lunes, 30 de diciembre de 2013

La Máquina de Humo (I)

 
Se puede definir el sistema financiero de un país como el conjunto de instituciones, medios y mercados cuyo objetivo es canalizar el superávit (el dinero sobrante) que generan las personas y entidades ahorradoras hacia aquellas otras que tienen déficit (que necesitan dinero) por medio de préstamos, encargándose de facilitar la seguridad en lo tocante al movimiento de dinero y al sistema de pagos… y cobrando una pequeña comisión a cambio, por supuesto. Hace un tiempo estuvimos hablando del sofá de Lester y Carolyn Burnham y de la época de la burbuja inmobiliaria, y os comenté que por aquel entonces me negué en redondo a comprar una casa; no lo hice porque no quería formar parte de lo que efectivamente ha resultado ser un engaño masivo del sistema capitalista en el que nos hallamos inmersos. Como ya os dije, siempre me ha gustado pagar las cosas a tocateja, y la sola mención de palabras como “préstamo”, “crédito” o “hipoteca” me pone los pelos de punta. Hoy y la semana que viene hablaremos un poco más de créditos, inversiones, especulación y crisis financieras.


Pienso que el precio que se asigna a las cosas es algo arbitrario, y pagar a cambio de dinero me parece doblemente abstracto y retorcido. Cuando el economista e ideólogo francés Serge Latouche, abanderado del Decrecimiento, estaba a punto de mudarse a vivir a París cuando era joven, su padre le dio el siguiente consejo: “¡No te endeudes nunca!” Y supongo que Serge le hizo caso… Pedir un préstamo es como hacer un viaje en el Tiempo para poder usar en el presente el dinero que tendrás en el futuro (dando por supuesto que lo tendrás, cosa que no es segura). Como veis, aparecen de nuevo en nuestro camino las malditas prisas, esas grandes enemigas de lo correcto… Para hacer este viaje en el Tiempo, igual que en el tren o el autobús, también se paga el precio del billete, que es en este caso la comisión. Es decir, que la gente paga dinero porque necesita dinero. ¿Alguien le encuentra algún sentido a esto?
 
Todavía me acuerdo de aquellos anuncios de “Cofidis, dinero al instante” que se pasaban por la tele a todas horas en la época de las vacas gordas, en la que el crédito fluía con sospechosa facilidad… Con apenas un poco de palabrería barata, estos spots embaucaban a los incautos, vendiéndoles una imagen distorsionada de la realidad y poco menos que haciéndoles creer que se regalaba el dinero; esto generó una gran cantidad de personas solventes sólo en apariencia. Tanto con los créditos como con las hipotecas, el excesivo optimismo acerca de la probabilidad de devolver el préstamo más los intereses hizo que muchos acabaran después metidos en serios problemas. ¡Y resulta que ahora, cuando aún no hemos empezado a salir de la actual crisis (por mucho que diga el señor Rajoy), están volviendo a salir los dichosos anuncios por la tele! El Hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra.
 
 
Si en lugar de necesitar dinero nos sobra dinero, lo que hacemos es invertirlo para conseguir (sí, lo habéis adivinado) más dinero: le damos nuestros ahorros al banco para que éste los preste a otras personas o empresas y a cambio obtenemos una parte de la correspondiente comisión. Algunas de estas operaciones tienen mayor riesgo que otras, pero todas en general suelen ser bastante opacas: detrás de las expresiones ambiguas y vacías de significado de los atractivos folletos y anuncios del banco, detrás de las operaciones remotas por Internet y de las impersonales cifras se esconden a veces ciertos hechos bien concretos, tal vez en lugares muy lejanos, pero no por ello menos reales, de los que no nos enteramos o no nos queremos enterar. Es bien conocido que la mayoría de los bancos tradicionales invierten en negocios turbios, como por ejemplo la industria armamentística, que generan miles de víctimas en países en conflicto, pero nosotros nos quejamos sólo cuando somos los directamente afectados por esta falta de ética del sistema financiero. Menos mal que últimamente está apareciendo un modelo alternativo de banca que se preocupa un poco más por explicarnos en qué se invierte nuestro dinero.
 
También hay quienes no encuentran emoción o beneficios suficientes en abrirse un plazo fijo en el banco y prefieren involucrarse de manera más directa en el mundillo financiero, para así poder fastidiarle la vida a otras personas de forma más activa. Especular sobre lo que va a pasar en el futuro es como vender la piel del oso antes de cazarlo, como jugar un juego de azar, y algunos inversores se juegan no sólo lo suyo sino también lo de los demás. Ya en su día comentamos algo acerca de estos especuladores, de estos vendedores de humo, en el caso particular de la burbuja inmobiliaria, pero el tema todavía da para más…
 

Si en su momento hablamos de rosas, hoy hablaremos de tulipanes. Tal vez el primer fenómeno especulativo de masas del que se tienen datos concretos fue la Crisis de los Tulipanes, en los Países Bajos de principios del S.XVII: la primera burbuja financiera conocida de la historia reventó exactamente el 6 de febrero de 1637. Ésta es considerada como la época del nacimiento del Capitalismo y el sistema financiero tal y como los conocemos hoy en día. El objeto de este periodo de euforia especulativa fueron concretamente los bulbos de tulipán; estas flores, que habían sido inicialmente importadas desde Turquía, se vieron afectadas por un virus de un pulgón local que generó en los pétalos combinaciones de colores nunca antes vistas, haciendo que su precio subiera poco a poco hasta alcanzar niveles desorbitados, dando lugar a la citada burbuja y posterior crisis financiera.
 
