martes, 11 de diciembre de 2018

Nostalgia del Futuro


Hace ya tiempo que tenía pendiente escribir una entrada cuyo título provisional era El Fin de las Leyendas. La idea me surgió tras ver la magnífica escena final de Excalibur, de John Boorman, en la que la Dama del Lago recupera la espada arrojada por Perceval mientras suena la música de la Marcha Fúnebre de Sigfrido, perteneciente al Ocaso de los Dioses de Richard Wagner. Me di cuenta de que la película, estrenada en 1981, es especialmente poética y críptica en sus partes inicial y final, y eso me hizo relacionarla con las historias que John Ronald Tolkien narra en El Silmarilion y El Señor de los Anillos (Como nota al margen, decir que Boorman utilizó para plasmar su visión de las leyendas artúricas muchas de las localizaciones de un intento previo de adaptar la novela de Tolkien que se quedó en agua de borrajas).

La cronología de Valinor y la Tierra Media empieza en un tono más mítico, con los hechos narrados en el Silmarilion, en el que el propio Universo es creado a partir de una Canción y las batallas, libradas por dioses y semidioses, son tan tremendas que originan el hundimiento de regiones enteras en el Mar. Con el paso de los siglos y los milenios todo se va volviendo un poco más prosaico, y aunque todavía existen elfos y enanos en la Tierra Media hacia el final de la Tercera Edad, la mayoría de los hombres han perdido el contacto con ellos. Con la Guerra del Anillo se recupera parte de la épica de la narración, siendo ejemplos las victorias en los Campos del Pelennor y la Puerta Negra de Mordor, y también se restaura la nobleza del Pasado mediante el reinado de Aragorn y Arwen.




Tanto en El Señor de los Anillos como en Excalibur, después de un último estallido de leyenda, del último brillo del Sol en el crepúsculo, comienza con el final de la obra una nueva era menos mítica, más desprovista de magia: la Edad de los Hombres. Ambos finales son muy tristes y melancólicos por la sensación de grandeza perdida, de Belleza que ya no volverá. Los últimos barcos élficos abandonan la Tierra Media mientras Sam, Merry y Pippin se quedan en el embarcadero de los Puertos Grises; los caballeros de la Tabla Redonda desaparecen y solo queda Perceval, mirando también hacia Poniente y contemplando cómo una barca se lleva el cuerpo del moribundo Arturo hacia la isla de Avalon… Lloramos por la pérdida de un Mundo en el que era más fácil distinguir el Bien del Mal, en el que todo estaba más claro y era o blanco o negro, sin tonos de gris.

Hace un par de días estaba viendo en la televisión Las Locuras de Don Quijote, un interesante documental sobre la obra y vida de Miguel de Cervantes con muchos fragmentos dramatizados, y me puse a pensar que hasta en esta famosa novela se puede apreciar el mismo patrón: se basa en los relatos de caballería de dos siglos atrás (cuentos artúricos incluidos) y los desprovee de toda épica, creando algo completamente nuevo, la que algunos llaman la primera novela moderna; pero a la vez se puede apreciar que la segunda parte del libro tiene una escala mayor a la de la primera, en una mezcla extraña de parodia y homenaje a los relatos caballerescos… ¡Diablos, si este patrón se detecta hasta en la Biblia! El Antiguo Testamento es mucho más espectacular mientras que en los libros escritos por los Apóstoles, a modo de conexión gradual con la época Presente, la escala de lo narrado se va reduciendo, con un repunte final en el libro del Apocalipsis para acabar por todo lo alto.




¿Qué conexión tiene todo esto con nuestras vidas? ¿Por qué estas historias destiladas a partir de corpus legendarios resuenan tanto en el alma humana, y nos apena tanto que terminen? ¿Por qué hay tantos espectadores que lloran (yo incluido) al final de El Retorno del Rey o de Excalibur, o con la muerte de Don Quijote? ¿Es tal vez que añoramos nuestra infancia, una época en la que todo era más espectacular (por ser nuevo) y a la vez más sencillo? ¿O tal vez añoramos un Mundo mejor que nunca ha existido más que en nuestros corazones, el Mundo como realmente debería ser? ¿Se puede sentir nostalgia de algo que todavía no ha ocurrido y tal vez no llegue a ocurrir?

