lunes, 22 de junio de 2015

La Reproducción Sexual


La primera vez que me enamoré perdidamente de una mujer tenía trece años, a punto de cumplir catorce. En mi colegio no había chicas en el ciclo de EGB, y con la entrada en BUP (en combinación, por supuesto, con la explosión hormonal típica de la edad) se abría para nosotros una puerta a un nuevo mundo de emociones y posibilidades. La chica de la que os hablo era una compañera de mi misma clase dos meses mayor que yo, algo que a los trece parecía un obstáculo insalvable para muchos pero que a mí me daba absolutamente igual. Reunía muchos de los rasgos físicos que me gustan en una mujer (pensando en ello años después me he dado cuenta de que se parecía un poco a Leonor Watling): ojos grandes y bonitos, nariz chata, mandíbula ancha y fuerte (se pasaba el día mascando chicle), labios finos, voz grave y una sonrisa franca y amplia que iluminaba toda la clase, dejando ver sus dos hileras de dientes pequeños pero muy ordenados.

Algunos de los flashes de aquella época que se me han quedado grabados a fuego en la memoria están relacionados con ella: el recibir una ráfaga del aroma de su perfume, o la contemplación de la luz reflejándose en su pelo largo, liso y castaño cuando se sentaba junto a la ventana en un día soleado. Jamás olvidaré aquella ocasión en que varios alumnos nos amontonamos junto a la mesa del profesor para consultar la lista de resultados de un examen… Ella estaba delante de mí, muy cerca, y como me empujaban desde atrás podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo. Niña que ya no era tan niña, su camisa blanca se había quedado demasiado pequeña para su talla de pecho, y según la postura que adoptaba los huecos entre los botones en tensión dejaban entrever en mayor o menor grado la promesa de un placer sin límites. Desde atrás y por encima de su hombro yo no podía evitar, como decían los Gabinete Caligari, asomarme al balcón de su escote, hipnotizado sin remedio por el contraste entre su piel morena y el blanco inmaculado de su sujetador…




Imaginaos cuál fue mi sorpresa y mi alegría cuando me pidió que fuese su compañero para hacer un trabajo de Biología por parejas sobre “La Reproducción Sexual”. ¡Ella me lo pidió a mí, a mí y a nadie más! Nos repartimos la faena en lo tocante a buscar información: yo me encargué de la anatomía y funcionamiento del aparato reproductor masculino, así como de métodos anticonceptivos para el hombre, y ella hizo lo propio con la parte femenina, poniéndolo después todo en común quedando en un par de ocasiones fuera de horas de clase. La verdad es que nos salió un trabajo bastante apañado, con unos estupendos diagramas anatómicos en color con pestañas desplegables que encontré por mi casa… Seguramente fue mi fama de inteligente, disciplinado y trabajador lo que la impulsó a pedirme que fuese su pareja, aunque tampoco descarto que además se diera cuenta de que yo era uno de los pocos chicos de clase lo suficientemente imbécil como para no aprovechar el tema del trabajo como forma de romper el hielo y tirarle los tejos… En cualquier caso, lo que no me podrá quitar nunca nadie es que en cierto modo hice “La Reproducción Sexual” con ella, aunque no exactamente en la forma en que a mí me hubiera gustado.

Como ya he dicho, por aquel entonces yo estaba bastante más atontado que ahora y ni siquiera llegué a decirle nunca a esta chica que me gustaba. El año que llegó al colegio la invité a mi fiesta de cumpleaños, con tan mala suerte que precisamente ese día conoció a su primer novio, un amigo mío guapete y repetidor que se había marchado a otro instituto, al que también había invitado. Recuerdo que tanto ella como yo estábamos apuntados a las sesiones de catequesis para la confirmación los viernes por la tarde (a esa edad todavía no éramos lo suficientemente maduros para decidir si queríamos o no confirmarnos, pero era lo que tocaba), y recuerdo también que ella se las pelaba para irse al Arena Auditorium a morrearse con el repetidor, y a mí me pedía que mintiera a sus padres si me preguntaban, para que no descubrieran que había hecho novillos. De modo que se iba de juerga con otro y encima me usaba de cómplice: me parece que si buscáis la definición de “Pagafantas” en la Enciclopedia veréis una foto mía al lado… Este primer novio no le duró mucho, y poco después empezó a salir con uno de nuestro mismo curso, pero de otra clase, que al parecer tenía unos padres con mucha pasta, porque se gastaba una moto deportiva que no veas; y con él seguía cuando acabamos el colegio y nos fuimos a la Universidad.




