martes, 16 de enero de 2018

Pendientes


En varias ocasiones os he comentado que nunca logro encontrar el momento para ir leyendo poco a poco un libro extenso, independientemente de que sea o no de ficción… Leo mucho al cabo del día, pero suelen ser sobre todo artículos de prensa o textos relativamente cortos en Internet. En mi caso seguir una narración con una cierta continuidad requiere de unas condiciones externas (silencio, tranquilidad, tiempo libre) que se dan muy raramente; y siendo una persona de naturaleza más visual, suelo preferir ver una película, documental o vídeo de YouTube cuando se me plantea la alternativa.

Hace ya años que entendí todo esto que ahora os cuento, así que últimamente solo compro un libro (o lo sugiero como regalo de cumpleaños, por ejemplo) cuando el tema me parece realmente interesante. Aun así, mi pila de libros escogidos y pendientes de leer va aumentando poco a poco en altura; algunos llevan años ahí esperando a que los coja y les dé salida. Me he dado cuenta de que bastantes de ellos son de divulgación científica, cosa que tampoco es de extrañar. Para la entrada de hoy he decidido hacer una lista de estos libros, en el mismo orden en el que están colocados ahora mismo en la pila, y empezando por los del fondo.




El Mundo y sus Demonios – Carl Sagan: Ya os he comentado antes en el blog que me encantó la serie Cosmos, allá por los años ochenta, y que Sagan me parece uno de los mayores divulgadores científicos de los últimos tiempos… Él ayudó a romper la frontera entre Ciencias y Humanidades y a hacernos entender que las distintas ramas del Conocimiento (astronomía, biología, historia, literatura…) están fuertemente ligadas entre sí. Este libro en concreto es una defensa del pensamiento racional y una voz de alarma contra los múltiples tipos de superstición que aún perviven en nuestro tiempo… Sigue estando pendiente escribir aquí una entrada sobre este tema.

Musicofilia – Oliver Sacks: Hemos hablado de este gran divulgador de la neurología algunas veces en el blog. Aunque tengo un par más de sus obras todavía sin leer en mis estanterías, la preferencia es para este título, que aborda la relación entre la Música y el Cerebro y explica cómo esta ayuda a conformar la propia identidad, siendo a veces parte del problema y otras parte del tratamiento.

17 Ecuaciones que Cambiaron el Mundo – Ian Stewart: No conozco mucho acerca de este matemático y divulgador, pero el libro sin duda tiene una pinta estupenda. En él se nos habla de las ecuaciones como base fundamental de las matemáticas, la Ciencia y la tecnología, y se da un repaso a algunas de las más importantes de la Historia, dividiéndolas en dos grupos: las que revelan regularidades matemáticas y las que expresan leyes de la Naturaleza.




El Corazón de las Tinieblas – Joseph Conrad: Hace unas semanas os comentaba que desde siempre me ha encantado Apocalypse Now de Francis Ford Coppola, y llevo años queriendo leer la novela corta en la que se inspira, que transcurre un siglo antes, en el Congo… Tengo que confesar que lo empecé este verano (me animé porque es cortito) y después de unas pocas páginas no me acabó de enganchar el estilo, con lo que lo volví a dejar en la pila… Esto no significa que me haya rendido por completo con él, a lo mejor simplemente me pilló en un día malo. Más adelante le volveré a dar otra oportunidad.

Brevísima Historia del Tiempo – Stephen Hawking y Leonard Mlodinow: Versión simplificada y más comprensible del libro original de 1988, habla de temas como el Big Bang y el Universo en expansión, la relatividad general o los agujeros negros y de gusano. Hace ya años escribí en el blog que había leído algunos trozos sueltos, y me avergüenza decir que ahí sigue, en la pila, muerto de risa (y mira que este es finito también…).

Abrir en Caso de Apocalipsis – Lewis Dartnell: Con el atractivo título original de The Knowledge (El Conocimiento), esta interesantísima obra se plantea el hipotético caso de que una pandemia letal, el impacto de un meteorito o una guerra nuclear arrasaran con nuestra Civilización tal y como la conocemos, y hubiera que reconstruirla desde cero. Los distintos capítulos constituyen un resumen de los conocimientos científicos y tecnológicos más importantes que hacen que todo funcione hoy en día, información que a pesar de resultar básica es ignorada por completo por la mayoría de la gente. Sin duda es uno de los tres libros que me llevaría a una isla desierta, por si acaso.




