El Micalet, o Miquel, que tenemos actualmente en
la espadaña del campanario de la Catedral
es, en realidad, la quinta campana con ese nombre. La primera encargada de
tocar las horas se inauguró el día de San Miguel de 1418, antes incluso de que
se finalizaran las obras de la torre, y tanto ésta como la segunda, de 1465, se
quebraron durante los toques, igual que la cuarta, rota en 1532 mientras la
hacían vibrar en honor a la victoria de Carlos V sobre los turcos en Viena. El
destino final de la tercera campana merece mención aparte: tal y como nos
relata Jeroni Sòria en su Dietari, el 16 de febrero de 1519 se desató una
fuerte tormenta sobre Valencia y alrededor de las nueve de la noche cayó un
rayo sobre el madero que sujetaba el Miquel, iniciándose un incendio en lo alto
del campanario. Al poco rato la estructura cedió y la gigantesca campana,
después de golpear la barandilla, se precipitó hacia la oscuridad y se estrelló
contra el suelo, cincuenta metros más abajo, estallando en pedazos con un
estruendo formidable. Por fortuna, la calle estaba desierta debido a la
tempestad y no hubo víctimas, pero tres vecinos sufrieron desperfectos en sus
casas por impactos de piedra y bronce, y se formó un bache sobre el que los
carros no pudieron transitar durante dos semanas.
Más adelante en la entrega de hoy veremos que éste
no es el único accidente ocurrido
en la historia de la Catedral, pero antes podemos hablar un poco de cómo ha
cambiado su aspecto, sobre todo en el interior, a lo largo de estos siete
siglos y medio. Hacia 1773, siendo arzobispo de
Valencia don Francisco Fabián y Fuero (las tres con F: un nombre digno de
aparecer en La Historia Interminable), se inició una total renovación del edificio
para ocultar su estilo gótico original, por entonces considerado obra de
bárbaros, con un revestimiento inspirado en los cánones renacentistas. En esta reforma neoclásica los pináculos exteriores
del templo fueron eliminados, las azoteas ocultas por tejados, y la estructura
gótica, incluyendo ventanales con vitrales, enmascarada por estucos y dorados. Se
construyeron desde cero las capillas de las naves laterales, los arcos ojivales
se transformaron en arcos de medio punto y se cubrieron las pilastras góticas
con columnas corintias. Sólo quedaron a la vista los nervios góticos de la
crucería de las bóvedas. Una muestra de cómo quedó toda la Catedral la tenemos
actualmente en la parte de la girola.
Dos siglos después, durante la década de 1970, se
emprendió la tarea de repristinación de la Catedral, que significó la retirada
de casi todos los elementos clásicos para recuperar el aspecto gótico (mucho
más elegante en mi opinión) de las naves y el cimborrio. Sólo quedaron con
decoración clásica las capillas laterales, la girola y algunos elementos
puntuales, como las esculturas en las esquinas del cimborrio, en las que
figuran los cuatro evangelistas con los símbolos que los identifican: San Lucas con el toro, San Juan con el águila, San Mateo con el ángel y
San Marcos con el león. También se suprimieron los tejados a doble
vertiente y se eliminaron las conocidas como Casas de los Canónigos que estaban
adosadas al muro exterior en la calle del Micalet.
Hay muchísimas cosas que ver dentro de la
Catedral, pero por algún sitio tendremos que empezar nuestro paseo por su interior,
así que hagámoslo por ejemplo en la Arcada Nova, espacio terminado en 1480 que alargó la estructura uniendo los pies de la
Catedral a la Torre del Micalet y a la antigua Sala Capitular. Hasta el momento
de construirse este cuarto tramo, se encontraba en este lugar la fachada de
acceso, que fue desmontada en 1468 para la ampliación. De la nueva portada que
se construyó entonces, y antes de que se levantara la actual Puerta de los
Hierros, tampoco se sabe mucho, aunque debió ser de escasa entidad
arquitectónica. Desde la Arcada Nova y mirando hacia la izquierda y hacia atrás
podemos ver la puerta de acceso al campanario, pero lo que más me ha llamado
siempre la atención de este tramo, mirando hacia arriba, a los muros de la nave
central, son las dos ventanas en esviaje,
es decir, en ángulo oblicuo, que permiten una mayor iluminación del interior.
Entrando por la derecha a la antigua Sala Capitular, de la que ya
hablaremos más adelante, tenemos el acceso al Museo Catedralicio, que si no me equivoco está siendo reestructurado y en el que
hasta ahora se podía ver, entre otras cosas, varias maquetas en madera de la
Catedral en sus diversas fases de construcción. En el interior del Museo se
encuentra también la Custodia Procesional
de la ciudad, para cuya confección se emplearon unos 600 kilos de plata y 5
kilos de oro, y llamada “de los pobres” por haberla sufragado en su mayor parte
los devotos y fieles del pueblo llano con sus donativos en forma de objetos de metales
preciosos (que digo yo que se quedarían aún más pobres después de haber regalado
su oro y su plata a la Iglesia, así que el sobrenombre también conlleva cierto
recochineo).