Muchas veces nuestra memoria es caprichosamente selectiva y nos fijamos más en las cosas malas del Presente y en las buenas del Pasado, diciéndonos a nosotros mismos que todo tiempo pretérito fue mejor. Se ha llegado a acuñar el término de retrotopía para referirse a la búsqueda de la utopía en un falso Pasado idealizado, búsqueda similar a la de Alonso Quijano tras quedar embotada su cabeza por la continua lectura de libros de caballería… Una excesiva idealización del Pasado es a veces peligrosa, porque puede ser utilizada por algunos de forma consciente como excusa para volver a las injusticias y desigualdades del Ayer (desigualdades que les favorecen a ellos, por supuesto). Baste como ejemplo de ello el tramposo eslogan "Hagamos América grande otra vez" con el que Trump se ha metido en el bolsillo a todos los paletos de Estados Unidos…

En otra ocasión veremos en el blog con múltiples ejemplos que, aunque queden muchas cosas por mejorar en el Mundo, también hay otras tantas en las que estamos ahora mejor que nunca, y que lo importante es saber distiguir unas de otras y luchar las batallas aún pendientes celebrando a la vez las victorias ya conseguidas, moviéndonos hacia delante y nunca hacia atrás; pero por hoy ya es suficiente con esto, así que pensemos en los problemas que nos quedan por resolver y regodeémonos un poco en la nostalgia del Futuro.



lunes, 3 de diciembre de 2018

Meet the Met (II)


Volvemos a abrir las puertas del museo: aquí tenéis la segunda entrega de la selección de las fotos que tomé en mi visita al Metropolitan de Nueva York.
















  

lunes, 26 de noviembre de 2018

Meet the Met (I)


Recordaréis por el blog que hace tres veranos hice un viaje a Manhattan del que quedé muy satisfecho… Una de las citas obligadas allí era el Metropolitan Museum of Art (o Met, para abreviar), precioso museo enclavado en el lado este del Central Park. Inaugurado en 1872, el gigantesco edificio está rodeado de vegetación y goza de grandes espacios abiertos en su interior, con enormes ventanales que les confieren una luminosidad fantástica, cambiante a medida que el sol baja hacia el horizonte. Es un lugar muy agradable no solo para disfrutar de las obras expuestas, sino también para pasear, tomar algo en una de las cafeterías o incluso sentarse en el suelo a hacer un bosquejo a lápiz de alguna de las esculturas.

Si el contenedor es magnífico, el contenido no se queda atrás en cuanto a calidad, incluyendo pintura, escultura, arquitectura traída pieza a pieza, objetos decorativos, vestidos, armaduras y utensilios de todo tipo y de muy diferentes épocas y culturas, desde la Grecia clásica hasta el siglo XXI. Planifiqué mi visita para ir un sábado, aprovechando que los fines de semana amplian el horario y abren hasta las nueve, y me pasé toda la tarde deambulando por las distintas secciones. Casi antes de la hora de cierre subí a la azotea del museo y disfruté del skyline nocturno de Nueva York, con los rascacielos iluminados… He hecho una selección de las mejores treinta fotos que saqué allí y la publicaré en dos entregas, empezando hoy. Espero que os pique el gusanillo para visitarlo también, si algún día vais a la Gran Manzana.

















lunes, 19 de noviembre de 2018

Adorables Payasas (III)


Ya hace tiempo os comenté en el blog que una de las cosas que valoro en mis posibles parejas sentimentales es que sean ingeniosas y divertidas, que tengan un sentido del humor parecido al mío y que sepan captar al vuelo mis ironías y seguirme las bromas. En esta tercera y última parte de la entrada haremos un repaso, desde este punto de vista, de las experiencias con mis parejas reales y con algunas amigas que me gustaban y que por una razón o por otra se me escaparon… He de deciros que no han sido muchas las mujeres realmente graciosas que se han cruzado en mi camino; no sé si vuestra experiencia será distinta, pero yo he conocido más amigos que amigas dotados para la comedia y la ironía. Por ejemplo, de mi época en el colegio no recuerdo ninguna chica que fuese particularmente payasa.