Yo, Claudio – Robert Graves: Una de las mejores novelas históricas jamás escritas según mi amigo Sergio Mars, que de libros sabe bastante (en su página de Facebook, además de hablar de sus propias novelas y relatos, también hace referencia de vez en cuando a su propia pila de lecturas pendientes, que seguro que comparada con la mía va renovando sus títulos casi a la velocidad de la luz). Siempre me ha interesado el Imperio Romano, y me gusta recurrir a fuentes bien documentadas en lo referente a la vida cotidiana de aquella época, así que estoy deseando echarle mano a esta crónica de los primeros años del Imperio, desde Augusto, y pasando por Tiberio y Calígula, hasta llegar al Emperador Claudio.

Cenital – Emilio Bueso: Creo recordar que este autor es amigo de Sergio, y hace unos años asistí a una conferencia suya (con motivo de la publicación de esta novela de ciencia-ficción) en la que expuso una serie de razonamientos muy bien hilvanados acerca de la crisis económica y el agotamiento del petróleo, algo de lo que precisamente hemos vuelto a hablar estas últimas semanas… Parece que a Emilio se le da muy bien el género de terror, así que tengo curiosidad por adentrarme en esta oscura distopía en la que la civilización se ha vuelto más primitiva y violenta tras una grave crisis energética.




Reyes de Aire y Agua – Jesús Fernández: Supongo que este libro está colocado junto al anterior en la pila porque salió publicado por Cápside, la editorial de Sergio Mars. Jesús, el autor, también es un buen amigo mío de Córdoba; tuvimos bastante contacto durante mi época en la Sociedad Tolkien Española, aunque hace tal vez cinco años que no lo veo. Se trata de una colección de relatos de fantasía feérica, cuentos de hadas como los de antes, al margen de modas o tendencias, que al poco rato de empezar a leerlos te trasladan a otra época, a un Mundo más primitivo y peligroso pero también apasionante.

Mapas del Tiempo – David Christian: Desde los inicios de La Belleza y el Tiempo hemos hablado de la Gran Historia, un compendio de la historia natural y humana desde el nacimiento del Universo hasta el momento actual, y David Christian fue uno de los principales impulsores de este concepto. Me basé principalmente en las numerosas líneas cronológicas de este libro para confeccionar el resumen (en una escala logarítmica) de la historia del Universo que publiqué en el blog hace unos años, y he ojeado trocitos sueltos de algunos capítulos, pero todavía tengo pendiente leerlo todo despacio y de cabo a rabo.




El Puente de los Asesinos – Arturo Pérez-Reverte: Las novelas del Capitán Alatriste siempre me han parecido muy entretenidas, de lectura fácil y rápida, y nunca he necesitado demasiada concentración para ir avanzando en la trama, así que hubo un tiempo en el que una parte importante de los libros que leía pertenecía a esta serie. Aun tratándose de obras de ficción, me gusta el esfuerzo que se hace por describir con detalle la vida cotidiana en la España del S.XVII (Como ya he dicho, me apetece leer también Yo, Claudio por motivos similares). De todas las que se han publicado por ahora solo me queda por leer esta séptima entrega; en la solapa se prometen al menos dos más, pero Pérez-Reverte lleva ya seis o siete años centrado en otros proyectos, como las novelas del detective Falcó.

Por Amor a la Física – Walter Lewin: Sus clases magistrales de Física en el Massachusetts Institute of Technology, colgadas en distintos sitios de la Web, son una auténtica maravilla. Este libro es un buen complemento, en el que Lewin nos desvela la Belleza de la Ciencia y su gran poder para revelar los mecanismos ocultos del Mundo que nos rodea. Son capítulos sueltos, sin mucha relación entre ellos, con lo que el libro se puede dejar y retomar meses después, así que llevo ya leída la primera mitad. Me da un poco de vergüenza reconocerlo (como otras muchas cosas en esta entrada), pero seguramente lo empecé hace ya dos o tres años…




