lunes, 10 de agosto de 2015

La Evasión del Prisionero (II)


La semana pasada hablamos de la sub-creación, la creación de mundos posibles en los que enmarcar una historia o conjunto de historias, como tarea principal del autor de fantasía, y dejamos pendiente para hoy seguir hablando del lector o espectador, es decir, el receptor del relato. En pocas palabras, el objetivo de esta entrada doble es el de reivindicar el derecho a leer buenos libros y ver buenas películas de fantasía sin que por ello la gente te mire como a un bicho raro… Tengo la impresión de que hace veinte años este tipo de relatos estaba peor considerado socialmente, pero de un tiempo a esta parte la cosa se ha normalizado un poco; sin duda películas como las de El Señor de los Anillos han contribuido a dignificar el género. De todos modos, vuelvo a repetir que no es oro todo lo que reluce, que también hay mala fantasía, y que es necesario hacer una serie de matizaciones… y en eso estoy ahora mismo.




J.R.R. Tolkien reflexionó a fondo sobre estos temas y escribió varios ensayos al respecto que se han ido publicando con el paso de los años. Uno de ellos se titula Sobre los Cuentos de Hadas, y en él se explican los conceptos de evasión, recuperación y consuelo, de crucial importancia para poder entender todo esto. Los críticos del S.XX consideraban la literatura de fantasía como algo exclusivamente para niños, y cuando un público joven o adulto se acercaba a este género empleaban de forma despectiva la expresión “literatura de evasión”. ¿Son los relatos fantásticos una forma de escapismo, un medio de evadirse de un Mundo que nos parece gris, agresivo e indeseable? ¿Hay algún tipo de evasión que sea deseable? Tolkien, en una de sus brillantes reflexiones, decía que no hay que confundir la huida del desertor con la fuga del prisionero: la segunda es totalmente lícita, mientras que la primera no lo es.

A veces, sin que nos demos cuenta, la rutina del día a día hace que todo se vuelva gris y que perdamos la ilusión por las cosas. Nos hemos acostumbrado a vivir aturdidos y entumecidos, y pensamos que no se puede hacer nada para cambiar aquello que no nos gusta; estamos tan resignados que a veces ni siquiera lo identificamos ya como un problema, creemos que hay que aceptarlo como parte indisoluble de nuestra vida. Como ya comentamos hacia el final de la anterior entrega, la ficción nos ayuda a desvelar aspectos subyacentes de la realidad que pasamos por alto y que serían más difíciles de detectar por otros medios; nos aporta nuevos códigos y nos ayuda a ver las cosas con la mirada limpia, desde otro punto de vista. Parafraseando el final de Big Fish: a veces has oído un chiste tantas veces que para ti ha perdido la gracia, pero si te lo cuentan de otra manera de pronto recuerdas por qué te gustaba tanto. Se trata, pues, de hacer algunos cambios en lo accesorio para poder centrarnos en lo importante, de cambiar la forma para que no nos distraiga del auténtico mensaje y centrarnos en el fondo de la cuestión. Por consiguiente, la clave radica en evadirnos no de la realidad, sino de la rutina, la apatía y la resignación.




La huida del desertor es sólo en una dirección, un viaje sin retorno al mundo de fantasía, mientras que la fuga del prisionero es un viaje de ida y vuelta. El desertor abandona a sus compañeros en el frente, huye del peligro y se esconde en algún profundo agujero, muerto de miedo; su contrapartida en esta comparación sería aquel lector o espectador que no ha comprendido la función de las buenas historias y se queda sólo en su superficie, analizando detalles irrelevantes del relato (como el vestuario, los poderes mágicos o el armamento de los personajes) pero sin extraerle ninguna moraleja, con la cabeza en las nubes, alejado en todo momento del Mundo primario. El prisionero de guerra que se fuga lo hace precisamente para volver a la línea del frente y ayudar de nuevo a sus amigos en la lucha; sería aquél que ha asimilado correctamente el mensaje del relato y lo pone en práctica en su vida diaria. En la comparación el enemigo a combatir serían las injusticias, el odio y la ignorancia del Mundo primario, el frente sería el quehacer diario, y la prisión en territorio enemigo sería, como decíamos antes, la rutina y la resignación. La fantasía podría compararse, aunque no quede muy estiloso, con el agujero; los desertores no saben usarla, porque en este caso el agujero no lleva a ninguna parte, pero los que se fugan de la cárcel le sacan buen provecho, porque el túnel, excavado con esfuerzo, les lleva a la Libertad, una Libertad que puede ser dura (nadie dijo que fuese fácil luchar contra las injusticias del Mundo), pero Libertad al fin y al cabo.