También en su día os hablé de aquella amiga de mi etapa de universitario que me dio mis primeras calabazas y unos meses después, no contenta con ello, me las pisoteó con saña. Era una mujer con cierto atractivo físico pero no la típica guapa de manual: tenía una frente demasiado amplia y prominente y estaba algo rellenita, aunque bien proporcionada, eso sí… Lo que la hacía realmente especial era su intelecto: como ya os dije, era lista como ella sola y muy divertida, las conversaciones con ella siempre eran interesantes y su compañía muy agradable. Tenía una fina ironía y una desvergüenza que la hacían muy sexy; además, de vez en cuando le daba por poner una vocecita muy graciosa, como de brujita de cuento, y para colmo cantaba como los ángeles… Pero de vez en cuando, con una frase suelta, hiriente o amarga, dejada caer aquí o allá, dejaba entrever sus demonios internos; había algo en esa cabeza que definitivamente no estaba bien.

Os dije en su momento que no os daría detalles de la noche en que se me cayó definitivamente del pedestal, y así seguirá la cosa, pero en aquella ocasión se comportó como una bruja, y no precisamente de cuento… Su actitud fue frívola, caprichosa y egocéntrica, y dejó bien claro que o estaba muy confusa por aquella época o directamente era una mala persona. Han pasado unas dos décadas desde entonces y durante mucho tiempo perdimos el contacto; más o menos cuando empecé con el blog me la encontré un par de veces, cantando por distintos locales de la ciudad con alguno de sus múltiples proyectos musicales y con una plaza de profesora de secundaria… No sé qué tal le irá ahora mismo.




La que me duró más tiempo de todas mis exnovias era un encanto, pero no especialmente ingeniosa en el sentido que estamos comentando. Era muy tímida, sobre todo al principio de la relación, aunque con los años se fue soltando un poco, ganando confianza, sonriendo más y hasta soltando alguna parida de vez en cuando. Quizás por la diferencia de edad, muchas veces me daba cuenta de que no mamábamos de los mismos referentes, no compartíamos los mismos códigos: yo soltaba en plan coña frases de películas famosas de los ochenta y ella no pillaba la referencia, se me quedaba mirando con cara de extrañeza y me tocaba explicarle la broma (que por tanto perdía toda su gracia). Con ella siempre me entendí más en el terreno físico que en el intelectual.

No me malinterpretéis: mi ex tenía (y tiene) muchas cualidades positivas: es buena, lista, responsable y trabajadora, y en algunos otros aspectos sí era bastante compatible conmigo, pero la de hacerme reír no era una de sus virtudes… De hecho, estoy cayendo en la cuenta de que las cuatro mujeres con las que he llegado a salir eran todas buenas personas e inteligentes, pero también bastante tímidas, y ninguna era especialmente divertida en lo que respecta a las bromas, las imitaciones o las payasadas.




Quiero hablaros ahora de dos mujeres que son protagonistas de una misma anécdota. La primera es una amiga que conocí hace años, como a mi ex, en la Sociedad Tolkien: es muy simpática e ingeniosa y tiene un sentido del humor culto y refinado, y gustos similares a los míos. La segunda es una compañera de cuando trabajé un tiempo en la Universidad, más o menos por la misma época: también es muy inteligente y muy culta, pero mucho más seria (algunos podrían decir sosa) y menos dicharachera que la primera. En una ocasión acudí con ambas a una representación de ópera (creo recordar que era el taller fin de curso del Conservatorio de Valencia, aunque se hacía en Ribarroja) a la que asistían también mis padres. Estaba lloviendo y el suelo estaba mojado, y parece ser que al cruzar la calle para entrar en el recinto mi padre se resbaló, cayendo hacia atrás, y al apoyarse se hizo bastante daño en la muñeca.