La Valencia Desaparecida – Ángel Martínez y Andrés Giménez: Ya sabéis que me gusta mucho la Historia de la ciudad de Valencia y su evolución desde el punto de vista urbanístico, así que tenía que comprarme este libro que toma como punto de partida el blog del mismo nombre de Ángel Martínez. Se trata de una colección de fotografías antiguas de unos cien rincones de la ciudad comparadas con las correspondientes fotos actuales, tomadas justo en el mismo punto y con el mismo encuadre (algo que a veces no es nada fácil de averiguar). De su contemplación se puede deducir que la mayoría de rincones de Valencia están completamente diferentes hoy en día, después de un siglo, pero afortunadamente aún quedan algunos edificios que no han cambiado y que nos sirven de punto de referencia, de puente con la ciudad del Pasado, con lo que yo he llamado muchas veces la Valencia invisible… Tampoco la lectura de este libro requiere una continuidad, así que es uno de los dos o tres que llevo meses leyendo en paralelo y a salto de mata. Llevo ojeadas más de la mitad de las fotografías, y este sí lo he utilizado durante las últimas semanas, lo cual tampoco dice mucho en favor de mis hábitos de lectura, porque es casi todo imágenes y muy poco texto, con lo que no se diferencia mucho del continuo zapping lector que realizo diariamente en Internet. Por cierto, y en caso de que estéis interesados: estas mismas Navidades ha salido a la venta la tercera y última entrega de este interesante proyecto.




La Veu de la Ciutat – María Teresa Abad y Javier Martí: Se trata del catálogo de una exposición que se inauguró hace unos meses en el Museo de Historia de Valencia, junto al Parque de Cabecera, y que si no me equivoco se pudo visitar hasta el pasado día 7. El título completo en castellano es “La Voz de la Ciudad: Dos Siglos de Historia a través de los Bandos”, y se centra en una selección de bandos impresos en papel y publicados por el Ayuntamiento de Valencia a lo largo de los últimos doscientos años, que constituyen una valiosa fuente de información de primera mano acerca de cómo se desarrollaba la vida cotidiana (¿os suena de algo?) en la ciudad. Este libro recoge solo una parte de los bandos expuestos en el Museo, y explica con detalle el contexto de cada uno de ellos en versión bilingüe; nos lo regalaron a todos los asistentes el día de la inauguración, pero me gustó tanto que más adelante compré otro ejemplar en la librería del Ayuntamiento y se lo regalé a mi padre… También en este caso he leído ya algunos bandos sueltos, pero hablamos de nuevo de lecturas cortas, de un par de páginas cada una.

Big History – David Christian: En este libro de la editorial DK, que me trajeron los Reyes Magos hace una semana, han participado en realidad muchos autores; Christian es solo uno de los coordinadores de la obra. A pesar de ser los más recientes, ni este ni el anterior de la lista están físicamente en lo alto de la pila porque son más grandes y pesados. Es evidente que a estas alturas me he rendido a la evidencia de que los libros de texto puro y duro no están hechos para mí: este extenso resumen de la Gran Historia es muy visual, con multitud de fotografías, diagramas y líneas cronológicas y la información dosificada en forma de parrafitos más breves… seguro que le echaré mano antes que a Mapas del Tiempo.




Tengo la pila de libros pendientes en una estantería justo delante de mi mesa de trabajo, y a veces, cuando levanto la vista de mi portátil y la miro por un instante, me pasa por la cabeza la idea de que si no tuviera que escribir las entradas semanales para el blog podría sacar más tiempo para leer libros de los de verdad, con capítulos de veinte o treinta páginas cada uno; de hecho, tengo la sospecha de que la pila ha estado algo más estancada desde el verano de 2012, en el que empecé a escribir… Así que os pido que me ayudéis a hacer que todo este tiempo robado a la lectura valga la pena: comentad de vez en cuando, por favor, y decidme qué os parecen mis reflexiones en La Belleza y el Tiempo… Leemos para saber que no estamos solos, pero también escribimos por la misma razón.



lunes, 8 de enero de 2018

Energía (III)


Hace tiempo hablamos brevemente en el blog de la huella ecológica o huella de Carbono, que nos indica el nivel de sostenibilidad de un determinado modo de vida, y dijimos que nos haría falta planeta y medio si quisiéramos seguir al mismo ritmo que hasta ahora, y más de tres planetas si todos los habitantes de la Tierra quisieran vivir indefinidamente como los de los países más desarrollados. Cuando no quede petróleo para fabricar gasolina (es decir, cuando esté tan profundo que la energía necesaria para sacar un barril sea la equivalente a la de un barril, con lo que no tenga ya sentido seguir extrayendo) habrá que esperar unos cuantos millones de años, a ver si se regeneran las reservas… Con el carbón (aunque en este caso parece que el remanente es algo más abundante) pasaría lo mismo, y además de esperar tanto tiempo habría que ver si hay suerte y se repite un fenómeno similar al de la lignina. Y cuando se haga más y más difícil encontrar nuevos depósitos subterráneos de Uranio, habrá que esperar a otra explosión de supernova cercana que envíe hacia nosotros más material… O sea, que mejor esperar sentados.