De hecho, siempre me ha dado la impresión de que uno de los últimos episodios de El Señor de los Anillos, El Saneamiento de la Comarca, que no aparece en las películas, está relacionado con esto. En él los cuatro hobbits protagonistas, después de haber vivido aventuras tan extraordinarias que para ellos han sido casi fantásticas, regresan a su hogar, que ha caído en poder de Saruman, y ponen en práctica todo lo que han aprendido en las remotas tierras de Gondor y Mordor para restablecer el orden y la paz. A nivel narrativo es un fragmento anticlimático del relato, ya que es mucho menos espectacular que lo que ha ocurrido previamente en Minas Tirith o en el Monte del Destino, pero a nivel de aplicabilidad es muy importante: el propio John Ronald Tolkien está tratando de decirnos que no debemos perder de vista el regreso al Mundo real cuando leamos novelas de fantasía.




Es ya la segunda vez que nombro la aplicabilidad, así que creo necesario explicar lo que es, y qué la diferencia de la alegoría. Ya sabemos que el relato de ficción nos enseña cosas acerca de la realidad mediante una comparación de elementos del mundo secundario con otros del Mundo primario, pero sin aparecer estos últimos de forma explícita en el cuento… Son las famosas metáforas puras, de las que ya hemos hablado. En una alegoría sólo hay una posible comparación con el Mundo real, que es la que el autor tenía en mente cuando escribió la historia y por tanto la interpretación que se da como correcta, mientras que la aplicabilidad es algo mucho más abierto porque está basada en la Libertad del lector para sacar su propio mensaje, sea éste el que sea.

Tolkien detestaba las alegorías, y defendía que El Señor de los Anillos podía tener muchas posibles interpretaciones, invitando a cada cual a encontrar la suya propia. Por ejemplo, al salir publicada en los 50 muchos vieron en el Anillo Único la representación de la Bomba Atómica, cosa que por supuesto Tolkien no tenía en mente cuando empezó a escribir la novela a finales de la década de los 30… Este carácter abierto de la obra, junto a su riqueza de detalles, su gran coherencia interna y la maestría con la que están entrelazados los distintos elementos, la convierte en un clásico universal y atemporal, independiente de las modas y que aguanta muy bien el paso del tiempo, y que se puede revisitar no sólo en distintas épocas históricas sino también a distintas edades por una misma persona, extrayéndose cada vez lecturas diferentes pero todas ellas igualmente válidas.




Parémonos un segundo a responder esta pregunta: ¿Son los cuentos de hadas cosas de niños? No exclusivamente. Las buenas historias pueden ser apreciadas tanto por niños como por adultos, siempre y cuando ambos sean lo suficientemente inteligentes para extraer de ellas algún mensaje. Algunos utilizan el adjetivo “infantil” como algo peyorativo porque no saben valorar una de las mayores virtudes de la infancia, que es la inocencia, el acercamiento a la Verdad y al Conocimiento sin prejuicios. Es fácil ver que muchos niños tienen un intenso deseo de Conocimiento, y por eso están constantemente haciendo preguntas a sus padres y en general a los mayores; también son los niños los críticos más implacables a la hora de detectar las incoherencias de un relato, y si no, pensemos en esos cuentos contados en la cama antes de dormir. En este sentido, los adultos deberíamos abordar las narraciones de ficción con el corazón de un niño, sin dejarnos influir por ideas preconcebidas de ningún tipo… Esto entronca directamente con el concepto de recuperación: si el relato es realmente bueno, nos permitirá recobrar la mirada pura del niño y el placer de los pequeños detalles, que habíamos perdido en el caos acelerado de la vida moderna. También nos permitirá recuperar la inocencia y la ilusión de un niño, la creencia en que todos los problemas pueden solucionarse, y esto enlaza a su vez con el concepto de consuelo.

