad con una sola idea brillante que haber perdido el tiempo proponiendo mil ideas mediocres que no llegaron a ninguna parte. La ignorancia es una droga adictiva y peligrosa, y en plena época de la telebasura y la ciberbasura ya tenemos bastante de ella, así que si eres uno de esos a los que les gusta regodearse en su ignorancia (en cuyo caso seguramente estaría predicando en el desierto, porque ni serías consciente de ello ni habrías leído hasta aquí) hazme un favor: no la compartas con los demás, guárdatela toda para ti.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Vida Contemplativa

Hace dos semanas, escribiendo las entradas sobre la Catedral de Valencia, en un momento dado mi mente se puso a divagar y pensé en los profetas del Antiguo Testamento, en San Juan Bautista, en Jesús de Nazaret, en San Pablo… Todos pasaron alguna que otra temporada vagando solos en el desierto, y la verdad es que les vino bastante bien para poner las ideas en orden. Me acordé entonces de la Regla de San Benito, un conjunto de normas monásticas escritas por Benito de Nursia a principios del S.VI, cuyo principio más importante era el de Ora et Labora, es decir, el justo equilibrio entre el trabajo de los monjes (generalmente agrario), la meditación, la oración y el sueño… Pero no os preocupéis, que por ahora ya hemos tenido bastante dosis de Cristianismo; hoy nos dedicaremos a hablar de vida contemplativa desde un punto de vista filosófico, no religioso.
 
 
Uno de los que tocó el tema es Aristóteles, para el cual el concepto de Felicidad difiere según el tipo de vida de cada persona, distinguiendo entre vida voluptuosa, vida política y vida contemplativa. La vida voluptuosa, o hedonismo, es la que persigue el placer de los sentidos en todas sus vertientes, de manera similar a como hacen los animales. La vida política busca el honor, la aprobación de los demás, pero Aristóteles no piensa que sea ahí donde resida el sentido de la existencia porque intuye que la Felicidad es algo íntimo, personal, alcanzable a nivel individual. El tercer tipo de vida es la dedicada a conocer cómo funcionan las cosas, a la contemplación (“theoria” en griego), y para Aristóteles es el más perfecto. Le dedica el capítulo décimo de su Ética a Nicómaco, en el que afirma que la inteligencia es la facultad del hombre más elevada y más próxima a los dioses, ausente en los animales; por tanto, el hombre sabio será el más amado por los dioses. Para Aristóteles, pues, el fin último del ser humano es la búsqueda de la Felicidad a través de la vida contemplativa, o sea, la búsqueda del Conocimiento.
Son interesantes también las ideas de la filósofa alemana Hannah Arendt acerca de la vida activa y la vida contemplativa: según ella, nuestro nacimiento hace que se nos abra un abanico de posibilidades y por tanto nos remite a la vida activa, mientras que la toma en consideración de los hombres como seres mortales nos remite a la vida contemplativa. Al hombre que actúa se le presentan alternativas, mientras que el que piensa intenta entender el Mundo como un sistema ordenado en el que todo ocurre por una causa y por tanto no hay lugar para la Libertad. Sin embargo, en la vida contemplativa se busca la certeza, y en la activa no hay nada seguro, se asume la contingencia. Si la vida activa anima a las personas a reunirse, la contemplativa las impulsa a la tranquilidad del aislamiento. Y mientras la vida activa busca la inmortalidad por medio de actos y obras en la esfera pública (la vida política de Aristóteles), lo cual requiere una constante actualización y recuerdo por parte de los demás hombres y mujeres en el futuro, la vida contemplativa se orienta hacia la experiencia de lo eterno comprendida como algo íntimo y personal, al margen de la sociedad y más allá de la contingencia y arbitrariedad humana.
 