La fusión nuclear requiere reactivos muy particulares, pero no hará falta viajar a la Luna para encontrar Helio-3. Sin ir más lejos, un determinado porcentaje de las moléculas de los océanos son de agua pesada, con átomos de Deuterio, con lo que bastaría usar una centrifugadora para separarla del agua normal (de forma similar a como se produce el Uranio enriquecido). En definitiva, en este caso la reserva de materia prima sería abundantísima, pero mientras no se pueda controlar el proceso no tiene mucho sentido vender la piel del oso… ¿Llegaremos a dominar la fusión? ¿Descubriremos alguna nueva fuente de energía más potente incluso? Si no sucede ninguna de estas dos cosas, o si tardan décadas en suceder, tarde o temprano tendremos que olvidarnos de los combustibles fósiles y recurrir más y más a las fuentes de energía renovables, por nuestro propio bien y el de las generaciones venideras.




Con un poco de visión de futuro por parte de nuestros políticos y una fuerte inversión en investigación y nuevas infraestructuras podemos aumentar mucho el rendimiento de las renovables. Un buen amigo mío del grupo de Escépticos, que está muy bien informado del tema, me decía el otro día que con un área cuadrada de cincuenta kilómetros de lado en el desierto del Sáhara llena de paneles solares se podría abastecer de energía a toda Europa (supongo que primero habría que pedirles permiso, claro). Aunque por ahora la solar supone solo el 1’5% del total de la energía producida en el planeta, la superficie con placas instaladas se ha ido duplicando cada dos años desde 1994, y esta progresión geométrica podría dar lugar a un cambio imparable en poco tiempo… En Australia, por ejemplo, una de cada cuatro casas ya tiene placas solares. En los países del norte, con menos luz, se tendría que recurrir más a la eólica.

Algunos expertos piensan que estos cambios se producirán mucho antes de lo que pensamos y que para 2030 los combustibles fósiles estarán obsoletos, casi todo el transporte será eléctrico y compartido y casi toda la energía será renovable, principalmente solar. Según ellos este giro en las tendencias será bastante repentino y se producirá no por agotamiento de los recursos o por conciencia ecológica, sino porque las nuevas tecnologías se abaratarán tanto que será imposible no adoptarlas. Históricamente hay muchos ejemplos de que cuando un nuevo producto es diez veces más barato esto vence cualquier tipo de resistencia a sustituirlo por el usado tradicionalmente (ocurrió por ejemplo con los libros impresos, hace quinientos años). Si se dan cuenta a tiempo de que el cambio es inevitable, las empresas energéticas o de transporte más inteligentes irán actualizándose, diversificando sus negocios o cambiando de actividades para al menos minimizar las pérdidas… Las multinacionales que no sepan renovarse rápido morirán; recordemos que Kodak era un gigante que en solo cinco años se fue a la bancarrota porque no vio venir la irrupción de la fotografía digital en el mercado (y eso que la primera cámara digital la inventaron ellos).




Cuando escucho estas teorías y oigo decir a los gurús de las renovables que el precio del petróleo empezará a caer en tan solo un par de años, os aseguro que me gustaría creerles, pero me da la impresión de que este punto de inflexión está más lejano de lo que piensan, y para cuando se produzca algunas consecuencias del abuso de los combustibles fósiles serán ya irreparables. E incluso si la transición a la energía solar fuese rápida, aun así habría que recortar los niveles de producción y consumo en las zonas más desarrolladas. ¿Cuándo nos daremos cuenta de que excesos como los que se han cometido en Dubai o en Las Vegas no son sostenibles bajo ningún punto de vista? Debemos mentalizarnos de que será necesario un cierto grado de decrecimiento, y si no lo logramos comprender ahora tras una reflexión cuidadosa, ya nos lo hará comprender la Naturaleza a la fuerza más adelante.