Pero volvamos a la antigua Sala Capitular. Este espacio se pensó
entre otras cosas para el enterramiento de prelados y canónigos, y sabemos que
debajo del mismo hay una cripta a la que se accede a través de una losa de
piedra bajo el púlpito de la capilla. Desgraciadamente, se ha comprobado que la
entrada está obstruida por escombros; no se sabe con seguridad el motivo, pero
entre los escombros se han encontrado piedras de traza gótica, por lo que se
supone que fue cegada en el periodo de la reforma neoclásica del S.XVIII, al
ser usada como vertedero… El caso es que esta cripta permanece aún hoy sin
investigar. En el año 1563 se construyó una nueva cripta destinada al cabildo, el
llamado cementerio de los canónigos; se encuentra situada en la nave central,
entre el primer y el segundo tramo, y se accede a ella por una losa del suelo
sujeta con argollas. Al interior de esta cripta se baja por una escalera de
veintidós peldaños que nos lleva a una sala rectangular, presidida por una gran
cruz, con treinta y dos nichos abiertos en los muros; fue usada hasta mediados
del S.XIX, época en que se prohibieron los enterramientos fuera del Cementerio
General y demás cementerios municipales… Y aún tenemos una tercera cripta cerca
de la Puerta de los Hierros, la llamada de los beneficiados, a la izquierda del
eje de la nave central bajo la Arcada Nova. Construida en 1754, en ella dieciséis
peldaños desembocan en una estancia también presidida por una cruz; desde esta
antesala, se divide en dos salas abovedadas separadas entre sí y que bajan a un
segundo nivel. Esta cripta, bastante más grande, alberga más nichos y además un
osario.
Yo no he estado nunca en los sótanos de la Catedral (y no por
falta de ganas, ya sabéis que me encantan este tipo de sitios),
pero hace un tiempo vi en Canal 9
un documental bastante interesante titulado “Del Cel al Subsol” en el que se
mostraban imágenes de los rincones menos accesibles del edificio, entre ellos
estas criptas. No sólo hay personas enterradas en los sótanos, sino también a
ras de suelo: uno de los elementos que se incluyó en la repristinación de los
años 70 fue la colocación de un nuevo pavimento en toda la Catedral, por lo que
la mayor parte de las lápidas que se encontraban en el suelo fueron cubiertas, aunque
siguen estando ahí. Esta intervención fue en mi opinión un gran error, porque
nos ha privado de la oportunidad de pasearnos entre las lápidas, intentando
descifrar sus inscripciones y asomándonos así a varios siglos de historia de la
iglesia, y por tanto de la ciudad. Una de las pocas losas sepulcrales que se
puede contemplar hoy día es la de Ausiàs March,
famoso caballero y poeta valenciano del S.XV. Aunque se tienen dudas de que sus
restos mortales estén realmente en la Catedral, dejó escrito en su testamento
dónde quería ser enterrado: “en los vas o Capilla dels March, en lo claustre de
la Seu prop lo capitol”. No se sabe la localización exacta de dicha capilla,
pero en 1950 se colocó la hermosa lauda sepulcral, de piedra negra, en el lugar
donde se cree que está el vaso funerario de los March, en el transepto, cerca
de la puerta de la Almoina.
Desde este punto, y sin andar mucho, podemos ir al centro del
transepto, donde mirando a izquierda y derecha veremos respectivamente la
vidriera del rosetón con la estrella de David y otra vidriera con las caras de
los matrimonios leridanos de los que hablamos hace dos semanas… Y mirando hacia
arriba podemos contemplar desde el interior el magnífico cimborrio,
uno de los elementos más bellos de la Catedral. De estilo gótico florido, tiene
una altura aproximada de cuarenta metros, y está formado por un prisma
octogonal de dos cuerpos superpuestos, con ocho ventanales de arcos ojivales y
fina tracería calada en cada nivel. El primer cuerpo o parte inferior es del S.XIV,
y el segundo fue construido sobre el 1430. La función del cimborrio es la de dotar
de luz natural al espacio central del edificio: una de las diferencias más
significativas del gótico con respecto al románico, y objetivo que se cumple
con creces en el de la Catedral de Valencia, ya que su armazón de piedra está
reducido al mínimo, dándole un aspecto de ligereza constructiva muy difícil de
lograr, y las ventanas, que originalmente incluían vidrieras policromadas, van
cerradas en la actualidad con piedra translúcida de alabastro, que deja pasar
mucha luz, creando en el interior un ambiente cálido y acogedor.