Un solo bulbo llegó a ser vendido por el equivalente a veinticuatro toneladas de trigo, y con la compraventa se podían conseguir, en la mejor época, beneficios de hasta el 500%. Es alucinante la historia de un rico mercader que pagó tres mil florines por un bulbo de la clase Semper Augustus, para descubrir poco después que éste había desaparecido; resultó que un marinero lo había confundido con una cebolla y se lo había comido. Me pregunto qué cara puso el pobre marinero justo después de saber que su aperitivo era en realidad más caro que un menú completo de El Bulli (y justo antes de ser condenado a seis meses de prisión). Se llegó a un punto en el que ya no se intercambiaban bulbos reales y palpables, sino que se creó un mercado de futuros basado en bulbos aún no recolectados y se llevaba a cabo una auténtica especulación financiera mediante notas de crédito, práctica que recibió el nombre de windhandel, “el negocio del aire”.
 
El 5 de febrero de 1637, un lote de noventa y nueve tulipanes de gran rareza se vendió por 90.000 florines: fue la última gran venta de tulipanes. Al día siguiente salió a subasta un lote de medio kilo por 1.250 florines sin encontrarse comprador: los holandeses se habían dado cuenta al fin de que estaban construyendo castillos en el aire. La burbuja estalló, los precios comenzaron a caer en picado y no hubo manera de recuperar la inversión; todo el mundo vendía y nadie compraba. Durante la época de euforia se habían contraído enormes deudas para comprar flores que ahora ya no valían nada; las bancarrotas se sucedieron y golpearon a todas las clases sociales. Debido a la falta de garantías y de control de este extraño mercado, la imposibilidad de hacer frente a los contratos y el posterior pánico generalizado llevaron a toda la economía de los Países Bajos a una quiebra de la que no se recuperaría en mucho tiempo. Da miedo pensar cómo algo tan arbitrario como el precio asignado a un bulbo de tulipán pudo tener consecuencias tan palpables y tan nefastas para tanta gente, por culpa de la combinación de codicia e ignorancia de los holandeses de la época, que se dejaron arrastrar por tan absurda tendencia… Por lo menos los tulipanes no eran un objeto de primera necesidad, como la vivienda, así que supongo que los ciudadanos con dos dedos de frente tuvieron al menos la oportunidad de mantenerse al margen de esta tulipomanía.

 

Desde 1637 ha habido muchas crisis como ésta, crisis que son enumeradas por John Tuld, el personaje interpretado por Jeremy Irons, en una de las escenas de la genial película Margin Call. Tuld explica en ella que el dinero no es más que una invención del Hombre, trozos de papel con dibujos que sirven para que no nos matemos los unos a los otros por la comida, y que las crisis financieras siempre tienen el mismo resultado: gatos gordos y perros famélicos, es decir, gente que gana (los que venden justo antes de estallar la burbuja) y gente que pierde (todos los demás). El problema radica en que, tal y como está montado el sistema hoy en día, la gente con dinero y con poder siempre arriesga menos y tiene más probabilidades de ganar, con lo que los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres. Es como cuando un prestidigitador de tres al cuarto te hace el truco del reloj de pulsera que desaparece y luego no te lo quiere devolver: tú sabes que no es magia de verdad, y que ese tío se ha aprovechado de ti y ha hecho trampa, pero eso no va a cambiar el hecho de que te has quedado sin reloj.

La próxima semana hablaremos de las distintas crisis de la historia de España y de la crisis actual, y explicaremos por qué alguien que piensa demasiado en el dinero es alguien que ha desistido de intentar comprender la Belleza de este Mundo maravilloso en que vivimos.
 

4 comentarios:

Irene Fornes dijo...

Una relexión maravillosa y un gran cuento, el de los tulipanes y la codicia del ser humano.
Esa historia debería plasmarse en un libro infantil y ser contada a todos los niños del mundo, para que su moraleja llegue en muy pronta edad y cale en lo más profundo de los corazones de los hombre y las mujeres nuevos/as

El Rojo dijo...

A este respecto recomiendo un ejemplo muy gráfico (nunca mejor dicho). Se trata de un ejemplar de la colección Astérix y Obélix, titulado: "Obélix y compañía". No va de broma. Trata de cómo intentan destruir la aldea gala mediante especulación financiera con los menhires. Muy recomendable.

Kalonauta dijo...


¡Hola, Irene! ¡Me alegro de leerte por aquí!

Sí, es alucinante lo codiciosos que podemos llegar a ser, y la de cosas de la Vida que nos perdemos por ello... Creo que en alguna otra entrada ya he citado esta frase: "El ser humano nunca tiene bastante de lo que no necesita".

¡Nos vemos! ¡Un abrazo de Pollo! :-)

Kalonauta dijo...


¡Ostras, Rojo, es verdad! El caso es que yo tengo ese álbum, pero me lo leí siendo pequeño y a esas edades no le pillas todo el jugo al asunto...

Los autores metían siempre un montón de paralelismos con el presente en las historias y los personajes de los álbumes de Astérix, pero los niños no pillábamos ni la mitad. Tendré que ojearme "Obélix y Cía." otra vez, que seguro que lo disfruto mucho más ahora.

¡Mis respetos!