Nosotros estábamos ya dentro, y cuando antes del comienzo un conocido nos contó lo que había pasado mi amiga más graciosa de la Sociedad Tolkien se quedó completamente bloqueada, sin articular palabra, con la cara seria e inexpresiva y mirando hacia el escenario, como si la cosa no fuese con ella y solo quisiera disfrutar de la ópera sin molestas interrupciones de ese tipo; francamente no mostró ninguna empatía. Mi compañera más seria de la Universidad sin embargo se mostró mucho más amable, generosa y preocupada, ofreciéndose a llevar a mi padre al hospital en su coche si hacía falta, aun a costa de perderse la representación… En estos momentos de crisis es donde se pone de manifiesto de qué pasta está hecho cada uno realmente. Desde aquel día aumentó mucho la consideración que le tengo a mi compañera (ya la he nombrado alguna vez en el blog, se llama María José). Por cierto: a mi padre se lo llevaron al Hospital de Manises y le arregló la fractura de la muñeca el Doctor Cavadas, pero esa es otra historia que ahora no procede contar (Solo os adelanto que afortunadamente no hizo falta cambiarle la mano entera).




Otra amiga que me ha parecido siempre muy divertida es lectora habitual de este blog… Actualmente es una fotógrafa profesional muy reputada (ahí os dejo un fantástico autorretrato suyo), pero nos conocemos prácticamente desde la adolescencia. Aparte de ser una mujer guapísima, con una preciosa sonrisa que le ilumina la cara casi en todo momento, también es muy graciosa: su manera de hablar tierna e inocente y su pelo siempre estiloso y teñido de rojo hacen que sea como un personaje de dibujos animados, y su ingenio llega hasta el nivel de acuñar palabras nuevas como “tremendusco”, que usamos habitualmente en nuestras conversaciones… Para colmo es muy buena persona, lo que la convierte en un ser adorable; solo estar junto a ella ya te da alegría de vivir. Y encima es de las pocas lectoras que sigue dejando comentarios en el blog de vez en cuando, ¿qué más se puede pedir? ¡Un abrazo, Susana, guapa!




Esto me lleva directamente a hablar de otra de mis payasas favoritas de todos los tiempos… La conocí precisamente en la fiesta de cumpleaños de Susana en 2011, meses después de cortar con mi ex y meses antes de empezar a escribir en La Belleza y el Tiempo. Celebramos la fiesta en un pub, y nos pasamos todos la noche entera bailando, cantando y haciéndonos fotos hasta que nos cerraron el local. Esta chica no era especialmente guapa pero tenía un increíble sentido del humor, en perfecta sintonía con el mío: acabábamos el uno las bromas del otro con un timing perfecto, y soltábamos chorradas cada una mejor que la anterior, como si nos conociéramos de toda la Vida… el feeling era innegable. Recuerdo que una de las coñas a la que le dimos más juego fue la de bailar juntos pero a la vez cada uno a su aire: “Tú baila pa ti, que yo ya bailo pa mí”, me gritaba ella riéndose al oído, entre el estruendo de la música… Me temblaban las piernas a su lado, cuando se me abrazaba por detrás al sacarnos las fotos.