En su día vimos una extensa lista de cosas que se pueden hacer para ahorrar recursos y energía, y por supuesto yo pongo en práctica muchos de sus puntos. No dejo los grifos abiertos demasiado rato y utilizo solo el flujo necesario, y mientras se calienta el agua de la ducha la recojo en un cubo y la uso luego para otras cosas, lo que hace que todos los meses mi factura del agua venga bonificada por bajo consumo. En invierno uso los radiadores de manera racional en lo que respecta a la temperatura del termostato y al tiempo de uso; y si puedo, evito utilizarlos en absoluto, ya sea llevando varias capas de ropa, compartimentando las habitaciones o haciendo un uso inteligente de ventanas y cortinas. En mi nuevo piso tengo LEDs, que gastan menos electricidad, y no dejo luces o aparatos encendidos si no son necesarios. Soy un consumidor responsable y muy moderado en cuanto a ropa, ocio o viajes, y ya no compro nada que realmente no necesite. Siempre que puedo voy andando a los sitios, y si eso va a suponer más de media hora, cojo el transporte público; no tengo coche y ni siquiera me he sacado el carnet de conducir. Y por supuesto, además de reducir mi consumo de todas estas formas, también reutilizo (las bolsas de plástico del supermercado o las hojas impresas por una cara) y reciclo (el papel ya usado, el vidrio o los envases ligeros).




Poniendo como ejemplo el suministro eléctrico de tu casa, hay tres razones por las que te puede interesar no derrochar energía: porque aumenta el importe de tu factura, para evitar el agotamiento de los recursos utilizados al otro extremo de la línea eléctrica, y porque tal vez estés contribuyendo al calentamiento global para generar esa electricidad. Algunos podrían decir que simplemente soy un poco tacaño y ahorro energía para poder ahorrar también dinerete, pero no lo hago solo por eso: también en mi trabajo tengo cuidado con el uso de las luces, el agua y el aire acondicionado, y los lectores habituales recordaréis que en ocasiones he sido capaz de vencer mis miedos más primarios para no desperdiciar energía, a pesar de que no iba a pagar yo la factura. Además, siempre que puedo intento concienciar a amigos y conocidos sobre este problema (sin dar demasiado la lata, solo cuando surge de forma natural) y de hecho lo estoy haciendo ahora mismo con esta entrada triple (y con otras anteriores que también he enlazado aquí). Por último, intento votar con cabeza, a partidos que le den importancia a este tema, entre otras cosas, en su programa electoral.




Es irónico que hayan sido la Ciencia y la Tecnología las que hayan hecho posible el acceso a muchas nuevas fuentes de energía, y que ahora las empresas que se están beneficiando de esos descubrimientos no quieran prestar atención a las predicciones de los mismos científicos sobre el agotamiento de los recursos y el cambio climático… Empezamos esta entrada hace dos semanas hablando de conceptos importantes para la Ciencia, como el Tiempo, el Espacio o la energía, pero también hemos citado otros como la información. A lo largo de nuestra Historia no solo ha ido creciendo la cantidad de energía disponible para ser usada; en paralelo, también ha ido aumentando nuestro Conocimiento, la información útil acerca de cómo funcionan las cosas y cómo están relacionadas entre sí. Si queremos que nuestra especie perdure durante un segundo, un tercero o un cuarto millón de años, si queremos seguir formando parte de esta hermosa danza de la energía sobre la faz de la Tierra, no basta con emprender incesantemente nuevos y más ambiciosos proyectos; lo que hay que hacer es recopilar la información apropiada y prestarle atención para saber qué batallas conviene luchar. En otras palabras, no se trata solo de saber hacer las cosas correctamente, se trata de decidir qué cosas son las correctas.

Os invito por tanto, una vez más, a pensar antes de actuar, y hacerlo a largo plazo y sopesando los pros y los contras de vuestras acciones con suficiente perspectiva… o en otras palabras, hablando pronto y mal, a razonar con la cabeza y no con el culo. Termino la entrada con un mantra que os resultará familiar; ya sé que os lo repito una y otra vez, pero en cada ocasión trato de defenderlo desde un ángulo diferente, con nuevos razonamientos y aportando nuevas pruebas objetivas, así que espero que a estas alturas ya os hayáis dado cuenta de lo sumamente importante que es: la clave para tener una Vida feliz y productiva y morir con la conciencia tranquila no está en vivir rigiéndose por el lema del “Yo-Más-Ahora”, sino por la idea del “Todos-Mejor-Siempre”.