Antes de seguir hablando de consuelo, de recuperación y de la evasión del prisionero, dejadme hacer una última puntualización sobre la huida del desertor. Al principio de la entrega he comentado que no todo el monte es orégano, y que hay que distinguir la buena fantasía de la mala, que también la hay (como en el realismo, vamos)… Pero además de relatos que son malos de partida también hay gente que no usa correctamente los buenos relatos. Yo he visto en la Sociedad Tolkien Española a muchos que metían El Señor de los Anillos en el mismo saco que la literatura, el cine o la televisión fantásticos más baratos y casposos, y que utilizaban la fantasía como excusa para desertar de las responsabilidades del Mundo real… De hecho, el aumento en el número de socios que se centraban sólo en lo secundario y se olvidaban del mensaje, de lo importante, fue una de las razones que me hicieron desconectarme poco a poco de la asociación. Podría exponer más detenidamente por qué no me sentía cómodo en actividades como los juegos de rol en vivo o las cenas de gala con disfraces, y de hecho ya he hablado un poco de ello en los comentarios del blog, pero no quiero extenderme porque la cosa se alargaría demasiado.




Recapitulando lo visto hasta ahora: La narración fantástica proporciona cierto alejamiento de la cotidianidad que nos permite vernos reflejados en ella como realmente deberíamos ser. Al alejarse de lo inmediato, el lector o espectador recupera la dimensión más auténtica de su propio ser, del lugar que ocupa en el Universo. Por tanto, el que no lee ni ve películas es analfabeto desde el punto de vista existencial, ya que ambas actividades nos permiten comunicarnos con los que pasaron por el Mundo antes que nosotros, y expanden el sentido de nuestra Vida al aumentar la cantidad y calidad de las experiencias que la conforman (os repito una vez más que leemos para saber que no estamos solos). Los mitos, los cuentos, los relatos fantásticos, pueden aportar verdadero Conocimiento en la medida en que sean aplicables a nuestra propia experiencia. Las buenas obras de fantasía merecen ser llamadas Literatura con mayúsculas porque nos acercan a la Verdad.

En palabras de Eduardo Segura, y cito textualmente, “El Arte con mayúsculas es una aspiración a lo infinito, a la belleza, a conocer el ser de las cosas: a la epistéme socrática. El arte revela la aspiración que mueve a cada ser humano a plasmar un ideal quizá inalcanzable. Cada persona es un artista en busca del sentido de su mundo interior, de la verdad sobre sí mismo y sobre el cosmos; sobre el sentido de su historia y de la Historia. La vida necesita ser manifestación de una vivencia estética, pues sólo el vivir bello es un vivir bueno y, por tanto, sólo la vida buena es verdad. Felicidad, belleza y bondad se dan la mano de modo análogo a como tristeza, fealdad y mentira se nos presentan como una tríada indisociable”. Ahí queda eso.




Eduardo dice que sólo la Vida buena es Verdad, y por tanto la Fantasía con mayúsculas debería suponer un consuelo frente a las injusticias del Mundo y darnos fuerzas para intentar mejorar nuestra Vida y la de los demás. Los buenos relatos, sean o no fantásticos, intentan dar salida a las más profundas aspiraciones del ser humano y nos proporcionan este consuelo, como un eco de lo que no es pero llegará a ser, ayudándonos a superar las limitaciones que experimentamos en nuestra vida cotidiana. En los mundos secundarios siempre hay una posibilidad, por pequeña que sea, de derrotar al Mal; siempre hay una oportunidad de vencer las adversidades y hacer que las cosas vuelvan a ser como antes. Las historias sirven para darnos esperanza, para hacernos creer que los problemas, por graves que sean, pueden resolverse si nos esforzamos en ello. Y sólo haremos honor a las grandes historias si ponemos en práctica en la vida diaria las enseñanzas que de ellas hemos obtenido.