Con este grupo de amigas siempre me lo he pasado (y me lo sigo pasando) muy bien, pero en aquella ocasión fue algo realmente salvaje, de los momentos que más he disfrutado en muchos años. La impresión que me causó esta mujer en una sola noche fue brutal, me dejó completamente enamorado. Acabamos unos cuantos contemplando el amanecer en la playa y desayunando después café con tostadas, y le pedí su mail para seguir en contacto… Poco después nos vimos de pasada en la Plaza del 15-M, y lo que viene a continuación parece haberse convertido últimamente en la historia de mi Vida: intercambiamos algunos mensajes pero no se llegó a concretar ningún plan para quedar en persona, y como ella no solía salir muy a menudo con mis amigas (y yo las veo también de uvas a peras, menos de lo que me gustaría) al final dejamos de escribirnos… Hace un par de años nos encontramos también fugazmente en un trivial organizado por el Aula de Cine en la calle Hospital, pero con todo el lío casi no nos dio tiempo a hablar, así que prácticamente se puede decir que nos conocemos de una noche, una fantástica noche que no se me ha olvidado desde entonces. Hace ya casi nueve años, así que tal vez dentro de poco vuelvan a cruzarse nuestros caminos, como en una película de Richard Linklater… Os dejo aquí una de las fotos que saqué en la playa: ella es la que le está tocando el culo a la amiga de su derecha, lo que os puede dar una idea del nivel de cachondeo que se gastaba la tía…




Para ir terminando, os hablaré de mi lugar de trabajo actual (llevo en el mismo sitio desde que empecé con el blog). Con el paso del tiempo ha habido varias compañeras que me han gustado por ser especialmente divertidas, con un sentido del humor descarado e irreverente, pero es curioso que la mayoría de ellas se hayan ido ya; eran culos de mal asiento, como suele decirse. Quiero centrarme en una de ellas, la que me ha dejado más marcado; la última en marcharse, hace unos meses, para probar suerte en otros ámbitos laborales. Llegué a conocerla bien porque durante varios años comimos juntos todos los días y pasábamos muy buenos ratos en la sobremesa.

Como las anteriores, era una mujer muy inteligente (al menos por mi experiencia me da la impresión de que ser inteligente es un requisito previo imprescindible para ser graciosa, pero lo contrario no es necesariamente cierto). Físicamente no estaba mal, pero lo que la hacía tremendamente atractiva a mis ojos era su forma de ser: era una payasa de las de verdad, de las que te partes de risa con ellas a carcajada limpia. Recuerdo cómo recitábamos de memoria y al unísono algunos sketches clásicos de Martes y Trece, o frases del Jovencito Frankenstein y otras comedias de nuestra infancia (ella es algo más joven que yo, pero tiene hermanas mayores con las que compartió referentes audiovisuales siendo aún una renacuaja).




También era buena con las voces, y la recuerdo imitando a su sobrino pequeño, o hablando con acento porteño (Me encantaba cada vez que decía con deje argentino, poniendo los ojos en blanco: “¡Qué difícil es ser yo!”). Cuando menos te lo esperabas se giraba hacia ti poniendo una mueca feísima sin razón aparente. Y también utilizaba como atrezzo el material de las bandejas del comedor: por ejemplo se ponía un plátano en la oreja y gritaba “¡Juaaaan!” como si te estuviera llamando por teléfono, o empuñaba la cuchara sopera y le decía “Probando, probando” como si fuera un micrófono, o te arreaba un guantazo en la cara con la servilleta de papel mientras te gritaba “¡Le desafío!”, totalmente seria. Tenía un arsenal de chorradas inmenso y era muy rápida improvisando, no te la veías venir… Igual que la amiga de la Universidad que me dio calabazas, canta y baila muy bien (más de una vez me dejó anonadado con su show en alguno de los locales de karaoke de Russafa). Esto tiene cierta lógica: el que tiene oído para imitar voces también lo tiene para afinar al cantar (yo mismo soy bastante bueno en ambas cosas).