lunes, 1 de enero de 2018

Energía (II)


En nuestro repaso a la historia de las distintas fuentes de energía de la Humanidad nos habíamos quedado a principios del siglo XX, época en la que se empiezan a descubrir los fundamentos de la energía nuclear. La combustión de madera, carbón o petróleo se basa en enlaces covalentes, de tipo eléctrico, relacionados con los electrones que orbitan alrededor de los núcleos atómicos, pero la energía nuclear está contenida en otro tipo de enlaces, las interacciones nucleares fuertes que mantienen protones y neutrones unidos dentro del núcleo. Las correspondientes reacciones, en las que reactivos y productos pueden ser distintos tipos de átomos, no pertenecen al terreno de la Química sino al de la Física Nuclear, y en ellas se suele liberar mucha más energía. A este tema ya le dedicamos cinco entregas en julio y agosto de 2013, así que no me pararé a repetir demasiados detalles aquí.




Hay dos tipos de reacciones nucleares de las que se puede extraer energía: la fisión y la fusión. Los primeros logros prácticos al respecto se consiguieron durante la Segunda Guerra Mundial, algunos de ellos con siniestras consecuencias. En la década de 1950 se abre la primera central nuclear de fisión en Estados Unidos; este tipo de centrales proporcionan mucha energía, pero si hay un accidente los daños pueden ser catastróficos, construirlas y desmantelarlas supone mucho trabajo, recursos y dinero, y los materiales radiactivos de desecho suponen un grave riesgo para los seres vivos y hay que mantenerlos confinados en lugares seguros durante largos periodos de tiempo.

La fusión nuclear todavía no se puede obtener de forma continua, segura y controlada; se ha conseguido liberar una enorme cantidad de energía durante un intervalo de tiempo muy corto en las bombas de Hidrógeno, y también se han hecho experimentos muy breves con plasma de Hidrógeno en los que el input de energía es superior al output, lo cual lógicamente no es rentable. Si algún día conseguimos controlar la fusión, será una fuente energética más abundante, limpia y segura que la fisión, pero las investigaciones ahora mismo están un poco estancadas.




Resulta curioso pensarlo: en el interior de nuestra estrella se produce precisamente la fusión del Hidrógeno (en especial su isótopo el Deuterio) en Helio, transformándose la energía nuclear en radiación electromagnética, y esa energía solar que nos llega es la que los árboles convierten en energía química que los animales adquieren al comer plantas, y los carnívoros al devorar a sus presas. Esto incluye a los árboles del carbonífero y las pequeñas gambas que originaron el petróleo; por eso os dije en otra ocasión que los combustibles fósiles guardan un pedacito de Sol en el interior de sus moléculas (y por eso la explosión de una bomba de Hidrógeno es como una pequeña estrella fuera de control en la superficie de la Tierra)… De forma que casi toda la energía que usamos ya procede, paradójicamente, de la fusión.

Entonces, si la fusión del Sol es el origen de la energía química y los combustibles fósiles son una forma concentrada de esta, ¿por qué la fusión generada por el hombre en una bomba termonuclear libera una cantidad varios órdenes de magnitud superior a la del carbón o el petróleo? La energía química proporcionada (a corto o largo plazo) por la fotosíntesis de las plantas está menos concentrada que la de una bomba porque la energía producida en el Sol se emite en todas direcciones hacia el espacio, y nuestro planeta solo capta una pequeñísima fracción. Por eso controlar la fusión supondría un hito tan importante: sería como domesticar las estrellas (igual que ya hemos hecho con plantas, animales y fósiles), ya que tendríamos una dentro de cada reactor, aquí mismo, en la Tierra, que nos daría mucha energía pero sin llegar a destruirnos.




Ya la semana pasada dijimos que desde principios del S.XX el consumo de energía de los países desarrollados aumentó exponencialmente; en estos últimos trescientos años desde el inicio de la Revolución Industrial hemos utilizado una fracción importante de las reservas de combustibles fósiles, a una velocidad tal vez un millón de veces más rápida que el ritmo al que se han generado. El tomar conciencia de los problemas medioambientales y de lo limitado de los recursos hizo que a lo largo de los siglos XX y XXI se hayan dedicado esfuerzos a investigar cómo hacer uso de forma eficiente de las energías renovables, que se “regeneran” al mismo ritmo al que se utilizan, y por tanto son más fiables a largo plazo. Aparte de la solar (tanto térmica como fotovoltaica) tenemos la eólica, la mareomotriz (de olas y mareas), la hidroeléctrica, la de biomasa y la geotérmica. Su uso no genera residuos peligrosos, pero no están tan concentradas y la eólica y la solar, por ejemplo, no siempre están disponibles, ya sea porque no hace viento, porque está nublado o (lógicamente) porque es de noche.