 
Lamentablemente, la vida contemplativa ha perdido mucha importancia frente a la activa a partir del S.XVI. En este mundo de prisas en el que vivimos hoy día la Filosofía ha sido arrinconada por otras disciplinas y se piensa cada vez menos. A mí, sin embargo, me gusta más recibir datos “hacia dentro” que hacer cosas “hacia fuera”; se podría decir, usando la terminología de las neurociencias, que en mí el sentido aferente de la información predomina sobre el eferente. Me gusta ver películas, series y documentales de calidad, leer libros cuando tengo tiempo, escuchar buena música, ir a exposiciones interesantes, asistir a conferencias y mesas redondas o simplemente pasear por la ciudad y observar lo que hace la gente a mi alrededor. También me gusta darle vueltas en mi cabeza a toda la información relevante que absorbo, llevar a cabo un proceso de análisis y síntesis y charlar de ello con otras personas que tengan intereses y objetivos vitales similares a los míos.
No es mi estilo cocinar para mis amigos, irme a practicar escalada, componer canciones, prepararme un disfraz para la próxima fiesta o construirme un chalet en el campo… En algunos casos porque no me parece que valga la pena hacerlo, y en otros porque si lo hago querría hacerlo bien, y eso me llevaría demasiado tiempo, haciendo que disminuyera mi flujo de datos entrantes, que para mí es más importante que el flujo saliente. Que no suela hacer ninguna de estas cosas no quiere decir en absoluto que me aburra, mi mundo interior es muy rico. Muchas veces las personas contemplativas viajan más lejos y hacen más cosas que las personas activas, pero con la imaginación. Ya hemos comentado antes en el blog que cuando se imagina algo el patrón neuronal reproducido en el cerebro es muy similar a cuando se hace, y que la actividad neuronal al pensar consume a veces tanta energía o más que la actividad física de los músculos.
Actualmente la mayoría de la gente se dedica más a actuar que a pensar, siguiendo normas o tendencias sociales que no entienden sin parar a plantearse la lógica de las mismas: es como el que se pone a correr sin haber pensado antes si va en la dirección correcta, o como el típico personaje de las películas que primero dispara y luego pregunta… La potencia sin control no sirve de nada. Mi abuela paterna me decía que es mejor ser una persona sabia que una persona lista: una persona lista (o inteligente, si preferís) es la que consigue hacer las cosas rápido y bien, pero sin preguntarse si realmente merece la pena o no hacerlas, mientras que una persona sabia se para primero a pensar qué plan de acción es el más adecuado en un contexto más amplio, qué batallas son las que de verdad vale la pena luchar. Por tanto, la gente lista hace las cosas correctamente pero la gente sabia hace las cosas correctas.
 
 
A menudo se tilda a las personas que se lo piensan mucho antes de actuar de perezosas o cobardes, se dice de ellas que se han rendido ante la Vida… Yo creo que en ciertos casos es más bien al contrario: ¿no serán las personas aceleradas, que pasan directamente a la acción, las que se han rendido por no hacer un esfuerzo de reflexión previa que minimice las posibles consecuencias negativas de sus actos? Y ya hemos hecho referencia otras veces en el blog a la gente que habla y está activa constantemente porque le da miedo oír sus propios pensamientos y ser consciente de la incoherencia de sus actos en cuanto deje de distraerse con ese ajetreo continuo… ¿Quién es el cobarde y el perezoso? ¿no lo será el que tira por el camino fácil haciendo lo primero que se le ocurre (o lo primero que le dicen) e ignorando los reproches de su propia conciencia? Esta gente, enfrentada al difícil puzzle de la Vida, no se para a mirar detenidamente las piezas sobre la mesa para ver cuál encaja en cada sitio, sino que hacen trampa y rápidamente las colocan forzándolas donde les parece, sin darse cuenta de que no están solos haciendo el puzzle, y de que los huecos violentados y las piezas deformadas por su culpa ya no volverán a ser de utilidad a nadie más. Incluso cuando la cosa sale bien, muchas de estas personas hiperactivas tampoco piensan a posteriori, es decir, no disfrutan plenamente de los aspectos positivos de su trabajo después de haberlo hecho, no reflexionan sobre el resultado ni sacan conclusiones útiles para la próxima vez… Vamos, que no se paran a contemplar el puzzle terminado. ¿Para qué lo hacen, entonces? Y si lo que habían planeado (es un decir) les sale mal, pues corren un tupido velo y a otra cosa, mariposa.
Que conste que con todos estos argumentos no estoy diciendo “No actúes”, lo que digo es “Piensa más antes de actuar”. Aunque nos cueste más tiempo, hay que sopesar si lo que se pretende llevar a cabo es lo correcto; ya sabéis que es mejor hacer menos cosas pero bien que muchas cosas mal. Y no hay que pensar a pequeña escala, sino bajo una perspectiva lo más amplia posible, teniendo en cuenta el “Todos-Mejor-Siempre” del que ya he hablado en otras ocasiones, lo cual no es tarea fácil. Debe tenderse a un equilibrio entre el Ora y el Labora, entre pensar y actuar; tal vez por eso yo pienso más y actúo menos de lo normal, para compensar lo que hace la mayoría de la gente. Eso sí: modestia aparte, cuando me decido a hacer algo la verdad es que me suele salir bastante bien, oye… El que piensa un poco las cosas tiene menos probabilidades de equivocarse; ya lo dicen los buenos carpinteros y los especialistas en bricolaje: “Mide dos veces, corta una”.
Más adelante seguiremos hablando en el blog de “Filo-sofía”: del amor por el Conocimiento, de la afición a pensar. La semana que viene hablaremos de las personas que no sólo no piensan antes de actuar, sino que además se esfuerzan por lograr que los demás no piensen tampoco.