Perdimos bastante el contacto, pero me enteré por otros compañeros de que tuvo problemas de ansiedad en la carrera, hasta el punto de que tuvieron que hospitalizarla un par de veces. Su noviazgo con el de la moto duró diecisiete años, si no recuerdo mal, después de los cuales se casaron, separándose a los dos meses. Poco después de que me llegara esta noticia tuve un par de breves encuentros casuales con ella. Un día me la encontré en el cauce del río haciendo footing (ella, no yo), le dije que sentía lo de la reciente ruptura y hablamos durante un par de minutos. Tenía la cara sudada y congestionada por el ejercicio, y además llevaba puestas unas gafas de sol (que no se quitó, a pesar de que había atardecido hacía rato), de manera que no pude apreciar bien si los años transcurridos o los disgustos sufridos habían hecho mella en su rostro. La última vez que la vi, unos meses después, fue a una manzana de distancia de nuestro antiguo colegio. En aquella ocasión, bajo la luz de las farolas, sí pude comprobar claramente que, a pesar de seguir siendo muy guapa, se la veía algo desmejorada, más delgada de cara, con más ojeras y la mirada más triste. Me contó que ya estaba definitivamente instalada en su propio piso y trabajando de administrativa (que es algo que nunca he sabido exactamente en qué consiste) en un pueblo no muy lejos de Valencia.




En ninguna de estas dos ocasiones se me ocurrió pedirle su e-mail, y tengo el teléfono de sus padres pero no su móvil. Hace poco se estuvo barajando la posibilidad de hacer una cena por el aniversario de la promoción del colegio, pero al final la cosa no fue adelante, con lo que llevo tres o cuatro años sin verla. Desde que corté con mi ex me he preguntado alguna que otra vez si esta chica seguiría sin compromiso, y me ha pasado por la cabeza la disparatada idea de intentar ponerme en contacto con ella e invitarla a tomar algo… A los trece años (a punto de cumplir catorce) yo no era ni la mitad de interesante ni la mitad de lanzado de lo que soy ahora (que en lo que respecta a lo lanzado tampoco es mucho que digamos, pero de eso hablaremos en otra ocasión), así que tal vez hoy en día tendría alguna oportunidad con ella, pero ¿de verdad quiero averiguarlo? Pensándolo fríamente, creo que en realidad nunca llegué a conocerla bien. En estos casos nuestro cerebro sólo recuerda lo que quiere y se queda con las partes bonitas, olvidando lo demás e incluso modificando algún detalle. Cuando hago un esfuerzo por recordarlo todo acerca de ella llego a la conclusión de que no teníamos muchas aficiones en común, y de que seguramente ahora la encontraría bastante aburrida (y a lo mejor también ella a mí, a su manera). Volviendo al trabajo de Biología del colegio, es una lástima que en lo que respecta al coito la práctica sea por lo general mejor que la teoría, pero que en lo relativo a otros aspectos de la vida en pareja ocurra precisamente lo contrario.

Pasados los años, ni siquiera los buenos recuerdos de lo que sentía por ella siguen muy vivos hoy en día. Están cada vez más borrosos, han quedado enterrados bajo capas de recuerdos de otros amores, algunos de ellos esta vez sí correspondidos. En cualquier caso, resulta bonito atesorar el tenue recuerdo de adolescencia que de ella me queda y esos escasos flashes más nítidos, junto a las ventanas de clase o junto a la mesa del profesor; y resulta irónico pensar que una vez hice “La Reproducción Sexual” con lo que a mí me parecía un Ángel caído del cielo, aunque me prefiriera a mí para la teoría y a otros para la práctica.



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