Hay en La Historia Interminable (otra estupenda novela, que además mezcla en las mismas páginas fantasía y realidad) un diálogo entre Atreyu y el gigantesco y malvado Gmork en el que el lobo le explica que el Reino de Fantasía representa las esperanzas y los sueños de los humanos, y que la Nada lo está devorando porque estamos perdiendo toda esperanza. Gmork colabora con la Nada porque sabe que la gente sin esperanza es fácil de controlar, y el control proporciona poder… Pero el Reino de Fantasía nunca estará perdido del todo si seguimos imaginando historias. Tenemos el derecho a soñar, y el deber de soñar, con un Mundo mejor que aquél en que vivimos. Y este viaje de ida y vuelta del que hemos hablado (como el de Bilbo Bolsón en busca de la Montaña Solitaria) nos ayuda a conseguir nuestro objetivo: ida primero al mundo fantástico para recuperar la esperanza, y vuelta después al Mundo real, con fuerzas renovadas, para poner en práctica lo aprendido. Como ya os dije en una ocasión, tener a la vez la cabeza en las nubes y los pies en la tierra es lo que nos hace verdaderamente grandes.



5 comentarios:

Kalonauta dijo...


Sólo un par de líneas para comentaros que voy a estar fuera y que la entrada de la próxima semana se retrasará dos o tres días... pero no os preocupéis, que habrá entrada. Esta segunda (y última) entrega sobre Verdad y realidad ha salido bastante larga y con muchos enlaces interesantes, así que creo que tendréis material suficiente para ir haciendo tiempo...

¡Un saludo!

Hope dijo...

Que tu viaje, aunque quizás no sea al mundo de la fantasía, te liberé de tus cotidianos "grises" ,y vuelvas con la mochila llena de colores para pintar tu próxima nueva etapa anual. si necesitas ayuda avísame que ya sabes que tengo unos cuantos pinceles en casa ;)
Recuerdo haber comentado la esencia de esta entrada en alguna ocasión contigo, y también me han dado ganas de volver a leer algo de Tolkien, habrá que quitarle el polvo a algunos libros;)

Kalonauta dijo...


Como dijo Sam al final de El Señor de los anillos, estoy de vuelta. Ahora mismo tengo jet-lag y estoy bastante cansado, pero como tú dices traigo la maleta cargada de nuevas experiencias... Ya te cuento cuando nos veamos.

Y efectivamente, hay muchas relecturas y revisionados que me ha apetecido hacer escribiendo esta entrada: además de Tolkien, hay varias obras que tratan más explícitamente la relación entre ficción y realidad, como La Historia Interminable (la película está bien, pero sobre todo el libro me impactó mucho cuando lo leí... ¡es genial!), La Princesa Prometida (precisamente Helios me ha recomendado muchas veces leer la novela original, tendré que apuntarla en mi lista), Big Fish, Dentro del Laberinto...

¿Qué otras novelas o películas interesantes que traten este tema se os ocurren? ¿Alguna recomendación, algún autor importante que haya pasado por alto? Ahora que estoy de nuevo por aquí y ya puedo contestaros, os invito a seguir comentando este tema, que da todavía para mucho más... ¡Venga, animaos!

Muchas gracias por pasarte por aquí a pesar de todo el trabajo que llevas encima, Hope, es todo un detalle... ¡Eres un auténtico solete! :-)

Besos

NOELIA MARTINEZ dijo...

Oh, cielos! Estoy reflexionando y todo! Nunca me llamó el mundo de la fantasía, cosa que ya empiezo a entender por qué. Muchas gracias!!!

Kalonauta dijo...


Ése es precisamente el objetivo del blog, Noelia, hacernos pensar acerca de temas importantes como éste... A mí me hace pensar mientras redacto las entradas, y guardo siempre la esperanza de que otra gente se ponga a reflexionar también al leerlas; así que me alegro un montón de que te haya resultado útil esta entrega en particular. Ya sabes que podemos seguir hablando de todo esto en persona la próxima vez que nos veamos.

¡Un abrazo!