Y hablando de ambiente cálido: antes hemos dicho que la caída de
la campana Miquel a la calle en 1519 no había sido el único accidente ocurrido
en la Catedral… Pues bien, sin movernos del centro del transepto y mirando
hacia delante viajemos atrás en el Tiempo hasta el 21 de mayo de 1462, el día en que una bengala despedida por la
“palometa” que representaba el Espíritu Santo descendiendo desde lo alto del
cimborrio prendió en los paños que enmarcaban el retablo de madera y plata,
perdiéndose en el incendio toda la decoración del ábside y las pinturas al
fresco de su bóveda, realizadas en 1432 por el pintor Miguel Alcañiz (aquel día
las famosas lenguas de fuego
se hicieron terriblemente reales). Llegados a este punto, entra en nuestra
historia el setabense Rodrigo de Borgia, que fue obispo de Valencia (y su
buen sueldo cobraba por ello, aunque casi nunca estaba aquí) del 1458 al 1492,
año en que como cardenal pidió al Papa Inocencio VIII que elevara la Diócesis
de Valencia a Metropolitana, convirtiéndose él mismo, un mes más tarde, en el
Papa Alejandro VI. Cuando
aún siendo cardenal vino a España para mediar en la posible boda de los Reyes
Católicos (había un problema, y es que ambos eran primos) se pasó por Valencia
y, deseando que su Catedral brillase con el esplendor del nuevo arte que estaba
surgiendo en Italia, hizo traer a los pintores Francesco Pagano y Paolo
de San Leocadio para que realizasen en la bóveda unas pinturas que sustituyeran
a las de Miguel Alcañiz, desaparecidas en el incendio. Estas nuevas pinturas, realizadas
entre 1472 y 1483, fueron consideradas una de las maravillas del primer
Renacimiento español.
Por desgracia, en 1674,
más o menos dos siglos después, el arzobispo Luis Alonso de los Cameros, deseando que luciera más el retablo de
plata que adornaba el altar, decidió restaurar toda la capilla. Se encargó de
la obra Juan Pérez Castiel, se
realizó en estilo barroco y duró ocho años. La colocación de los mármoles y adornos barrocos hizo
desaparecer las pinturas del ábside; según la documentación de la época conservada
en la Catedral, se ordenó que fueran picadas antes de seguir con la obra barroca. Por
tanto, la Belleza de estas pinturas se perdió para siempre…
¿O no? En mayo de 2004
comenzó la obra de restauración de la decoración barroca del ábside,
encomendándose la gestión de la misma a la Fundación La Luz de las Imágenes, y grande fue la sorpresa cuando el 22 de junio, por pura casualidad, a través del agujero dejado en la cúpula por
el soporte de una pieza móvil, los trabajadores pudieron ver con ayuda de una
linterna unos ojos muy abiertos que desde el otro lado les devolvían la mirada,
implorándoles la libertad que durante varios siglos les había sido negada… Estos
ojos pertenecían a uno de los doce ángeles de las
pinturas renacentistas, que a pesar de alguna gamberrada de los obreros de aquella época no habían sido picadas sino
simplemente ocultadas por la nueva cúpula barroca, construida unos ochenta
centímetros por debajo de la anterior, y que se habían mantenido en un
asombroso buen estado de conservación. De esta manera, a partir del 8 de
febrero de 2007 se ha podido contemplar la Capilla Mayor restaurada con estos
doce ángeles recién librados de su cautiverio: grandes, majestuosos, tocando
diversos instrumentos musicales sobre
el fondo de un cielo azul intenso lleno de estrellas.
Este hallazgo casual de los
ángeles músicos emparedados no es el primero
del que hablamos aquí en relación con la ciudad de Valencia (acordaos del
yacimiento arqueológico de la Almoina); ni será el último, os lo aseguro. Si
los ángeles estuvieron allí detrás todo ese Tiempo sin que nadie lo supiera, me
pregunto qué otras sorpresas aguardan en lo profundo de la antigua cripta
cegada por cascotes, qué otros mensajes cifrados se esconden debajo del
pavimento de losas negras y blancas… ¿Cuántas maravillas como ésta aguardan a
ser descubiertas tras un muro, en lo más hondo de un trastero repleto de
antigüedades, o en un estante olvidado de un archivo en una ciudad lejana?
¿Cuántas ventanas abiertas a la Belleza perdida del Pasado habrá enterradas
bajo tierra, ocultas detrás del doble fondo de un cajón, o en un almacén polvoriento?
¿Y cuándo y dónde se producirá la siguiente
casualidad afortunada que ensanche nuestro horizonte de conocimientos, que
traiga esa Belleza a la vida de nuevo? No lo sé, pero estoy deseando que ocurra… La semana que viene enfilaremos la última
entrega acerca de la Catedral y hablaremos, entre otras cosas, del brazo
incorrupto (es un decir) de San Vicente Mártir.
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