Curiosamente, casi todas estas proceden también del Sol. La eólica se debe al viento, que se genera cuando diferentes zonas de la atmósfera están a distintas temperaturas, tendiendo las masas de aire caliente a moverse hacia arriba y creándose corrientes convectivas; estas diferencias de temperatura se deben a la acción del Sol. Las olas a su vez se generan en los océanos por acción del viento. La energía hidroeléctrica se obtiene, como dijimos la semana pasada, a partir del agua de los embalses, y esta baja desde las montañas cuando llueve, con lo cual procede también del Sol porque es este el que evapora el agua en los océanos y forma las nubes. Por último, la biomasa consiste en materia orgánica con energía aprovechable, y por tanto procede en última instancia de la fotosíntesis.




¿Y cuáles no proceden del Sol? Las mareas se deben en parte a la acción gravitatoria de nuestra estrella, pero también a la de nuestro satélite, la Luna. La geotérmica no tiene en absoluto su origen en el Sol: se debe al calor residual que aún queda de las colisiones de asteroides durante la formación de la Tierra, y sobre todo al calor generado por la desintegración radiactiva de elementos pesados dentro del planeta… En ambos casos estamos hablando de materiales procedentes de otros sistemas estelares cercanos, ya desaparecidos, antes de que nuestro propio Sol se encendiera. En concreto, los elementos pesados como el Uranio y el Plutonio del interior de la Tierra se sintetizaron en explosiones de supernovas anteriores a la formación del Sistema Solar, y por tanto, además de la geotérmica, podemos añadir la fisión a la corta lista de fuentes de energía que no tienen su origen en nuestra estrella.




El problema de las renovables, aparte de las trabas que algunos gobiernos y empresas están poniendo a su desarrollo por motivos meramente monetarios, es que solo con ellas no podremos seguir a este ritmo, no podremos cubrir la demanda energética actual… Recuerdo un vídeo con una clase del físico Walter Lewin que vi hace tiempo y que me impactó bastante. En él se planteaba el supuesto de que no dispusiéramos de ninguno de los avances experimentados en la Historia de la Humanidad (bueno, digamos en los últimos 10.000 años, para no abusar) y por tanto solo pudiéramos usar trabajo humano, sin animales ni máquinas, y se preguntaba cuántas personas tendrían que trabajar en este caso para cada uno de nosotros si quisiéramos seguir llevando el mismo tren de vida que ahora; llamemos a estas personas, para entendernos, “esclavos”.

Cada vez que encendiéramos una luz o usáramos el microondas sería un esclavo el que habría frotado dos trozos de madera y tendría la llama preparada. Cada vez que abriéramos el grifo no sería una bomba eléctrica la que elevaría el agua hasta nuestro piso, sino uno de nuestros esclavos que vendría de la fuente, subiendo los cubos por la escalera. Y si quisiéramos llegar al otro extremo de la ciudad en diez minutos no lo haríamos en coche, sino llevados en palanquín por cuatro de nuestros esclavos corriendo a toda pastilla. De acuerdo con los datos de consumo actuales y haciendo la correspondiente conversión, la conclusión de Lewin era que cada uno de nosotros necesitaría treinta esclavos personales trabajando al máximo de su capacidad, a buen ritmo y sin descanso, veinticuatro horas al día y siete días a la semana… ¡Treinta! No recuerdo si este cálculo era para el consumo energético de Estados Unidos, pero incluso en ese caso, aquí en España no deberían ser muchos menos…




Me he dado cuenta de que todavía me quedan bastantes puntos interesantes por tocar y no quiero hacer esta entrega demasiado larga, así que por hoy lo dejaremos aquí. La semana que viene, en la conclusión (esta vez sí) de la entrada, os daré una serie de razones de peso por las que más tarde o más temprano habrá que empezar a depender menos de los combustibles fósiles y más de las renovables, y por las que los habitantes del primer mundo tendremos que renunciar a algunos de los lujos de los que disfrutamos con nuestro actual tren de vida.