Pero del mismo modo en que su forma de ser tenía muchas luces, también había alguna que otra sombra… Era un poco egocéntrica (puede que aquí haya otra correlación, porque es el tercer caso de mujer divertida y un poco egoísta del que hablo hoy). A veces me daba la impresión de que su propia inseguridad era la que la hacía comportarse de esa manera tan cómica para ser el centro de atención y así buscar la aceptación de los que la rodeaban… Además era un poco superficial, centrándose siempre en el aspecto externo de la gente: que si menganito es muy guapo, que si fulanito está para comérselo… Comentarios como estos los puede hacer todo el mundo, pero ella los hacía demasiado a menudo. Nunca salió mal en una foto, estaba perfectamente entrenada para inclinar la cabeza el ángulo exacto, entrecerrar los ojos y poner morritos sexys. Y hablando de ser superficial: durante los años que compartí con ella en el trabajo tuve que soportar verla salir con dos o tres tíos que eran unos auténticos gilipollas; pero claro, más atléticos que yo, más guapos y con más pelo¡Qué mal repartido está el Mundo!




En las épocas en las que esta chica estaba sin novio no me atreví a pedirle salir porque nunca me ha parecido buena idea mezclar las relaciones sentimentales con el trabajo, pero de todos modos tampoco quedamos en plan amigos tantas veces como a mí me habría gustado, con lo que no llegó a conocerme de verdad en mi faceta más privada (y supongo que yo tampoco a ella). Creo que de haber compartido algo más que esa hora de la comida y los breves descansos en el trabajo hubiéramos descubierto que éramos poco compatibles: por ejemplo a ella le encanta ir a tomar el sol a la playa (su caso raya en la tanorexia, en verano se pone negra como un tizón) y a mí sin embargo no me gusta especialmente. Siempre que le proponía dar una vuelta por el centro el fin de semana y hacerle una visita guiada sobre la Historia antigua de la ciudad ella prefería aprovechar que hacía sol e irse a la Malvarrosa o al Saler (y eso que estaba muy puesta en cuanto a cultura grecolatina, pero sin embargo no había ido nunca al museo de l’Almoina)… A pesar de nuestros pequeños desencuentros, he de reconocer que desde que se fue la echo mucho de menos; su compañía era para mí tan refrescante como el rocío de la mañana.




Llegamos a las conclusiones finales… Vuelve a ponerse de manifiesto que nadie conoce realmente a nadie, que el significado del verbo “conocer” es muy relativo y hay que matizarlo en cada caso. De lo hoy narrado se deduce que por muy agradable y divertida que sea la compañía de todas estas mujeres como amigas y para ratos sueltos, con la mayoría de ellas seguramente no acabaría de conectar en el caso de una relación duradera a tiempo completo (exactamente lo mismo que pasaría con las actrices y humoristas profesionales de las que hablé las semanas anteriores). En su día llegué en el blog a la conclusión de que los rasgos de personalidad más relevantes a la hora de elegir compañera sentimental eran en mi opinión, ordenados de mayor a menor importancia: buena persona, inteligente, de gustos compatibles, mentalmente estable y divertida. Como veis, el requisito de ser algo payasa estaba el último, e incluso dije que aún podría poner por delante de él algún otro rasgo de tipo físico, como ser atractiva o estar sana y en buena forma.

Por tanto, queda claro que en los últimos años he rebajado mis expectativas con respecto al nivel de ingenio de mis potenciales parejas. Si encuentro una mujer que lo tenga todo, pues estupendo, pero prefiero que sea buena, responsable, inteligente y compatible conmigo, que para ver payasadas ya tengo a Kristen Wiig, Alison Brie y Aubrey Plaza, y los vídeos de YouTube los puedo consumir a mi ritmo y en cómodas pildoritas de cinco minutos. Y una última reflexión bastante inquietante: teniendo en cuenta que en ocho años no he podido encontrar ni una sola mujer buena, responsable, inteligente y compatible que quiera salir conmigo, tal vez debería empezar a pensar que en realidad es la Vida la que me está gastando una broma… Pues que alguien me la explique, porque yo no le veo la gracia.